Murió cronista Alfonso Calderón

calderónTras su muerte este sábado de un fulminante infarto al miocardio, las páginas culturales de los diarios recordaron la prolífica obra del escritor, investigador y cronista,  Premio Nacional de Literatura, Alfonso Calderón. Entre los escritores se le rememora con admiración por su erudición, su extraordinaria memoria,  su amor por la literatura, su enorme talento y capacidad de trabajo, mientras  varias generaciones de periodistas titulados en la Universidad Católica lo recuerdan como el maestro que les  enseño los secretos de la buena escritura periodística en las clases de redacción.

 

Lea dos artículos publicados en La Nación y en La Tercera:

Por Javier García / La Nación

 Alfonso Calderón: adelantamos su obra póstuma “El vicio de escribir”

Fue el puente entre la obra de Joaquín Edwards Bello y el futuro. Escribió crónicas, como el autor de “El roto”, en este diario. Textos que serán publicados este semestre por Catalonia. Aquí relatamos algunos donde se ve “a los 20 años, llevando poemas en los bolsillos”, y respondiendo a las críticas por su afición a citar a otros.

 Era una biblioteca errante. Alfonso Calderón, premio Nacional de Literatura (1998), falleció en la mañana del pasado sábado producto de un infarto al miocardio a los 78 años. “Es bueno perder el tiempo escribiendo libros”, dijo hace una década, el autor de una extensa obra, que incluye poesía, memoria, novela, ensayo y crónica.

Alfonso Calderón, profesor de castellano y periodista, fue director de la revista Mapocho, del Centro de Investigaciones Barros Arana y de la Biblioteca Nacional, y trabajó en míticas editoriales como Nascimento y Quimantú.

Siempre cercano a la academia, era profesor investigador en la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, donde dirigía un taller de investigación histórica y el de escritura Joaquín Edwards Bello.

Ayer se velaron sus restos en la casa central de dicha Universidad, lugar al que llegaron escritores como Óscar Hahn, Bruno Vidal, José Miguel Varas, Carla Cordua, Miguel Arteche y Hernán Miranda. Además de la ministra de Cultura, Paulina Urrutia, y cercanos a la antigua dirección de la Biblioteca Nacional.

MÚLTIPLES MIRADAS

Por la tarde, sus hijos y nietos poetas le rindieron un homenaje con una lectura. Hoy (10 horas), su familia y amigos lo despedirán. El último adiós, donde se proyectarán registros visuales, como su intervención en la cátedra Roberto Bolaño, en abril pasado.

Alfonso Calderón, autor de “El cuento chileno actual”, “Antología de la poesía chilena contemporánea” y “Memorial de Santiago”, entre una decena de títulos, tuvo en ediciones UDP su publicación final, “Oficina de mujeres extraviadas”, y póstumamente se publicará “El vicio de escribir” (editorial Catalonia), edición en la que trabajaba Lila, su nieta. Una selección de crónicas, publicadas en La Nación, de quien fuese el puente entre la obra de Joaquín Edwards Bello y el futuro (estaba a cargo del rescate total de su obra).

Calderón comenzó su labor de cronista en diarios de La Serena a inicios de 1950, y en la década del ’90 escribió crónicas para este diario, que llevaba el nombre de “Miradas”.

Títulos como “Variaciones sin tema”, donde confiesa de entrada que no sabe sobre qué escribir, por eso mejor es darle “vuelta a las noticias”. O de “Las bellezas de antaño”, donde recuerda la pasión que sentían los extranjeros por la belleza de la mujer nacional “aunque lamentaran los hábitos de algunas de ellas, como el de fumar cigarrillos deplorables y vistosos”. En “Las cosas por su nombre” se preocupa de las malas metáforas, del lenguaje aplicado en ciertos departamentos municipales.

En “Los jóvenes escritores” recuerda cuando “me veo, a los 20 años, llevando poemas en los bolsillos, o leyendo a Sartre”, y rememora una visita a la casa de Kafka en Praga un día soleado. En “Citas y más citas”, parte señalando el comentario de amigos que le critican su afición a citar a otros. “Me da la impresión de que al buscar apoyo en una cita, uno se atreve a ceder humildemente la voz a alguien que merece, en verdad, decir algo”.

 LO DESPIDEN SU HIJA, EL EDITOR Y LA MINISTRA

 “Me esperó para morirse”, Teresa Calderón, poeta e hija.

Los cuentos de Andersen en dos tomos, edición Aguilar, fue lo primero que me sorprendió de las lecturas de infancia que mi padre me entregó. Cuando llegaba del colegio él me recitaba poemas… “Novia del campo, amapola, que estás abierta en el campo…”. Mi padre me llevaba en brazos cuando pequeña al liceo donde hacía clases. Mi relación con él fue única, incluso de la que tuvo con mis hermanos. Él me ayudó en los últimos años a conseguir un departamento, y cuando me llamó me dijo “Lo elegí frente al mío”. Él me quería cerca, y cuando me llamó su viuda por teléfono con un grito desgarrado, y yo en pijama corrí a su departamento, ella le estaba haciendo un masaje cardíaco, y yo llegué y me subí sobre él. Lo miré a los ojos, nos miramos, creo que me esperó para morirse. Su mirada era de otro mundo. (Foto: Álvaro Inostroza)

Escribía igual de cocina y fútbol”, Arturo Infante, editor de Catalonia.

Éramos muy amigos y la relación se estrechó más con la publicación de “Venturas y desventuras de Eduardo Molina” (2008), un libro que lo conversamos mucho, y ahora estábamos trabajando en el “El vicio de escribir”, con Lila, su nieta.

El volumen incluye las crónicas de La Nación, que organizamos temáticamente, donde hay una visión que refleja mucho el título. El hombre que escribe sobre todo lo que lo sensibiliza, desde semblanza de personajes hasta sus intereses por la cocina y el fútbol. (Foto: Esteban Garay)

“Un Ícono de nuestra patria”, Paulina Urrutia, ministra de Cultura.

El legado de Alfonso Calderón son las muchas generaciones a las que les dejó su talento con generosidad. Fue un maestro, que abarcó la crónica, la poesía, y que traspasó con su saber de erudito.

Es una gran pérdida, pero el dolor más grande es perderlo tan pronto por los múltiples proyectos que tenía en carpeta. Él es un verdadero ícono literario de nuestra patria. (Foto: Esteban Garay)

“Me apoyó como poeta joven”, Óscar Hahn, autor de “Versos robados”.

Alfonso fue muy importante para mí, porque me apoyó muy decididamente como poeta joven cuando él trabajaba en la editorial Nascimento. Publicó mi libro “Arte de morir”, y también una edición que hice de “Ecuatorial”, de Vicente Huidobro.

Cada vez que yo venía a Chile nos juntábamos. Cuando se ganó el Premio Nacional, me preguntaron sobre el premio, y mi justificación fue que él era fundamentalmente un hombre de letras, una categoría ya casi desaparecida en la literatura chilena. (Foto: Mario Ruiz)

calderón 2La Tercera /

Un encuentro que hizo

historia: Edwards Bello

 y Alfonso Calderón

El premio nacional 1998, cuyos funerales se realizan hoy, llegó hasta la casa del cronista a mediados de los 60. Fue el inicio de una relación fructífera para ambos: Calderón rescató la obra de Edwards Bello y se convirtió en su mejor discípulo.

por Andrés Gómez Bravo – Llegó hasta el 2315 de calle  Santo Domingo. Era una casa antigua y modesta, casi esquina de Ricardo Cumming. Tocó a la puerta con un golpe ligero. Un golpe tímido o temeroso, el tipo de golpe que se da para no incomodar. Esperó un minuto, dos. Escuchó pasos y la puerta se abrió apenas, pero por la rendija Alfonso Calderón reconoció ese rostro huraño. “¿Qué desea? Yo no recibo a nadie. Vuelva más tarde, no compro ni vendo nada”. Era Joaquín Edwards Bello en persona.

Corría 1965 y Alfonso Calderón, asesor literario de editorial Zig-Zag, intentaba lo imposible: hablar con Edwards Bello. Célebre por su mal genio, el cronista vivía prácticamente aislado: ahuyentaba a todos los que se acercaban a su casa. Pero Calderón iba con una misión especial: publicar sus mejores crónicas.

 

“Pierde su tiempo, con crónicas no se hacen libros”, le dijo Edwards Bello. Calderón no se desanimó. Conocía bien al escritor: lo leía desde su adolescencia. “En ese entonces compraba La Nación no para leer a Edwards, sino porque me interesaba el deporte; fue incidentalmente que me encontré ahí con un periodista que me entretenía mucho. Debe haber sido por el año 42 ó 43. En 1953, pensé en elaborar una antología”, contó a revista Mapocho.

  

Cuando llegó hasta la casa en Santo Domingo, Calderón  iba preparado: portaba dos antologías listas. Después de conversar por un rato, tiempo en el que Edwards Bello lo estudió, le dijo: “Bueno, déjeme los libros. Yo lo llamo mañana”.

Así partió la relación entre los dos escritores, una relación fructífera para ambos: Calderón rescató la obra de Edwards Bello y se convirtió, con la sobriedad de los gentiles, en su mejor discípulo.

Hasta su suicidio en 1968, Calderón visitó frecuentemente a Edwards Bello. Pese a su carácter, la salud ya no lo acompañaba: producto de una hemiplejía no podía escribir. Pero gracias a Calderón, que realizó una labor enciclopédica, vivió una segunda vida editorial. Así nacieron las antologías Recuerdos de un cuarto de siglo (1966), Nuevas crónicas (1966), Hotel Hoddó (1966), Crónicas del centenario (1968), Andando por Madrid (1969), Memorias de Valparaíso (1969), Mitópolis (1973) y Memorias (1983), entre otras.

En paralelo Calderón escribió su propia obra y asimiló las lecciones del autor de El roto. “Yo me consider0 uno de sus discípulos”, afirmó. “Sin Joaquín Edwards Bello, yo no existiría”, dijo el premio nacional de Literatura 1998, que murió el sábado a los 78 años. Ya era todo un maestro.