Ni pena ni miedo

Columna de Alvaro Bisama, escritor y profesor de literatura, para revista Qué Pasa, miércoles 11 de septiembre de 2013.

En una de las escenas más perturbadoras del segundo capítulo de Ecos del desierto, Aline Kuppenheim y Catalina Saavedra golpean las puertas de una casa de tortura de la CNI. Nadie les responde. Ambas son abogadas de la Vicaría de la Solidaridad, están acostumbradas a ese silencio. La voz en off de Kuppenheim ha detallado, además, que acometen esa acción de modo sistemático, sin esperanza de respuesta. En un momento, de modo insospechado, la puerta se abre y un agente les dice que pasen. Lo que sigue a continuación dura apenas unos minutos. Ellas entran. Esperan acceder a los calabozos. Están perplejas y tensas. Una mujer les ofrece un té: un contrapunto de una normalidad que revela la cotidianidad del horror de la casa. Luego encuentran a los presos, una serie de hombres de pie, con los ojos tapados, en las sombras. Ellas gritan sus nombres, identifican a algunos, las hacen salir.

Con momentos así, Ecos del desierto, la miniserie que Andrés Wood dirigió sobre el caso Caravana de la Muerte y la vida de la abogada Carmen Hertz (cuyo marido fue asesinado por esa comitiva que presidía Sergio Arellano Stark), cierra de un modo inapelable la discusión televisiva sobre las imágenes del pasado y el relato que Chile se cuenta sobre sí mismo con motivo del 11 de septiembre. Exhibida por Chilevisión esta semana -a lo que se suma su estreno en TNT, en noviembre-, la serie de cuatro capítulos aparece distanciada de cualquier estridencia y, por el contrario, descansa en los silencios y los planos contemplativos, en los susurros que se cuelan en las conversaciones diarias, antes que en una retórica impostada sobre la necesidad de recordar.

Quizás eso se deba a que si bien la ficción no puede rehacer la Historia, sí permite iluminarla. Ecos del desierto no impugna un relato oficial, ni coloca en pantalla algo que fuese un secreto. Hace más de veinte años, en un libro como Los Zarpazos del Puma (1989), Patricia Verdugo investigó el mismo relato con tal precisión periodística que terminó convertido en una prueba judicial. Ahora, Wood volvió sobre la misma imagen pavorosa que era el centro del reportaje de Verdugo (la de un helicóptero oscuro atravesando el mapa de Chile) para contraponer sus efectos y su peso en relación a una biografía (o la ficción de la misma), capaz de sintetizar los signos de un país completo. Eso, que bien puede ser el centro de las obsesiones de Wood como cineasta (es el corazón de Machuca y Violeta se fue a los cielos), acá cobra una profundidad que excede lo simbólico. Porque  lo más revelador de la serie no es que se ocupe de la violencia o que indague en la memoria, sino que lo hace desde un tono que es a la vez melancólico y amenazante, y que está sintetizado en las imágenes de un cielo que está a la vez nublado y despejado sobre ese mar gris que la protagonista contempla en el primer episodio.

Hay que agregar, además, que Wood opta por filmar todo eso con una paleta de colores que remeda la de las fotos antiguas; es como si los filtros de Instagram tuviesen una naturaleza política. Ese color quiere ser el mismo que el de las imágenes del pasado que bien pueden atesorar los espectadores, y permite establecer una continuidad entre el presente y el pasado, entre la memoria y lo falso, entre el relato televisivo y el privado.

A diferencia de Los archivos del Cardenal, no hay acá un thriller sino la presencia de un relato donde la densidad lírica se extrae de la delicadeza de los silencios y los modos en que Wood filma a Aline Kuppenheim/María Gracia Omegna; ambas venturosamente parecidas, ambas reflejos cruzados de la Hertz real. La ficción así se interna en el terreno de la memoria para transfigurarla, ofreciéndose como una interpretación de los hechos que los desvía, pero a la vez los fija para el espectador. La ficción impone sus propias reglas: el estilo de Wood (los largos planos del territorio, los rostros quebrados de las protagonistas) es su ideología, su modo de abordar la memoria.

Así, la serie supera su contexto para dispararlo más allá: Ecos del desierto habla de la dictadura y de la violencia, pero también se pregunta y responde sobre cómo filmar ambas cosas, escapando a la tiranía del mero registro documental. Si hace dos décadas Los Zarpazos del Puma se encargaba de trazar el relato de los hechos para establecer el registro -histórico, periodístico, judicial- sobre los crímenes de Arellano Stark, ahora Ecos del desierto exhibe la poesía ambigua de ese horror y sus momentos muertos, filmando los parpadeos que preceden a la catástrofe, y narrando como ficción la historia de personajes que contemplan a la ola muerta de un tiempo que vuelve sobre sí mismo, todos símbolos inasibles pero demoledores de la condición humana.

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