Nibaldo Mosciatti

mosciattielmostradorFrancisco Mouat  / Revista El Sábado / Me da risa percatarme de cómo el discurso que pronunció el periodista Nibaldo Mosciatti al recibir unos días atrás el Premio Embotelladora Andina se esparce por toda Internet como una pieza de culto y de colección. Creo que influye en su difusión la poca costumbre entre nosotros de decir frontalmente lo que se piensa, especialmente a la hora de recibir un reconocimiento por tu desempeño profesional. Cuando llegó la invitación y supe que por horario no iba a poder estar en la ceremonia, lamenté tener que restarme de aplaudir de pie a un hombre al que quiero y respeto.

Al comienzo Mosciatti no quería el premio. Le parecía -y sé que le sigue pareciendo- que un premio de periodismo otorgado por una empresa es una combinación que hace cortocircuito. Tiene toda la razón. Si hay una condición irrenunciable para ejercer este oficio es la libertad, y junto con ella la independencia. A las empresas derechamente comerciales no les gusta esta mirada. ¿Cómo les va a gustar, si lo que quieren primero que todo es ganar dinero? El problema mayor es que a las empresas periodísticas tampoco les gusta, porque también están concentradas en ver la manera de salir con números azules al costo que sea, y si eso significa desnaturalizar el oficio, ¡adelante! Ser libres para pensar te expone a las quejas de los poderosos, y los poderosos, los que tienen poder político, económico, religioso o el que sea, no hay que ser muy avispados para enterarse, casi siempre encuentran la manera de deshacerse de las piedras que les molestan en el zapato. Las empresas, al final, salvo que sean filantrópicas de verdad, y de esas ya casi no queda ninguna, están todo el rato sacando cuentas y viendo cómo entra agua al molino. Pero bueno, no quiero desviarme de lo esencial de estas líneas, que es reconocer a Nibaldo Fabrizio Mosciatti como un periodista de raza, sensible, inteligente, independiente y libre para pensar y decir. Quedan pocos de ellos. No digo en Chile: en el mundo.

Tienen razón los cibernautas que multiplican por la red su discurso al recibir el premio. Porque la prensa en general no sólo no lo mencionó (tal vez me equivoque, y en estos días hayan aparecido algunas de las cosas que dijo Mosciatti, ojalá), sino que además consideró que era necesario silenciarlo por incómodo, o, como también he escuchado por ahí, porque supuestamente fue un mal educado.

¿Mal educado o sincero para exponer sus puntos de vista? Celebro la libertad y la lucidez con que narró sus ideas: dijo exactamente lo que piensa sin calcular si eso caería bien o no a los presentes en la sala. Su testimonio vale no se imagina él cuánto en una cultura del acomodo, las medias tintas, el apego hipócrita a ciertas formas y el servilismo a la plata. Él dijo, entre tantas otras cosas, que le hubiera gustado heredar una pizca del talento, la sensibilidad y la rebeldía de su padre, Pocho. Creo que los heredó, y con creces. Como también heredó el rigor de la Loli, su madre. Y supo leer entre líneas y asimilar lo que fue viviendo a lo largo del camino, primero como estudiante en práctica en la radio Chilena en años de dictadura, luego como redactor político de Apsi, más tarde como periodista del programa El Mirador, y desde hace más de diez años como uno de los responsables del periodismo ejercido por la radio Bío-Bío en Santiago.

¿Qué dijo Mosciatti? Dijo que «sin talento, sensibilidad y rebeldía, el periodismo se convierte en otra cosa: en una simple reproducción de discursos, en un engranaje más de las máquinas de los poderes y los poderosos, en esa cosa amorfa, triste, gelatinosa, y, a veces, ruin y malvada, que son las relaciones públicas o todo tipo de comunicación que está al servicio de unos pocos en detrimento de la mayoría anónima».

A propósito de valorar un oficio en extinción, le sugirió a la embotelladora que le dio el premio que «también se incluya, en galardones paralelos, a zapateros remendones, desmontadores de neumáticos en vulcanizaciones, panaderos, imprenteros, empastadores de libros, ebanistas y expertos en injertos de árboles frutales, para que se consolide la idea de que lo que se premia es el ejercicio de un oficio, el día a día de las letras, y no la ruma de certificados, con sus timbres y estampillas, ni la galería de cargos, ni, menos todavía, la trenza de contactos, pitutos, militancias, genuflexiones, favores y deudas».

¿Saben qué? ¿Por qué no leen completo el discurso? Está en Internet. Léanlo, algunos de ustedes coincidirán en apreciar la libertad de pensamiento y de espíritu con que está concebido, y quizás hasta se conmuevan cuando Mosciatti hable del periodismo como un ejercicio de antipoder para terminar confesando que quisiera volver a ser niño, «puro horizonte, posibilidades infinitas, sin condicionamientos, sin directrices ni guías, ¡y sin premio!».

Yo, al menos, aplaudo. Aplaudo de pie