Nuevos desafíos para la televisión

Antonio Leal, Ex Presidente de la Cámara de Diputados, Director Magister Ciencia Política y Magister Sociología U. Mayor

El Mostrador.

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El periodista italiano Renato Parascandolo señala en su libro La Televisión más allá de la Televisión que Internet está a la televisión como un avión está a un automóvil, agregando, sin embargo, que el uno no ha sustituido al otro y que la televisión generalística continúa siendo el instrumento de mayor influencia de masas que jamás haya existido, dado que es el medio que más incide en formar ideas, conceptos, sentimientos y hasta estilos de vida.      

Recuerda que la televisión es de por sí un medio efímero pero a la vez extensivo, que permite a millones de personas asistir a un evento a miles de kilómetros en tiempo real, con una difusión ilimitada y una tempestividad, sobre todo en la información, que no tiene parangón y con ello contribuye a elevar el nivel cultural de la población y a formar la subjetividad, especialmente de los sectores emergentes.

Por el contrario, afirma, Internet es un medio intensivo, que posee la cualidad única de la interactividad, una Enciclopedia universal moderna, una memoria que se adiciona a la de los seres humanos, una plataforma que permite dialogar con los demás sin fronteras ni tiempo y que restituye identidades de quienes habían sido reducidos a una simple audiencia o consumidores.

Obviamente, cada medio se distingue del otro por el lenguaje, por el público al cual se dirige, por la tecnología que utiliza, pero también por los tiempos que les son característicos. Internet, con la aceleración del ritmo del tiempo, ha suplantado al correo tradicional y ha permitido reaprender el diálogo veloz e incluso el más reflexivo , agregando sonidos e imágenes y, con ello, terminar con una tiranía de 60 años de comunicación unidireccional, prácticamente sin réplica, abriendo un espacio público para la política, el arte y la cultura, recreando derechos de ciudadanía a personas e instituciones y una nueva opinión pública que puede efectivamente divulgar por la red sus opiniones, participar del debate, congregarse, contestar a los poderes e incluso instalar agendas propias en el ámbito político y cultural.

Internet puede permitir instalar una sociedad más transparente, disminuyendo el riesgo de las verdades absolutas, de que sólo lo visible en pantalla existe, multiplicando el número de las voces en las comunicaciones, controlando los órganos de poder y denunciando anomalías y abusos. Su vínculo intrínseco con la globalización, con el estrechamiento del tiempo y del espacio, le permite inferir sin confines y revolucionar no sólo la historia de los medios sino todos los aspectos de la vida humana.

La televisión debe asumir una nueva realidad: ya no está sola. El paso de la comunicación electrónica a la digital, entre ella de la propia televisión análoga a la televisión digital, la obliga a convivir con otros medios de poderoso alcance y más sofisticados tecnológicamente. La obliga a pasar de la monomedialidad y a pensarse a sí misma como parte de una multimedialidad. Debe superarse a sí misma integrándose con los nuevos medios, siendo capaz de producir contenidos ya no sólo para su pantalla sino para los multimedios, plenamente consciente de que hay concurrencia y mayor diversidad, pero, como afirma Parascandolo, que Internet no suplanta a la televisión, convive con ella, y al no ser conmensurables, puede incluso, en el tiempo, reforzarla.

Ya no existe el tiempo de la fidelidad a un programa o un canal. Tampoco sólo el pueblo de la televisión. Las audiencias son nómades y pasan ya no solo de un canal a otro, también en la extensa red que ofrece la TV de pago, sino de una plataforma a otra. Por tanto, hay más pluralidad y ella no corresponde sólo a la pluralidad de la audiencia sino, también, a la pluralidad del auditor en sí mismo, que adquiere, como en la “galaxia Gutenberg”, un alfabeto nuevo que le permite adentrarse en una multiplicidad de redes inspiradas en lo que Castells llama la comunicación de muchos a muchos.

Hoy, el aserto de McLuhan de que “el medio es el mensaje”, debe ser leído no sólo en referencia a la diferente tecnología que utilizan los medios, sino también a los contenidos, a los modelos de televisión, y si esta corresponde a una televisión comercial o a una televisión pública en sus diversos tipos.

De aquí parte Parascandolo para subrayar el rol central que, en su nítida obligación de diversidad y de misión, debe jugar la televisión pública en este proceso. Rechaza ya sea la homologación de contenidos de la televisión pública, en la difícil batalla por el rating, con la televisión comercial, en cuanto a la idea de una televisión pública de élite que, en el refinamiento de su programación, renuncia a la masividad.

Parascandolo está consciente de que la televisión pública, en Italia como en Chile y en otros lugares del mundo, ha confundido la esencia de su misión en la competición con la televisión comercial y, en muchos momentos, se ha parecido en contenidos a ella. Sin embargo, subraya el hecho de que no son modelos asemejables sin que la televisión pública pierda el sentido de existencia.

De partida, dice Parascandolo, tienen fines distintos y se dirigen también a audiencias diversas: una, la pública, a los ciudadanos; la otra, la comercial, a los consumidores, a la opinión de masas. La pública debe buscar transformar la opinión de masas en opinión pública autónoma, crítica, en tanto instrumento de la pluralidad, ya sea de las diversas expresiones sociales como de los valores éticos y políticos que se le asignan. Debe educar en el buen gusto, en la argumentación, en el contexto, no sólo a través de su programación cultural e informativa sino también en aquella de entretenimiento y de gran audiencia.

La cultura en televisión debe expresarse no solamente en una mayor cantidad y calidad de la programación cultural sino, también, en más cultura en toda la programación, es decir, más inteligencia y creatividad. La cultura debe ser mucho más que un género para la televisión pública, ella debe permear el espacio televisivo y conducir al telespectador a interesarse, también, a través de otros medios, en profundizar lo que la televisión, en sus tiempos, le entrega.

Siendo la información el género más congenial con la opinión pública, Parascandolo establece criterios que deben ser respetados para marcar una diferencia: que las noticias sean atendibles, tengan fuentes transparentes, una correcta contextualización de los hechos, alto nivel de dominio de los temas en los comentarios, plausibilidad en las interpretaciones.

En efecto, uno de los límites de los noticieros de la TV abierta chilena es la falta de contexto con que se presentan las noticias, lo cual descontextualiza el mensaje televisivo, lo hace comprensible sólo a quien ya tiene una información sobre el tema tratado y produce frecuentes incomunicaciones con la gran audiencia hacia la cual va dirigido. Eso transforma a la televisión en autorreferencial e impide que se cumpla el objetivo de informar/formando, educando, a las grandes audiencias. Además, para elevar el rating, se recurre con frecuencia a la noticia emotiva, a la truculencia, o al sensacionalismo, lo que conduce a la espectacularización de la información, al entretenimiento, extraviando el sentido del noticiero.

Por ello es necesario exaltar las características que debe tener la televisión pública para cumplir con su misión: tratar al telespectador como un ciudadano, el pluralismo es una obligación, el fin es el interés general, producir programas más que público, observar el interés general, dirigirse a todos, profundizar como regla, reflejar la realidad en su complejidad, la calidad como variable que es autónoma de la cantidad. Trabajar con la cultura de la imagen pero también con la cultura de la comprensión de las audiencias. Por cierto, la televisión pública no puede olvidar el ser, privilegiadamente, un medio de entretención, para muchos el único, de millones de personas.

Sólo de esta manera la televisión pública puede favorecer el crecimiento cultural de la audiencia, desarrollar la facultad de juicio propio, el sentido crítico y el estímulo a la participación cívica que es propio de un medio de comunicación al servicio del interés de todos.

Esta mochila está aún lejos de ser llenada de contenidos por la televisión pública chilena que tiene el deber de producirla. Pero es con estos valores éticos y públicos como se deben abordar los dos desafíos que se vienen por delante.

El primero, la televisión digital terrestre, que permitirá no sólo mejor calidad de imagen y sonido, sino, también, una mayor extensión en el territorio, espacios televisivos regionales y locales, una ampliación de la oferta de contenidos, el acceso de nuevos actores, de mayor pluralidad y diversidad, la creación de nuevas señales temáticas y segmentadas.

Como bien señala Valerio Fuenzalida, la televisión digital permite a la TV pública pasar de generalista en contenidos a una empresa multioperadora de varias señales digitales, con emisiones segmentadas en contenidos temáticos y por edades, más calidad y mayor diversidad de contenidos, ampliando además los géneros de información para que la deliberación no sea sólo entre actores políticos sino que incorpore también a la ciudadanía y sus demandas, lo cual enriquece la agenda pública y la credibilidad de los medios.

Detrás de ello está el objetivo planteado programáticamente por la Presidenta Bachelet, para que en la realidad digital TVN tenga una señal cultural/educativa y una señal permanente de noticias y debates que deberán ser financiadas, en cualquier modalidad, por el Estado, para no estar sometidas al efecto del rating y de la publicidad.

El segundo, la creación de un espacio multimedial que integre a televisión, Internet y otros medios, y ofrezca mayores oportunidades a una audiencia cada vez más amplia y diversa. Esto permitiría a la televisión, además de incorporarse en un formato tecnológico más amplio, volver a conectarse con un público juvenil que gradualmente ha ido abandonando la pantalla para trasladarse a otros formatos, como también a los niños que se han trasladado a la televisión de pago, dado que la televisión abierta los ignora.