Ocultamiento y evasión

tv chileDiego Moulián / LND / Los testimonios acerca de esta realidad sobreviven -como se relata en el programa- gracias a la encargada del centro de documentación de la red pública, quien conservó los archivos audiovisuales de las decenas de enviados extranjeros.

La imagen de Julio Iglesias conduciendo el noticiario “60 minutos” -en un verano de 1977- es una síntesis perfecta del papel que cumplió este medio de comunicación durante todo el gobierno de Pinochet: omisión y evasión, censura y adormecimiento, tergiversación de la realidad y circo para las grandes masas. El zalamero cantante español -que juraba de guata que le pondría Chile a su primer hijo mientras su fans gritaban histéricas- era el personaje ideal para presentar “60 mentiras”, un informativo que encubría descaradamente los crímenes de la dictadura y adulaba sin pudor a las autoridades castrenses, y cuyo único atractivo eran los provocativos vestidos y estrafalarios peinados de Raquel Argandoña.

Esta polaridad recorre los programas acerca de la historia de Canal 7 que ha transmitido TVN en las últimas tres semanas. El gran mérito de esta serie ha sido recordarnos sin eufemismos que durante 17 años la estación televisiva pública no fue más que una gran caja de resonancia del régimen militar. Su misión era dibujar un mundo feliz, edificar la nación del “vamos bien, mañana mejor”, según rezaba el eslogan del plebiscito del ’80. Cotidianamente, sus periodistas tenían que ocultar lo que sucedía en el país y, en forma paralela, los animadores de los estelares debían convertirse en los bufones de una fiesta empaquetada y autocomplaciente.

“Nosotros hacíamos música, no hacíamos política”, aclara Horacio Saavedra en el programa del último lunes, que aborda el período entre 1978 y 1982, señalando no entender las razones que tuvieron los autores de un ataque incendiario que destruyó el restaurante desde donde se emitía “Vamos a ver”. Quiero creer que el director de orquesta vitalicio de la TV local peca de ingenuo. El espacio conducido por Raúl Matas -y también “Sabor latino”, el Festival de Viña y tantos otros- era un vehículo de la acción política-comunicacional de la dictadura, que mostraba su cara amable por medio de las canciones de Raphael y Camilo Sesto, los chistes fomes de Firulete y el extravagante show de Grace Jones; y exhibía su faz más siniestra a través de groseros montajes periodísticos, como los falsos enfrentamientos de Neltume donde fueron asesinados los miristas de la Operación Retorno, sobre los cuales “informaba” con lujo de detalles el canal de todos los chilenos.

La idea central de esta serie del recuerdo es que la historia de TVN es un reflejo de la historia de todos y cada uno de los habitantes de esta larga y angosta faja de tierra. Claramente, se trata de una verdad a medias. En las pantallas de ese canal sólo aparecía el pinochetismo puro y duro; el resto del país quedaba oculto detrás de las cámaras. Los testimonios acerca de esta realidad sobreviven -como se relata en el programa- gracias a la encargada del centro de documentación de la red pública, quien conservó los archivos audiovisuales de las decenas de enviados extranjeros que pisaban el edificio de Bellavista 0990 para despachar al exterior. Allí se ve el Chile dictatorial que TVN insistía en acallar: los violentos allanamientos en las poblaciones, la cesantía galopante que se desata con las crisis del ’82, los carabineros golpeando sin compasión a madres que sólo preguntaban dónde estaban sus hijos.