Pandemia de lateros

gilAntonio Gil / LUN / “Basta cambiar el dial y ya, dirá usted. Pero al cambiarse de emisora el auditor caerá del sartén a las brasas, porque es seguro que sintonizará a un latero todavía más horripilante y almibarado, que estará recordando a la dueña de casa que ya es la hora de cocinar el almuerzo, como si las viejas fueran tan tontas como ellos…”

H ace ya 70 años, Joaquín Edwards Bello escribía: “Plaga formidable es el latero, plaga universal, se entiende. Para defenderse de los lateros, en otras naciones donde reinan la experiencia y el espíritu de defensa del espíritu, se valen de numerosos medios. Por desgracia, aquí donde imitamos tanto, no se conocen esos medios”. Se refiere don Joaquín a las eficaces mirillas en las puertas españolas, además de las variadas antesalas y otros complejos “filtros” de secretarios y asistentes usados en los diarios, oficinas y bancos argentinos y europeos.

Para el cronista, en Chile “la facilidad para dejarnos latear produce impresión de desorden y ausencia de jerarquías”. Cuanta razón tenía ese viejo tahúr, grafómano y desclasado. Hoy, peor que la peste porcina, el hábito de latear y de dejarnos latear ha llegado a ser una pandemia incurable. No supimos atajar a tiempo ese mal que nos empequeñece y nos hace perder prestancia y peso específico como país, además de un tiempo personal precioso, escuchando las paparruchas insustanciales de esa legión de seres abominables.

Para colmo, hoy los lateros se han tomado olímpicamente los micrófonos de las radios y las cámaras de televisión. Los hay de toda laya, siendo el rey indiscutido aquel supuesto humorista conocido como Checho Hirane, a quien Dios perdone. Lo sigue, muy, pero muy de cerca, Alfredo Lamadrid, quien latea relamidamente, con el agravante de engolar su vocecita hasta que parezca venida de lo más hondo de un universo paralelo, melancólico y casposo, lo que nos despierta los peores instintos homicidas. Son de temer estos seres que le dan a la sin hueso sin compasión ni clemencia. Son detestables hasta lo indescriptible.

Basta cambiar el dial y ya, dirá usted. Pero al cambiarse de emisora el auditor caerá del sartén a las brasas, porque es seguro que sintonizará a un latero todavía más horripilante y almibarado, que estará recordando a la dueña de casa que ya es la hora de cocinar el almuerzo, como si las viejas fueran tan tontas como ellos. El lugar común, modulado como para que lo comprenda el más tarado de los escuchas tarados, es quizás el detalle más enervante del latero radial. Y ni hablar de aquellas “amenas” conversaciones entre dos o más lateros a la hora del taco. Ahí, en un taxi, sin escapatoria posible, estos entes del averno hacen de las suyas con el mísero auditor atrapado en sus babosas redes.

Están también, como no, los curas lateros. Ésos sí que son de temer, amigos lectores. Cuando alguien, ilusionado, imagina que se les ha acabado el tema, en mitad, por ejemplo, de un ya interminable matrimonio, agarran para cualquier lado, divagando y hablando hasta encontrar algo que decir. Con ésos no hay fe que resista.

En la televisión, el bueno de Carcuro, que pertenece a la subespecie del latero entusiasta, cuando rellena espacios muertos puede arruinarle la tarde a cualquiera. Lejos, flotando en el Mar Muerto, andará otro que bien las bailaba: el indescriptible Mauricio Israel. Lo dejaremos pasar aquí de largo, porque el pobre ya tiene lo suyo y no es bueno hacer leña del palitroque caído.

Nos han copado los lateros, don Joaquín, porque no atendimos a tiempo su consejo, y a causa de ellos Chile se empequeñece cada día que pasa, bajo una lluvia de palabrería insustancial y desalentadora.

Los lateros se han tomado olímpicamente la radio y la televisión. Los hay de toda laya, siendo el rey indiscutido aquel supuesto humorista conocido como Checho Hirane, a quien Dios perdone.