«Periodismo hay uno solo»

Historia-de-una-mujer-bombaÁlvaro Matus / Cada cierto tiempo, las nuevas generaciones de periodistas y editores de revistas vuelven a abrazar el «nuevo periodismo», un concepto que Tom Wolfe, Norman Mailer y Hunter S. Thompson pusieron de moda en los años 60. Sin embargo, más que una disciplina o un género original, se trata de una prueba irrefutable del talento de los estadounidenses para etiquetar y distribuir sus productos. Basta leer las crónicas de Claudio Eliano o la propia historia de Heródoto, para darse cuenta de que la disolución de los límites entre crónica y literatura, entre lo que se escribe siguiendo un orden cronológico y lo que se narra de acuerdo a una estructura dramática, es tan antiguo como el acto mismo de contar historias alrededor de una fogata.

En este sentido, la presentación de Ascanio Cavallo al libro Historia de una mujer bomba acierta al rehuir las clasificaciones y concentrarse en subrayar que los artículos del libro comparten dos características que distinguen al mejor periodismo: la pasión por el detalle y la pasión por el relato. Dicho de otro modo, aquí no interesa si el texto está escrito en primera persona o si el reportero comió hamburguesas durante un mes para saber qué efecto tiene la comida chatarra. Que el periodismo sea «nuevo» o «viejo» carece de sentido, porque lo único trascendente aquí es la división entre periodismo bueno y periodismo malo.

Los mejores artículos del libro son, de hecho, reportajes tradicionales desde el punto de vista formal, sólidos en cuanto a investigación y muy bien escritos. Pienso en el perfil del hermano de Hugo Chávez que realiza Sinar Alvarado (Un Chávez sin atributos) o en la subyugante historia de dos hermanos colombianos que formaron parte de bandos enemigos (uno se fue a las Farc y otro a las Autodefensas), pero que no pudieron tolerar la idea de que llegaría el momento en que se encontrarían en plena selva con la orden de asesinar al primero que se les cruzara por delante (Lazos de sangre, de Alberto Salcedo Ramos). El texto que da título al volumen es quizá el más dramático y revelador: da cuenta del tráfico de mujeres a partir de la lucha de una mujer de Tucumán por encontrar a su hija, que desapareció la mañana en que salió rumbo al hospital.

El peor de la Fórmula Uno o 30 días en un call center confirman que el periodismo de «cocción lenta», como decía Kapuscinski, puede ser también completamente insulso: oscila entre la muestra de ingenio y el tono jactancioso del tipo que dice «yo estuve ahí».

Las breves entrevistas a los autores conforman un material de gran utilidad para los estudiantes de Periodismo, aunque el libro, quiero creer, debiera interesar a un público mucho más amplio. Por último, llama la atención que las ocho crónicas hayan sido publicadas por revistas. Ninguna salió en un diario, ni siquiera en los suplementos dominicales, donde se supone que debieran tener cabida trabajos de mayor aliento, que miran la noticia desde más de un ángulo. Es una señal preocupante, sobre todo ahora que se habla con tanta insistencia de la crisis de los periódicos. Mientras algunas revistas se aferran a la palabra (y a las historias), los diarios han comenzado a sucumbir ante la última y más ignorante de las dictaduras: la del lector que no quiere leer.

Ficha

Historia de una mujer bomba.

Edición de Bárbara Fuentes. Uqbar Editores-Universidad Adolfo Ibáñez, 208 páginas, $ 9.700.