Pésimas costumbres
Vicente Montañés / Nervio Óptico / LUN / “¿Cuál es el origen de las malas costumbres?”, preguntó el animador en la tele, con gesto frenético. “La pereza”, exclamé yo, puño en alto, hundido en mi sofá, en medio de la noche. Pero en la pantalla el concursante -un conocido galán de teleseries- no atinaba a nada, y con su fracaso un célebre hogar de ancianos perdÃa una millonaria donación en metálico. “SÃ, la pereza es la madre de todos los vicios”, agregué, hablando solo.
A la segunda pregunta, sobre los nefastos efectos de la ignorancia en el ser humano, murmuré: “La ignorancia es la madre de… de quién… no lo sé”. TenÃa frente a mà la voluminosa Enciclopedia Británica , pero estaba cerrada. Más allá, el computador, demasiado lejos. “No creo que en Google tengan esa información sobre los proverbios viciosos”, me dije, sin energÃa para ir a encenderlo. Volvà la mirada hacia la tele, donde el conductor seguÃa asediando al apuesto muchacho con despiadadas preguntas de cultura general: “Vaya, no sabes tampoco de quién es madre la ignorancia”, manifestó con pena y crueldad, “cualquiera dirÃa que eres un ignorante”. Con un escalofrÃo, murmuré: “A lo mejor yo también”.
Santiago, allá afuera, dormÃa el sueño de los injustos. “Sólo un ignorante de marca mayor, un perezoso inveterado, un incurable borrego audiovisual”, me recriminé amargamente, “es capaz de quedarse viendo la tele hasta altas horas de la noche, hipnotizado por la sublime imbecilidad de sus compatriotas”.
Cambié de canal. Observaba ahora lo acaecido en la ciudad de Puerto Montt. Una multitud furibunda, enardecida por el impiadoso prurito de la solidaridad, se abalanzaba a codazo limpio sobre un teatro abarrotado de público, donde ya no cabÃa un alfiler. ¿ExhibÃan allà un filme de autor, alguna meditación sexual o metafÃsica de Pasolini o de Bergman? ¿Una pieza teatral de Ibsen o Brecht, radiografÃa premonitoria de las alienaciones del hombre y la mujer en la sociedad contemporánea? No, sólo era una función de beneficencia, con la actuación estelar de un puñado de cantantes por mà desconocidos, herederos, en lo artÃstico-conceptual, de un Viking Valdés, un Miguelo o un remoto Patricio Renán. La muchedumbre, que acudÃa esta vez en beneficio de una fundación que atiende a niños con discapacidad motriz, brincaba rabiosa e incansable, y sus cabecillas más espontáneos trepaban ágilmente los muros para colarse por algún intersticio no vigilado.
“Esto es amor al prójimo en estado puro”, medité conmovido. Y al ver que una barrera metálica cedÃa con pavoroso estrépito ante la avalancha presuntamente humana, repetà un corolario escuchado por ahÃ: “El amor es más fuerte”. Ya se oÃan las sirenas: no era el seductor canturreo de los artistas invitados, sino el aullido ominoso de las ambulancias que se acercaban, atraÃdas por el crac-crac de huesos rotos en la batahola.
Caà de inmediato -mecanismo de defensa ante lo angustioso de los sucesos- en un sopor apolÃtico, aunque en alerta sociológica: “Cómo pueden decir que el chileno se ha vuelto individualista”, cavilé, pensando en esos cinco mil puertomontinos apretujados codo a codo, llenos de vida comunitaria: ahÃ, en esa calle sureña, los energúmenos eran mucho más que dos.
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