Piñera: tareas pendientes

pena-carlosCarlos Peña / Reportajes / El Mercurio / ¿Habrá alguien que, sin sonrojarse, encuentre sensato que un Presidente (supongamos por un momento que Piñera logre serlo) tenga, a la vez, injerencia en dos canales de televisión, casi la mitad, nada menos, de la televisión abierta?

Todos sabemos que el fideicomiso que celebró Piñera es insuficiente. Deja fuera a un medio tan importante como un canal de televisión, a una empresa como LAN, y persiste en el empeño insincero de tener incidencia en Colo Colo. Alguien debiera decirle a Piñera que no se puede ganar todo en todos los ámbitos de la vida.

El fideicomiso que ha divulgado Sebastián Piñera -entregó casi un tercio de su patrimonio a terceros para que lo administren sin informarle las decisiones que adoptan, algo así como mantener la propiedad cediendo el control- debe ser examinado con rigor a fin de saber si él permite superar los obvios problemas que plantea la relación entre dinero y política.

Esos problemas son de variada índole, y conviene analizarlos a fin de juzgar qué tan adecuada fue la medida que el candidato adoptó.

El más obvio deriva del hecho de que el dinero (sobre todo en las proporciones en que lo tiene Piñera) puede distorsionar la regla básica de la democracia. En la democracia esperamos que cada uno cuente como uno y nadie más que uno. Si alguien tiene dinero de sobra y puede usarlo como le plazca en la competencia política, esa regla se distorsiona: el propietario podría usar ese dinero para que su influencia vaya más allá del simple peso de sus ideas.

En el caso de Piñera, lo más problemático a este respecto es la propiedad de un canal de televisión.

El dinero por sí mismo tiene poder comunicativo (como la eficiencia de un mensaje es función del número de personas a que llega, y esto, por su parte, es función de los costes que usted pueda asumir; mientras usted es más rico, en principio su mensaje es más eficiente). La situación es todavía más grave si usted tiene el control de una televisora: el medio, echando mano a los múltiples vericuetos de la comunicación (desde influir en la agenda pública a promover opciones estéticas o valóricas suyas), podría obrar a su favor tomando usted una ventaja ilegítima.

Así entonces, Piñera -incluso después del fideicomiso que acaba de celebrar- tiene una tarea pendiente: desprenderse del control de Chilevisión.

Salvo que queramos parecernos a la Italia de Berlusconi (¿habrá algo más distante a la histórica sobriedad de la que se precia la derecha chilena?), no queda otra: Piñera debe resignarse a transferir su canal de televisión. El Presidente de Chile tiene una injerencia muy relevante en el mercado de la televisión, cuenta con iniciativa para regular ese mercado, y puede incidir en la administración de uno de los competidores de Chilevisión (TVN). ¿Habrá alguien que, sin sonrojarse, encuentre sensato que un Presidente (supongamos por un momento que Piñera logre serlo) tenga, a la vez, injerencia en dos canales de televisión, casi la mitad, nada menos, de la televisión abierta?

Pero el peso del dinero en la comunicación política no es la única cuestión que sigue pendiente con Sebastián Piñera.

Resta aún el conflicto de intereses.

Este problema afecta sobre todo a la propiedad que Piñera tiene en LAN Chile. Como las líneas aéreas pertenecen a un mercado estrictamente regulado y el entorno en que funcionan depende, sobre todo, de relaciones internacionales en las que el Ejecutivo incide muy de cerca, no cabe duda de que la propiedad de Piñera en LAN es insostenible si es que él quiere ser Presidente.

Sobre eso no debe haber dos opiniones.

Salvo que alguien piense que las formas no importan y que la república es más o menos lo mismo que el mercado (un espacio en el que usted avanza tanto como puede), Piñera debe ceder íntegra la propiedad de LAN. Algo que promete, pero no realiza.

No acaban allí los problemas que, desgraciadamente, Piñera dejó pendientes.

Todavía está el caso de Colo Colo. La relación entre la participación en ese club y la política es muy obvia, y negarla es ofender la inteligencia más vulgar. Nadie creerá que Piñera se aferra a las acciones de ese club por amor a la camiseta o delectación por sus triunfos. Es simplemente que Colo Colo le permite conectarse de manera vicaria o sustituta con más de la mitad de Chile.

En ese caso la simulación es evidente, y salvo que queramos parecernos a la política argentina (con esa mezcla promiscua de deportes, espectáculo y política), Piñera debiera renunciar a la propiedad de Blanco y Negro. No es un asunto legal, es un problema de modales.

Así entonces, hay que felicitar a Piñera por el fideicomiso que acaba de celebrar; pero, acto seguido, hay que recordarle que lo que de veras importa sigue pendiente.

Y es que no hay caso: o usted es un político de fuste o un empresario de éxito; alguien que influye en la comunidad política a la que pertenece, o alguien que domina el mercado; alguien que triunfa en el comercio, o alguien que representa los intereses de todos.

Una de dos: la política o los negocios. La tercera vía no existe.

Algunos de sus asesores debiera entonces explicarle a Piñera que no se puede ganar todo en todos los ámbitos, y que la lección que él leyó alguna vez en el manual de Samuelson cuando estudiaba economía -hay que escoger entre cañones o mantequilla- también vale para la vida pública.