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“Martín Rivas” versus “Manuel Rodríguez”: Rebeldes con (demasiado) corazón

19/Marzo/2010

manuel rodríguez 2Francisco Aravena / Wiken / “Martín Rivas” (nota 5,5) versus “Manuel Rodríguez” (nota 5,0) / Quedará para los historiadores de la trivia contar cómo fue que dos personajes históricos -uno de ficción y otro real- se vieron enfrentados en el mismo semestre en una nueva guerra de las teleseries. En pantalla (y a costa de “Feroz” en Canal 13 en cuanto a rating) hemos visto esta semana un par de ingeniosas adaptaciones; aterrizajes de personajes eternos y unidos por su rebeldía ante el estabishment de su época, a un género con sus propias leyes.

Y la ley principal de las teleseries, queridos hermanos, es la ley del amor. Dicho de manera menos cursi: una historia romántica débil en medio de la narración puede estropear hasta la más cuidada, efectiva y atractiva de las producciones. Y es ahí donde, siendo ambas teleseries entretenidas, con producciones impecables y relatos en general bien resueltos, Rivas se impone a Rodríguez.

“Martín Rivas” ya había tenido su adaptación en 1979 en Televisión Nacional (con Alejandro Cohen y Sonia Viveros, una dupla inolvidable aun para quienes no recordamos nada más de aquella versión), pero ahora las leyes han cambiado: en la adaptación de Víctor Carrasco destaca antes que todo una protagonista femenina más expresiva (y explosiva). Leonor Encina es motor evidente de buena parte de la acción; la relación que establece con Rivas a veces parece demasiado histérica y adolescente —un requerimiento del género hoy en día, quizás— pero es ágil y suficientemente atractiva como para sostener el interés en el resto de la acción. De paso, nos regala a la actriz revelación de la temporada, María Gracia Omegna, y permite que Diego Muñoz se mueva en el registro en el que relativamente funciona: la relación amor-odio que sabemos que terminará en amor-amor.

En “Manuel Rodríguez”, por el contrario, la historia de amor es un estorbo burdo e intolerable en un relato que sin el pie forzado ese de “el guerrillero del amor” (nada bueno puede salir de esa frase) fluiría de manera casi impecable. La producción —el debut de Vicente Sabatini en Chilevisión— tiene un héroe atractivo, con un guión que sabe llevar la tradición de las series de aventura al formato de teleserie y un protagonista, Ricardo Fernández, capaz de soportar el peso. Pero todo se derrumba cuando tenemos que verlo enamorado —desde la primera mirada, por supuesto— de una dama insípida (el personaje) al son de una horrible versión orquestada de una canción de Silvio Rodríguez. Los “momentos románticos” parecen una tomadura de pelo. Chilevisión ha dado un salto gigantesco con esta teleserie (en producción, en historia, en realización), pero su condena autoimpuesta de transformar al héroe en galán le pesa demasiado al total.

Chao

18/Marzo/2010

bachelet se despidePatricio Fernández / Editorial The Clinic /

“Cualquier cuestionamiento, últimamente, es tachado de amargura. Los diarios están convertidos en panegíricos del gobierno entrante. Cero cuestionamiento. Lo mismo los canales de televisión: en el canal del presidente, que no es el mismo que el canal nacional, han transmitido documentales sobre su vida, como los de las vidas de los santos”.

El jueves 11 en la mañana, Michelle Bachelet salió del palacio de La Moneda para dirigirse al edificio del Congreso, en Valparaíso, donde le entregaría la banda y la piocha a Sebastián Piñera. La televisión no lo mostró bien, pero la Plaza de la Constitución y las calles aledañas estaban repletas de familias enteras que despedían a la presidenta. Muchas mujeres agitaban pañuelos y lloraban al mismo tiempo, como las esposas de los marinos cuando zarpa La Esmeralda, y también como esas esposas, le gritaban que regresara sana y luego. A otros nos cayó la teja la noche antes, cuando habló por cadena voluntaria. Con tanto terremoto, no habíamos tenido el tiempo para darnos cuenta de que más allá del cataclismo, o conjuntamente, una era terminaba. Con la presidenta, éramos muchos los que abandonábamos La Moneda: los familiares de los detenidos desaparecidos (Ana González, a quien le mataron a casi todos sus familiares, famosa por su pelo gris peinado a la mexicana y por fumar sin tregua, estaba entre la multitud que la despedía), los que fueron dirigentes estudiantiles y todos los que marcharon con ellos reclamando democracia entre bombas lacrimógenas, perdigones y delirantes carreras por las calles de Santiago huyendo de los pacos. Salen los que mientras otros estudiaban en Harvard, Chicago, MIT, etc., etc., estaban con los pies en el barro, intentando reorganizar a la sociedad civil, al tiempo que los militares allanaban las poblaciones buscando “terroristas”, algunos de los cuales ahora también abandonaban La Moneda.

Fue una historia la que terminó ese día repleto de temblores, donde la solemnidad del cambio de mando fue reemplazada por la improvisación y el nerviosismo. Piñera saludó dos veces a los invitados, Espina lo abrazaba una y otra vez como en el Día de la Marmota; la Martita, según cuentan, quería mandarse cambiar lo antes posible y Cristina Kirchner, según se la escuchó decir, veía menearse los ramos y las lámparas con el espanto de quien siente llegar a Gotzilla. Terminada la ceremonia, los invitados salieron despavoridos. Cuentan que el edificio se zarandeaba con inclemencia. Desde el Ford descapotable, el nuevo presidente saludaba hacia unas veredas semi vacías. Minutos antes habían dado alerta de tsunami en esa zona. El acto careció de todo glamour. Desde entonces hasta el fin de la noche, Piñera apareció con un montón de disfraces. De estadista, de comando aéreo, de ingeniero en obra, en fin. Otras melodías sustituyeron a las de antes. Un tono de voz nuevo y homogéneo, más de papa en la boca, más de colegio particular, muy de barrio alto santiaguino. Un coro bastante plano comparado con el concertacionista. Mientras la Concertación generó sus confianzas en las calles, los centros de estudio, los partidos políticos, el cine Normandie, las concentraciones, etc., etc., la mayor parte de las cercanías del nuevo gobierno –con honrosas excepciones, por cierto-, provienen de la cuna y el colegio. No creo que sea tendencioso asegurar que sale de La Moneda muchísima más gente que la que entra. Se trata de un triunfo democrático, pero intuyo que más publicitario que social, o sea, más de producto preferido que de comunidad empoderada. El antiguo lote gobernante, por lo demás, olía rancio.

El fin de semana leí que se suspenderían los procesos para dar permisos medioambientales, que los despacharían en un máximo de diez días para acelerar la tan necesaria reconstrucción, y no quise ni pensar en la de buenas y bárbaras posibilidades de negocio que se abrirían para algunos. Como bajo la idea de “reconstrucción” parecen no caber las contradicciones, las leyes civilizatorias quizás no tengan defensores. Circula una talla entre los momios recalcitrantes: “por fin se fueron los arrendatarios”. Cualquier cuestionamiento, últimamente, es tachado de amargura. Los diarios están convertidos en panegíricos del gobierno entrante. Cero cuestionamiento. Lo mismo los canales de televisión: en el canal del presidente, que no es el mismo que el canal nacional, han transmitido documentales sobre su vida, como los de las vidas de los santos. No han sido expuestos con claridad los conflictos de intereses que varios ministros e intendentes tienen. La oposición, por su parte, está dispersa y turulata, buscando agua en el desierto. En una de ésas, Piñera nunca vende Lan ni se deshace de Chilevisión. La excusa de urgencias mayores y la falta de una buena fiscalización es capaz de confundirlo todo. Si no, pregúntenle a Fidel.

Desastre natural, comunicación y afectividad

15/Marzo/2010

terremoto basílicaClaudio Avendaño* / El solo hecho de informar genera un desgaste considerable. Habría que analizar y posteriormente tomar medidas para preparar equipos periodísticos capaces de enfrentar situaciones como ésta. En situaciones extremas tendemos a revalorar ciertos componentes de nuestra cotidianeidad que damos por “naturales”. Su carácter permanente y fundamental sólo es apreciado ante su ausencia o eclipse. Es el caso de la comunicación e información, en tanto nos ayuda a construir y dar sentido al entorno y a nosotros. La falta de información la hemos vivenciado en varios momentos de nuestras vidas. En lo personal, me tocó vivir el hecho en un avión de regreso a Santiago. Cuando algunos habíamos conciliado el sueño, el piloto nos avisó que debíamos volver a Toronto porque había ocurrido un terremoto en Chile y el aeropuerto y la torre de control estaban dañados. Eso en un principio. Probablemente muchos pensamos que era sólo una medida de precaución, pero luego nos enteramos de los 8,8 grados. Desde entonces comencé a especular sobre mi familia, qué les había pasado, dónde estaban, en qué condiciones, algunos vivían en edificios altos. Nada muy distinto de lo que pensaba y sentía cada uno en su asiento. La angustia e incertidumbre por la falta de información transformaron esas horas en una pesadilla, y de las peores. Al aterrizar, tras varias horas de lo previsto, la necesidad de saber qué pasaba chocaba con el colapso de los sistemas telefónicos.

No obstante, mi hijo, desde Montreal ya se había comunicado por correo electrónico en las primeras horas y anunciaba que todos estaban bien entre tanta desgracia y dolor. Seguimos por internet las transmisiones de la televisión chilena. Aunque se trate de un caso peculiar y en nada comparable a lo que sufrieron muchas personas, da cuenta e ilustra sobre la centralidad de la información y la comunicación en la vida humana, su ausencia o precariedad revela también su carácter de servicio público, con todo lo que ello significa a nivel institucional.

La comunicación mediada tecnológicamente ha sido un factor relevante no sólo para informar, sino para construir y reconstruir con sentido lo ocurrido, cuya expresión más evidente ha sido la transmisión televisiva de “Chile ayuda a Chile”. Este medio ha demostrado ser troncal para informar y dar cuenta de las dimensiones de lo sucedido. El lenguaje televisivo nos conecta con nuestras emociones ante lo que se va mostrando; asoman la solidaridad, la ira, el dolor, la angustia, la ansiedad, el miedo y probablemente una gama muy amplia de elementos. Las transmisiones en directo a las que nos exponemos mucho tiempo refuerzan el carácter afectivo de la televisión (sin descartar lo informativo cognitivo), en especial las “imágenes sin editar”.

Todo esto puede ser un componente de esa sensación de estrés emocional que estamos viviendo y que, en parte, se ha intentado quebrar con el tono esperanzador y comunitario de “Chile ayuda a Chile” conducido por el símbolo de la unidad nacional desde hace décadas: Don Francisco. El giro que se ha intentado dar tal vez buscó abrir un espacio de desahogo y dar paso a la acción solidaria. También mostrar la “devolución” de algunos electrodomésticos saqueados ha ayudado al sentido incluyente de “Fuerza Chile”.

Las prácticas de información televisiva tienen un carácter social e institucionalizado. Sistemas televisivos altamente competitivos generan modos de producción simbólicos que apelan, con algún exceso, a lo afectivo o, dicho de otro modo, radicalizan la vinculación emocional de la narrativa televisiva para captar y fidelizar audiencias. También es cierto que en cualquier transmisión en vivo, y en especial en este terremoto, es difícil desarrollar prácticas de autorregulación, más con la precariedad productiva que exige llegar al lugar devastado y transmitir eficientemente. El solo hecho de informar genera un desgaste considerable, habría que analizar y posteriormente tomar medidas para preparar equipos periodísticos capaces de enfrentar situaciones como ésta, no sólo para cubrirlas, sino para dar un “tono” adecuado a lo transmitido. Un mismo equipo no debería estar mucho cubriendo en un mismo lugar como se ha visto estos días.

En este desastre todos debemos aprender, en el caso de los medios masivos -en especial los de mayores recursos- debieran generar su propias instancias de preparación. La responsabilidad y el valor de los medios masivos en momentos como los vividos nos impelen a reflexionar y a actuar al respecto.

Entre los múltiples aspectos que hemos observado es destacable el papel de las tecnologías de la información (TI) que han demostrado su “flexibilidad”. Además de las conocidas funciones de comunicación, ya se ha documentado su accionar en procesos sociopolíticos, desde las elecciones hasta su uso por movimientos sociales, pasando por constituir expresiones de pluralidad ante estados que buscan controlar la información. Han sido vitales para difundir información y contactar personas, pero también han servido para dar falsas alarmas de tsumani y saqueos, y en algunos países vecinos hasta para hacer aflorar sentimientos antichilenos, nada acordes al momento. De cualquier modo, nada muy distinto a las grandezas y miserias humanas, pero que asumen un carácter masivo y que pueden ser rotulados de negativos.

Mucho hay que reflexionar y corregir en la materia, sin embargo debemos evitar el juicio fácil o la autocomplacencia profesional. Una vez más la comunicación mediada nos conecta con lo mejor y peor de nuestra sociedad y de nosotros. Es una actividad humana, por tanto perfectible, y son los propios profesionales los primeros en reflexionar, aunque también creo que lo deben hacer, muy en profundidad, universidades, organismos profesionales, entidades regulatorias y asociaciones gremiales.

* Claudio Avendaño, director magíster internacional en Comunicación Universidad Diego Portales

Sicoseo chileno

12/Marzo/2010

terre genteRaúl Sohr / La Nación / “La oscuridad, el aislamiento causado por el quiebre de la telefonía y, en parte, el reportaje alarmista de la prensa contribuyeron a resquebrajar los nervios de una población ya estresada al límite por el sismo. A fin de cuentas fueron muchos los que vieron el fin de sus días en la noche del 27 de febrero”.

 Si el saqueo de tiendas fue un espectáculo insólito, no lo fue menos la devolución de muchos de los objetos sustraídos. Incluso algunos de los hechores declaraban públicamente su arrepentimiento. Carabineros estableció que apenas 10% de los que participaron en los asaltos contaban con antecedentes penales. Todo indica que la masa de los desvalijadores actuó en forma espontánea producto de las circunstancias. Como se dice: la ocasión hace al ladrón. ¿Por qué tanta gente, entre la que los delincuentes habituales jugaron un papel protagónico en la incitación, fue arrastrada a un comportamiento atípico?

 Turbas de desconocidos atacaron supermercados y comercios en las horas posteriores al terremoto. El pillaje en sí mismo, visto ahora con la calma que vuelve, fue un notable fenómeno de histeria colectiva. Pero es más extraordinaria aún la sicosis de terror desatada ante la presunta existencia de pandillas de delincuentes. Corrió el rumor de que bandas armadas atacaban poblaciones e ingresaban a hogares para saquearlos. Ello movilizó a numerosos vecinos en Concepción y en ciertos sectores de Santiago a constituir guardias para proteger lo suyo. Se multiplicaron los avistamientos nocturnos de los grupos de malhechores que merodeaban sus propiedades. Cundió el pánico y pobladores insomnes, tras velar por su patrimonio, clamaban por protección. Ante una fuerza policial desbordada por las peticiones de socorro, surgió el clamor por la urgente presencia militar para restaurar la tranquilidad.

El espectáculo de individuos saliendo de tiendas con plasmas, lavadoras y otras mercancías a cuestas provocó viva indignación. Está mal apoderarse de lo ajeno, pero la necesidad hacía comprensible que madres se abalanzaran sobre comestibles para alimentar a sus familias. Otra cosa era sacar electrodomésticos o productos de línea blanca. Surgió la impresión del asalto de hordas bárbaras que destruían el mundo civilizado imperante sólo horas antes. El terremoto destruyó edificaciones y, de paso, agrietaba el orden establecido. De las ruinas se levantaba, para muchos, el temido fantasma del caos y la agresividad desatada por masas descontroladas. Era menester sacar armas de guerra para contener el avance de las fuerzas que amenazaban a ciudadanos indefensos.

Si el saqueo de tiendas fue un espectáculo insólito, no lo fue menos la devolución de muchos de los objetos sustraídos. Incluso algunos de los hechores declaraban públicamente su arrepentimiento. Carabineros estableció que apenas 10% de los que participaron en los asaltos contaban con antecedentes penales. Todo indica que la masa de los desvalijadores actuó en forma espontánea producto de las circunstancias. Como se dice: la ocasión hace al ladrón. ¿Por qué tanta gente, entre la que los delincuentes habituales jugaron un papel protagónico en la incitación, fue arrastrada a un comportamiento atípico? Hubo un quiebre de la disciplina social con la ausencia inicial de la autoridad policial. Las personas se conducen de modo diferente al actuar en forma colectiva y con garantías de impunidad. No funcionaban las cámaras de circuito cerrado y los guardias de seguridad no podían contra la marea humana. ¿Qué papel jugó el resentimiento y el individualismo, léase egoísmo, atribuido al modelo económico imperante? Es algo que merece estudio.

Otra cosa es el pavor que se apoderó de las dos principales ciudades del país. Los rumores corrían desbocados: una masa avanzaba desde el norte de Santiago, ya había saqueado el barrio de Patronato y luego seguiría su marcha hacia la calle Ahumada. El comercio bajó presuroso sus cortinas para descubrir, más tarde, que todo fue una afiebrada ficción. Lo mismo ocurrió en las poblaciones. Las presuntas bandas criminales que se aprestaban a desvalijar a los pobladores nunca fueron habidas por Carabineros. Un colega me narró el incidente, ocurrido en Quilicura, de un grupo de individuos armados con garrotes que fueron observados a la distancia mientras circundaban el barrio. Resultaron ser vecinos de una población aledaña, quizás igualmente alarmados al ver al núcleo de personas que estaban con él. Al parecer no existen antecedentes de pillajes masivos contra particulares.

La oscuridad, el aislamiento causado por el quiebre de la telefonía y, en parte, el reportaje alarmista de la prensa contribuyeron a resquebrajar los nervios de una población ya estresada al límite por el sismo. A fin de cuentas fueron muchos los que vieron el fin de sus días en la noche del 27 de febrero. Los rumores proliferan en situaciones de incertidumbre, y suelen ser proporcionales a la falta de información. Los rumores corren tan rápido como las ondas sísmicas, creando un ambiente de temor y sospecha. Los militares llegan a hablar del “general rumor”, por su elevado poder destructivo. El estudioso francés Jean-Noël Kapferer clasificó los rumores en dos categorías básicas: los “rosas” u optimistas son aquellos de difusión lenta; los “negros” o pesimistas se expanden como un reguero de pólvora, lo que es comprensible, porque el miedo impregna mucho más rápido que la esperanza. En Chile surgió una reacción denominada sicoseo, la expresión coloquial de la sicosis, que lleva a actuar en función de temores que se desconoce si son reales o imaginarios.

La TV llegó primero

11/Marzo/2010

terremoto localidad de ilocaAlejandro Führer /Sociólogo de la U. de Chile y Magíster en Comunicaciones de la UDP. Coordinador del área estratégica de la Fundación Chile 21 /  La TV lo hizo de nuevo. En apenas algunas horas después de la catástrofe, comenzó a unir los fragmentos que yacían dispersos e incomunicados a lo largo del país. Nuevamente, fue el único pegamento visual que logró reunir en una misma pantalla las imágenes dantescas de uno de los terremotos más fuertes de las últimas décadas en Chile y el mundo.

Compartir en Facebook 2 Mientras las alarmas de los autos aún no paraban de sonar, los/as periodistas y camarógrafos corrieron a los extremos del territorio nacional para “mostrar” lo que allí estaba ocurriendo. Llegaron antes que el gobierno, antes que los militares, antes que el Intendente; incluso en aquellas localidades más aisladas, llegaron antes que el propio alcalde.

Fue un relato conmovedor el que transmitía Amaro Gómez Pablo mientras exhibía a un ciudadano huyendo con cajas de leche en las manos o una lavadora automática en sus hombros.El impulso y autonomía de los medios funcionó bastante mejor que el protocolo de la Onemi. Las frenéticas imágenes transmitidas aún con la vibración del movimiento sísmico en el cuerpo ayudaron a las autoridades a tomar decisiones más acertadas y oportunas. Poco a poco, supimos que este terremoto no solo había afectado a las grandes ciudades, sino que también había devastado con olas gigantes una extensa zona costera del país.

En los días posteriores, la TV multiplicó los ángulos informativos y convirtió al edificio colapsado de Concepción en la postal de la furia sísmica de este terremoto, el asombro era total: una torre habitada de 15 pisos simplemente se había venido abajo. El clímax de la perturbación social fue la transmisión en vivo y en directo de los cientos de compatriotas saqueando supermercados y tiendas del comercio. Fue un relato conmovedor el que transmitía Amaro Gómez Pablo mientras exhibía a un ciudadano huyendo con cajas de leche en las manos o una lavadora automática en sus hombros.

La controvertida imagen de los militares en las calles imponiendo el toque de queda, logró convertirse en portada de todos los periódicos al otro día. Parecía una fotografía sacada del pasado, impuesta gravemente en esta enorme tragedia telúrica. Lentamente el orden público se restableció y comenzaron a aparecer las crónicas más humanas que descubrieron a héroes y heroínas en Constitución, Iloca, Dichato y otros pueblos. Un hombre acongojado levantando una bandera sucia pero entera en Pelluhue selló la unidad de imagen y emoción, de tragedia y dignidad.

El acto comunicacional con características más terapéuticas vino de la mano de Don Francisco, quien como en otras oportunidades, se concentró en producir un acontecimiento mediático de solidaridad nacional para ir en ayuda de los afectados por el terremoto. No solo logró duplicar la meta prevista, sino que pudo juntar –por algunas horas- en un fabricado set de televisión en el Teatro Teletón a políticos y empresarios, artistas y sindicatos, pobladores y jóvenes voluntarios. Creando una provisoria imagen de unidad en un país caracterizado por una profunda fragmentación social y geográfica.

Dominique Wolton dice que en la moderna sociedad de masas altamente individualizas, la TV juega un rol insustituible como vínculo social. Es principalmente esta tecnología audiovisual, localizada estelarmente al interior del hogar, la que permite unir por algunas horas lo que permanece separado en todo lo demás. En estos duros días de catástrofe y pese al acelerado avance de las tecnologías personales y digitales en nuestro país, la TV ha demostrado que conserva un poder irreemplazable a la hora de unir las emociones y esperanzas de tantos chilenos viviendo en condiciones tan disímiles y opuestas.

Tal vez en un tiempo más, quién sabe

10/Marzo/2010

terre montrañésVicente Montañés / LUN / Mareado por las imágenes apabullantes del terremoto, quien esto escribe no salió, prácticamente, de su morada santiaguina durante la semana última. Magnetizado por la omnipresencia televisiva de la catástrofe y sus exégetas periodísticos, que sin pausa narraban visualmente lo sucedido en el Maule, en Concepción, en Dichato, no le quedaba otra que mirar fijo la pantalla y justificar el insomnio. Como es natural, con tanto zapping de un canal a otro, confundiéronse en su cabeza las informaciones, los elementos de juicio, las culpas y los azares, la alterada geografía. ¿Dónde queda Curanipe? Yo ni siquiera sabía de su existencia, pero un sobrino que andaba por allí se salvó de milagro, aunque perdió su camioneta en las saladas aguas del Pacífico, océano de cínico nombre.

Tampoco sé, por ejemplo, por qué hubo primero un aviso, en uno o más de los pueblos arrasados, de que sí venía el tsunami –o como se llame la invasión del mar, con olas gigantes o así no más, inundando–, y luego el fatal, incomprensible aviso con altoparlantes de que en realidad no venía. No tengo claro si ocurrió exactamente de ese modo, ni en qué momento de la madrugada o el amanecer. Pero es lo que se oye decir. Es cierto que desde acá, en esta casa flexible que, como tantas, resistió bien, uno clama agitando el índice que después de un terremoto costero de tal magnitud hay que correr cerro arriba sin pensarlo dos veces. Pero, ¿habría reaccionado así yo mismo? Tal vez no. Después de la catástrofe, por todas partes surgen los que, con razón o sin ella, opinan con gran sabiduría cívica o práctica: haber hecho esto, haber hecho lo otro (las autoridades, antes que nadie). Y no es imposible que muchos de ellos –incluido el autor de estas líneas– hubiesen seguido durmiendo ingenuamente, sin ponerse a salvo.

Y tampoco sé, por otro lado, más allá de los cientos o miles de muertos y damnificados, si sería una idea descabellada (o siquiera posible) reconstruir con precisión los edificios llamados patrimoniales, las casas antiguas de pulverizado adobe, de manera que, en lugar de ser reemplazados por construcciones modernas e insípidas, recuperen genuinamente su aspecto colonial o decimonónico, pero sean, desde ahora y para siempre, antisísmicas. Modernas por dentro, por así decirlo. Tal vez en un tiempo más, quién sabe.

Si de saber algo se trata, el presidente electo, con inquietantes palabras, sugirió que el Altísimo no más sabe por qué se le ocurrió sacudir y aplastar un pedazo de nuestro país. La frase implica que detrás del terremoto podría haber una racionalidad acaso moral, no sólo geológica o geofísica. Los creyentes (no lo soy) pueden quizás consolarse a medias: algo no muy santo habremos hecho para merecer esto (o sea, no es porque sí), algunos pecadillos-país habremos cometido, y por lo tanto es concebible, también, una expiación que nos devuelva el equilibrio. No sé si alguien piense realmente así, pero si lo tomamos como metáfora podemos al menos suponer que el Festival de Viña, de puro chillón y aturdiente que es (un gran pecado estético, diríamos), recibió su merecido y se quedó inconcluso, sin sus estridentes gaviotas finales. No sé si están de acuerdo.

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El terremoto y las fracturas de Chile

6/Marzo/2010

joseaylwinJosé Aylwin / Observatorio Ciudadano / “El terremoto del sábado 27 de febrero, en última instancia, desenmascara una realidad que la elite política y los medios de comunicación se han empecinado en negar; la de un país en que coexiste la opulencia con la pobreza material, el primer mundo con el tercer mundo”.

Nuevamente un terremoto ha azotado al país. El movimiento telúrico, de una fuerza impresionante, y el maremoto que lo siguió, han provocado la muerte de centenares de personas, la desaparición de otras tantas, la destrucción de edificios, viviendas e infraestructura vial, en el centro y sur de Chile. Las imágenes de televisión son devastadoras, y el sufrimiento de la gente es enorme.

Todos y todas quienes habitamos este país debemos movilizarnos en forma solidaria para ir en ayuda de los más afectados, para paliar, al menos en parte, los daños y sufrimientos provocados por el terremoto. Deberíamos, además, exigir del estado, como garante del bien común, el rol que le corresponde en la reconstrucción del país, en particular de las viviendas de los sectores más desposeídos que fueron destruidas y de la infraestructura necesaria para el normal funcionamiento del país.

No puede sino señalarse, aunque sea en un momento tan triste como este, que el terremoto deja en evidencia algunas de las fracturas históricas de Chile; la que se genera cada cierto tiempo por el choque de la placa de Nazca y la placa de Sudamérica, desencadenando movimientos sísmicos de gran intensidad, y la de la ausencia del estado, con la consiguiente inequidad entre sus habitantes e injusticia social que esta realidad genera.

Sobre la primera fractura, tenemos ya suficiente información y evidencia científica, aunque resulta evidente que tal información no ha sido suficientemente difundida en la población por parte del estado, que tiene la responsabilidad de hacerlo. Sino no podría entenderse la muerte y devastación provocada por los tsunamis que siguieron a los movimientos sísmicos de la semana pasada.

Sobre la segunda, lamentablemente, tenemos aún menos conciencia. Lo que el terremoto nos hace ver, es que tras veinte años desde el término de la dictadura, Chile no cuenta con un estado sólido que permita abordar este tipo de catástrofes. Ello se evidencia en la ausencia de planificación urbana y de información a la población para hacer frente a los tsunamis, y en la prolongada demora de las instancias tanto civiles como militares que lo componen para ir en ayuda de los afectados (cuando llega, lo hace tarde, y para implantar el estado de catástrofe). También queda de manifiesto en la inexistencia de una red pública de información (por varios días fue una radio privada la casi exclusiva fuente de información de los hechos) y en la ausencia de control público sobre los servicios de primera necesidad (aguas, energía, telefonía) indispensables para la población frente a catástrofes de este tipo, servicios que como sabemos se encuentran poder de privados.

Otro hecho que da cuenta de la ausencia no solo de un estado sólido en Chile, sino también de una sociedad cohesionada, es la triste realidad de saqueos de supermercados y tiendas que hemos visto en las pantallas de televisión. Aunque algunos de estos saqueos, como aquellos de los sectores más golpeados por el terremoto, encuentren su explicación en la necesidad de la población de contar con provisiones básicas para su subsistencia, nos inclinamos a pensar que ellos son más bien demostrativos de otros fenómenos que requieren de mayor análisis.

Tales saqueos, al menos en algunos casos, encuentran su explicación en la percepción de injusticia que existe en sectores de la población que, en momentos de emergencia como este, consideran válido vaciar los estantes de las grandes tiendas y supermercados que, con el aval del estado, han acumulado riquezas a sus expensas, mientras ellos permanecen empobrecidos.

En otros casos, develan la ignorancia en que el estado tiene sumido a la población, al no destinar los recursos que se requieren para su adecuada educación, no solo en conocimientos, sino también en valores, como la solidaridad, tan importante en momentos como este. Se trata, como sabemos, de una ignorancia que se ve incrementada por los medios de comunicación, los que inducen a la población a pensar que la felicidad se encuentra en el consumo y posesión de bienes materiales –como los que se sustrajeron de los supermercados en estos días- y no en la solidaridad social, tan relevante en momentos tan dramáticos.

El terremoto del sábado 27 de febrero, en última instancia, desenmascara una realidad que la elite política y los medios de comunicación se han empecinado en negar; la de un país en que coexiste la opulencia con la pobreza material, el primer mundo con el tercer mundo. A pesar de los esfuerzos que ellos han realizado por años para mostrarnos a Chile como un país ganador, un país que deja la región para insertarse, a través de tratados de libre comercio y, más recientemente, de su incorporación en la OECD, a las ligas superiores, como si todos sus habitantes, por igual, estuviésemos invitados a la misma fiesta, el terremoto ha develado la inequidad social que sigue existiendo en el país.

A pocos días del término del gobierno de Bachelet, estas dos fracturas han sido constatadas en el triste contexto del terremoto no solo por la comunidad nacional, sino también por los observadores internacionales que nos visitan.

En los próximos días el gobierno del país pasará a ser conducido por Sebastián Piñera, un hombre que construyó una de las mayores fortunas del país, precisamente sobre la base del desmantelamiento del estado y de un sistema económico que hizo de Chile uno de los países de mayor desigualdad en la distribución del ingreso en la región. Nada hace pensar que estos fenómenos tan dramáticamente develados por el terremoto serán superados bajo su administración.

¿Seremos capaces de aprender de las lecciones del terremoto?

¿Quiénes son los vándalos?

4/Marzo/2010

terremoto milicosElizabeth Neira / Inmediatamente después del terremoto aparecieron profusamente en la presa dos actores secundarios obligados del desastre, los militares llamados a gritos como antaño por cierta clase primero y luego por la mayoría de la sociedad, para defender la propiedad privada, y los vándalos, dispuestos a arrasar con lo que queda de ella, especialmente si de supermercado se trata. A los militares los conocemos bastante bien y sabemos de lo que algunos son capaces en pro de la defensa de los intereses de su idea de nación, pero a los vándalos… ¿Quiénes son?, ¿De dónde vienen?, ¿Por qué hacen lo que hacen?, ¿Por qué roban?, nos preguntamos frente al televisor con sentida inocencia.

Dice la gente que no son chilenos, no podrían serlo para actuar con semejante grado de antipatriotismo. Dicen (y esto se lo escuché a un médico) que no serían humanos, para carecer de tal manera de empatía o sentido del otro.

Yo me pregunto entonces, si no son chilenos ni humanos, ¿Qué son?, ¿Una subraza de bárbaros que fue invadiendo profusa y silenciosamente producto de la globalización a nuestra impecable república?, ¿Son homosexuales, indios, negros, talibanes, terroristas, gitanos o judíos?, ¿Son humanos afectados por alguna peste química, un alimento transgénico que los predispone naturalmente al crimen y la abyección? ¿O son lisa y llanamente la materialización del mal en estado puro? Si es así hay que llamar entonces a un sacerdote y no a los militares.

Mi sentido común y un mínimo ejercicio de conciencia histórica me lleva a pensar que los ya muy famosos y temidos “Vándalos” son nada más y nada menos que los hijos ilegítimos de nuestro mezquino desarrollo. Son gentes, pese a que algunos afirmen lo contrario, a los que nunca jamás llegó nada, NADA DE NADA, ni una sola gota del mentado chorreo. Son niños, adolescentes, mujeres y hombres que nacieron en un basural, comiendo basura, convirtiendo su cerebro en basura y rabia, que crecieron en el más absoluto abandono, económico, educacional, de salubridad y en definitiva de humanidad, por lo que muy difícilmente se les puede pedir civilidad a la hora del desastre y en cualquier otra hora. Señores, no hay que ser profesor o doctor en sociología para saber que el capitalismo genera desigualdad y que la desigualdad genera “vándalos”.

Ahora bien, yo me pregunto y usando un estricto razonamiento matemático, ¿Cuánto roba en pesos en su vida un vándalo?, ¿60 vándalos?, ¿un millón, 30 millones, o 100 millones?, ¿Cuánto costaba un departamento en el edificio recién entregado en San Pedro de la Paz que se partió en dos?, ¿De cuántos departamentos y de cuántos millones estamos hablando?, ¿Es menos vándalo el empresario que estafó de manera criminal a toda la gente víctima de esa construcción que no cumplía ni la mas mínima norma de seguridad?, ¿Por qué la alcaldesa de Concepción no llama al gobierno a perseguir y tratar con la misma celeridad a estos otros vándalos de cuello y corbata? Sería bueno que alguna vez aunque sea en la desgracia, la justicia se aplique con un mínimo de igualdad tanto al niño de 10 años cartonero que roba un plasma porque sabe y en eso si tiene razón, que es la única oportunidad en su vida, de apoderarse de algo de valor, como al empresario que roba millones por vender una caja de cartón maquillada de vivienda.

Este terremoto no sólo ha botado la mitad de Chile sino también una idea de desarrollo carente de humanidad con la que veníamos mareados como sociedad en los últimos 20 años. Sería bueno entonces detenerse a pensar y cuestionar las viejas categorías con las que dividimos y polarizamos el mundo entre buenos y malos. La estigmatización es una forma de violencia, así como lo es la pobreza y la exclusión. Y, ya lo sabemos, la violencia genera violencia.

Yo no defiendo el crimen en ninguna de sus formas, no me gusta ver a mi madre de casi 80 años desvelada, creyendo que vendrá una horda de energúmenos a robarle todo lo poco que tiene y que le costó una vida de trabajo, pero tampoco me gusta la negligencia, la flojera mental con que se trata invariablemente a un sector de la población que no hace mas que replicar de manera muy visible todo lo que a ellos el sistema les robó, partiendo por la humanidad.

Los rostros televisivos del 8.8

4/Marzo/2010

ramírezLarry Moe / LUN / L a uniformidad imperante en la cobertura televisiva post 8.8 ha sido casi tan angustiante como el terremoto mismo. La creatividad ha estado impresionantemente ausente. Prácticamente hemos asistido a una cadena nacional. Una de las pocas excepciones: el golpe de Amaro Gómez-Pablos con el comandante en jefe de la Armada reconociendo titubeos frente a la alerta de tsunami. Claro que dentro de ese homogéneo cuadro, han destacado ciertos rostros. Vamos viendo.

Canal 13 . Aldo Rómulo Schiappacasse y Paulo Ramírez. El periodista deportivo ha sorprendido a quienes lo tenían sólo por capacitado para hablar de córners y fueras de juego, mientras Ramírez ha demostrado lo lejos que puede llegar un crítico de TV del otro lado de la pantalla.

TVN . José Antonio Neme, el hijo de Antonio, ha ganado bastante pantalla desde el funeral de Michael Jackson; Rafael Araneda sigue imparable y Davor Gjuranovic (el Matt Damon de Bellavista) ya es más que una promesa. Mención especial para Santiago Pavlovic, quien, viejo zorro, fue el único periodista que no se tragó la falsa alarma de tsunami ayer.

Mega . Vivi Kreutzberger. La heredera natural del imperio solidario de Don Francisco cayó parada en Mega. Tiene el tono preciso para el contexto y la emotividad contenida necesaria sin caer en la sensiblería. Nada que decir.

Chilevisión . Carmen Gloria Arroyo (“La jueza”). De todas las damas que ha lanzado ese canal a coconducir la transmisión, es la más cercana a los dramas de la gente y, por lo tanto, la más creíble.

El terremoto social en Chile

3/Marzo/2010

lucía DamertLucía Dammert /Socióloga / Las noticias fueron confusas, la falta de comunicación en importantes zonas del país inexplicable y la falta de coordinación entre los actores políticos insólita. Lo que aconteció los días siguientes en Concepción es alarmante, signo de una sociedad enferma que deja de pensar en lo colectivo y se concentra en la resolución de sus problemas individuales. La información entregada por los medios de comunicación muestra la desesperación de muchos ciudadanos que enfrentados a la falta de un liderazgo claro, información oportuna y respuesta rápida a los problemas que los afectaba decidieron buscar solución a sus necesidades por medio del saqueo. Imposible poner una respuesta moral frente a padres que pasaron 48 horas sin agua o alimentos para sus hijos, lo que pone luz sobre los problemas de gestión en la administración de la respuesta a la tragedia. De hecho en muchos casos de emergencia ocurridos en el mundo, la falta de presencia del Estado ha tenido como respuesta este tipo de actos.

Pero lo que se generó en Concepción va mucho más allá por que demostró la fragilidad del orden y la paz pública, evidenció las profundas fracturas sociales que nos rodean y materializó la violencia como método reconocido para resolver todo tipo de conflictos. Aquellos que “aprovecharon” la situación para robar electrodomésticos, saquear tiendas y casas particulares son una muestra de un problema mucho más profundo en el país. Diferente pero vinculado también con aquellos que aumentaron el precio del pan y otros insumos básicos, que duplicaron el costo de los traslados y que incluso acapararon alimentos en zonas que no fueron afectadas gravemente por el fenómeno.

¿Qué nos está pasando? Esta es la pregunta que invadió a millones de chilenos que vimos por televisión una seguidilla de hechos impensables en medio de una tragedia humana que no se logra resolver. Lamentablemente, hace mucho que se está haciendo hincapié en el malestar social que nos invadía calladamente y que explotó en los últimos días. El bicentenario nos encuentra con un país fracturado, dividido socialmente, con población que se siente excluida y actúa en consecuencia, con falta de valores de comunidad, colaboración y respeto en muchos sectores de la población.

El delito no se justifica, mucho menos en estas circunstancias. El Estado se hará presente con orden, seguridad y medidas para llevar seguridad a los ciudadanos. Pero no hay que confundirse, la llegada de los militares y la declaración del estado de catástrofe son medidas importantes pero no resolverán los problemas internos que potenciaron esta situación. Cabe esperar entonces que además de un plan de reconstrucción infraestructural en el país, el próximo gobierno enfrente los elementos de desesperación, frustración y violencia que se expresan en estos días.

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