Sociedad, televisión y poder: la revolución de la tecnología

Compartimos columna de Antonio Leal, Director de Sociología y del Magister en Ciencia Política, U. Mayor y miembro del directorio de TVN, para El Mostrador.

 

Ya en los años 60 Marshall McLuhan sostenía que el cerebro humano es un ecosistema biológico en constante diálogo con la tecnología y la cultura y agregaba que “la velocidad eléctrica tiende a abolir el tiempo y el espacio de la conciencia humana. No existe demora entre el efecto de un acontecimiento y el siguiente. En la era eléctrica nos vemos a nosotros mismos cada vez más traducidos en términos de información, dirigiéndonos hacia la extensión tecnológica de nuestra conciencia”.

Recordaba que Harold Innis, economista y experto en comunicación canadiense, fue el primero en demostrar que el alfabeto es un agresivo absorbedor y transformador de culturas. En definitiva, lo que McLuhan adelantaba, con gran intuición, es que ya sea en el paso de la cultura oral a la cultura escrita como en el paso de la cultura mecánica a la eléctrica y a la digital, las tecnologías de las comunicaciones producen verdaderas revoluciones en la formulación de la subjetividad de las sociedades.

Ello significa que la estructura mental de la sociedad y de las personas está influida por el tipo de tecnología que la sociedad dispone. “Somos lo que vemos, formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman”, diría McLuhan (1996).

En La galaxia Gutenberg , plantea que en el paso de la cultura oral a la alfabética no solo se crea una nueva memoria que hace perdurar el pensamiento humano sino que, además, las palabras adquieren significado mental y se genera una nueva creación imaginaria.

Platón, que era crítico de la escritura y la consideraba “infrahumana”, ya que establecía “fuera del pensamiento lo que puede existir dentro de él”, describe en el mito en que Theuth le presentó su invento de la escritura al faraón Thamus, que este la consideró peligrosa, ya que disminuía las facultades de la mente y creaba una memoria mineral.

En verdad, detrás de este aserto, como de la persecución de la Inquisición católica por siglos al esfuerzo por crear la imprenta, está oculto el temor de que la masificación de los textos debilitara el control total del espacio de la política de quienes guardaban para sí el poder del conocimiento. El conocimiento y el manejo de la información es poder y la Ilustración, el Iluminismo y la propia Revolución Francesa habrían sido imposibles sin que mediara la creación de la imprenta y la publicación de las obras que generaron el pensamiento político hegemónico de esta fase de la modernidad.

Los periódicos acompañaron en el siglo XVIII a la revolución industrial, a la expansión del capitalismo, al liberalismo que creó al ciudadano, la igualdad ante la ley y el derecho a la propiedad, premisas con las cuales nace la democracia moderna. Pero, también, la imprenta y los periódicos permiten la expansión del pensamiento social, en particular de las ideas de Marx, que representó a aquella clase que de súbito se transformó en un ser libre de vender su fuerza de trabajo en el mercado y en un sujeto político que expandió los confines de la democracia e instaló el principio de la igualdad social.

Es el paso a la tecnología de la imagen, el surgimiento de la televisión, que cambia la forma de vivir de las sociedades, lo que permite a McLuhan (1990) predecir que esta nueva forma de comunicar iba a transformar el mundo en una Aldea Global, lo que se profundizaría cuando el satélite permitió trasmitir imágenes y “comunicar en tiempos reales a gran distancia”.

La influencia del medio televisivo sobre la vida privada de los ciudadanos es uno de los fenómenos centrales en la evolución de la sociedad contemporánea. Se trata de un fenómeno que produce incluso una auténtica mutación antropológica, ya que incide en los parámetros cognoscitivos, en las disposiciones emotivas, en el imaginario colectivo, en el sentido, en los ritmos y los contenidos de la existencia cotidiana.

La sociedad de los últimos 40 años del siglo XX y del primer decenio del siglo actual, ha estado regida por la influencia de los medios y en particular de los visuales. Televisión y video han orientado y, en gran medida, determinan la composición de significados, las representaciones que nos hacemos de la sociedad, la definición de nuestros deseos que creemos íntimos y libres.

En el tiempo en que decae la lectura y la sistematización conceptual como modos de interrelacionarse con el mundo, la imagen pasa a primer plano en su rol de componer nuestra concepción de la realidad.

La televisión hegemónicamente reemplaza en muchos aspectos a la escuela como principal aparato educador y las instituciones clásicas encargadas de la socialización de los individuos, entre ellas, los propios partidos políticos pierden influencia y efectividad.

Se sale, como señala Sartori (1989), del “mundo de las cosas leídas” para entrar en el “mundo de las cosas vistas”. Hay un paso del “homo sapiens” al “homo videns” y, por tanto, al de un ser humano donde el significado de las cosas ya no se da en términos de conceptos sino de imágenes y de emociones.

A diferencia de McLuhan, que confiere a la TV un rol esencial en el surgimiento de la globalización, verdadero gestor de la “Aldea Global” como efectivamente ha ocurrido, parte importante de la intelectualidad, sobre todo europea, ha sido despiadadamente crítica con el rol, considerado excesivo, de la TV en la vida de la sociedad.

¿PRISIONEROS DE LO VIRTUAL?

De Carl Schmitt a Luhmann y a Habermas la sociología y la filosofía europea colocaron el acento en el impacto de los medios de comunicación sobre los espacios tradicionales de la democracia, mostrando la creciente influencia sobre los procesos de formación de la opinión pública.

En un momento el filósofo francés Jacques Derrida (1989), para el cual “la democracia es solo una promesa y está aún por venir”, avanzó una propuesta de “aggiornamento” de la democracia, basada en la idea de una “opinión pública independiente”, es decir, una opinión pública que sepa interrogarse críticamente sobre los principios mismos de la democracia, comenzando por la idea de la democracia.

Sin embargo, el mismo Derrida sostuvo que la independencia de la opinión pública está más que nunca amenazada por los medios de comunicación de masas. Su conclusión es muy radical, “la TV hace mal a la democracia” y, por tanto, señala, “es necesario luchar contra la nueva censura que amenaza a las sociedades liberales: la acumulación, la concentración, los monopolios de la comunicación que pueden reducir al silencio todo aquello que no entra en sus propios esquemas”.

Esta nueva censura, sostiene Derrida, combina concentración y fraccionamiento, acumulación y privatización comunicativa para obtener esencialmente un resultado: el conformismo político de los ciudadanos. Por ello plantea que contra la “nueva censura” es necesario hacer valer, como derecho fundamental, el derecho a réplica, en su acepción más extendida.

También Karl Popper (1994), uno de los padres de la sociedad liberal abierta, en su último ensayo antes de su muerte, se ocupa de lo que llama “los peligros que emanan de la Televisión para la libertad”

“La democracia, sostiene Popper, consiste en el control del poder político. Esto es lo que la caracteriza. Por ello, en la democracia no debiera haber un poder político cualquiera que no esté sometido a control. Y el caso es que la Televisión se ha convertido en un poder político colosal. Podría decirse que es incluso el más importante de todos, casi como si hablase de Dios mismo. Y así será un día, si seguimos permitiendo el abuso por parte de este medio de comunicación”.

Por su parte, el sociólogo norteamericano y experto en comunicación de masas, Todd Gitlin (1994), fundamenta la acusación que se hace a los medios norteamericanos de degradar la política. Destaca que la influencia de los medios y especialmente de la TV en relación a las campañas políticas, tiende a banalizar la competencia, ya que se destacan aspectos de imagen más que propuestas y contenidos, imitando las formas deportivas y del espectáculo.

Es obvio, que la Televisión cambia el lenguaje de la política que no está determinado por el tiempo destinado a hacer comprensible el argumento a la gran masa sino a los tiempos del “efecto sonido e imagen” que la TV transmite y que es seleccionado a través del montaje por la propia Televisión.

LA TELEVISION COMO GRAN ESFERA PÚBLICA

Lo real, es que el paso creciente de la sociedad industrial a la sociedad electrónica se verificó a través de la “puesta en escena” de la inmaterialidad, es decir, de los hechos desradicados de los lugares físicos y de la memoria.

La visión crítica de intelectuales europeos y norteamericanos sobre el rol de la TV, se apoyó en que el presente se caracteriza por la analogía y la homología entre la crisis de las grandes filosofías de la historia y la crisis del imaginario colectivo, construido por los grandes medios históricos, como el cine, la radio, la prensa de masas. Ello fue reemplazado crecientemente por formas de comunicación y de tecnología “autohipotéticas”, de medios expresivos, de elaboración de lenguajes que llegan a la artificialidad del sujeto.

La TV y la tecnología de las comunicaciones fueron vistas, unilateral y reductivamente, como un riesgo de desestructuración de lo social hacia otros polos de atracción.

Los representantes de la Escuela de Frankfurt, especialmente Adorno y Horkheimer (1987), van más allá en su crítica al papel de la TV y de la industria cultural en general, convertida en una “industria de las diversiones”, la cual reduciría al ciudadano a una “censurable calidad de consumidor” .De esta forma, se liga directamente la crisis del sistema político democrático a la política de los medios. Althusser (1971) mismo se declaraba defraudado de las expectativas emancipadoras de los medios electrónicos convertidos, según él, en “aparatos ideológicos del Estado o en represoras industrias elaboradoras de la conciencia”.

Para muchos intelectuales, el desarrollo del medio televisivo resulta nocivo para la política, porque produciendo mundos virtuales y estableciendo una gran confusión entre historia, realidad y ficción, ello lleva a evaporar los espacios públicos hasta convertir a la sobremodernidad de los medios en la productora de no lugares y ellos, junto al relato y a la estructura social, resultan indispensables para la política.

Más allá del análisis crítico que ha acompañado en su historia a la televisión, lo cierto es que ella se transformó en estos 60 años en una verdadera “dictadura”, en la agenda de las personas de las más diversas extracciones sociales, sexuales, etarias, ocupacionales y geográficas.

En los inicios de la sociedad de la información casi nada pareció sustraerse a la mediación televisiva. A través de la pequeña pantalla, vía cable o vía satélite, nos llega un flujo creciente de información y de estímulos simbólicos. Omnipresente, en una era de debilitamiento de las grandes pasiones sociales como la que se ha vivido por varios decenios, la televisión se constituyó en una especie de “gran esfera pública”. De ella ha estado dependiendo, en buena medida, nuestra vida privada, siempre más fragmentada en un tejido social diferenciado y complejo.

Aun cuando es claro que el predominio absoluto de la imagen puede generar consecuencias negativas respecto de la conformación de una conciencia crítica sobre la sociedad actual, sin embargo, sería superficial un alegato sobre la manipulación homogeneizante, sin entender que el avance de los medios existe y lo que corresponde es especificar las características de la nueva situación cultural para que la política actúe con su propia identidad de ideas y utilice los medios para repolitizar la sociedad.

El mensaje comunicativo llega a lo que Foucault y Lacan llaman “la secreta trama” desde la cual miramos y que permite constituirnos en sujetos. Hay que tener presente que la información transforma la propia identidad y su significado comenzará a redefinir al sujeto en la misma medida en que influye en su lenguaje, en su sentido común, en su lectura del mundo.

Sin embargo, para el teórico francés Lucien Sfez (1988), que busca explicar el carácter apocalíptico de las críticas a la televisión y al sistema de medios desde el mundo intelectual europeo, especialmente en los años 80 y 90, ellas corresponderían a un afán desesperado por encontrar “un elemento capaz de mantener el consenso” cuando se han perdido los criterios de legitimidad como los factores tradicionales de la integración social, fenómenos estructurales que van mucho más allá de la influencia de los medios.

Obviamente es miope no reconocer que, gracias a la influencia del medio televisivo, el horizonte cognoscitivo y las posibilidades de experiencia de las sociedades se han dilatado enormemente, que se ha expandido la dimensión de la esfera pública. No hay duda de que, gracias a la televisión, la vida emotiva e intelectual es hoy potencialmente más rica, más compleja, más integrada. No hay dudas, por ejemplo, de que gracias a la televisión se denunciaron masivamente la discriminación de los afroamericanos en EE.UU., el apartheid en Sudáfrica, los crímenes horrendos de las dictaduras latinoamericanas, la falta de libertad en los llamados socialismos reales y el desplome de esos regímenes, como también la expansión de los valores y principios de la democracia que se universalizaron, la colocación planetaria de nuevos temas referidos a la libertad e igualdad de los seres humanos, todo lo cual ha contribuido a crear presión mundial y a cambiar esta situación.

Sin embargo, el sobrecargo simbólico hace difícil para todos seleccionar racionalmente los contenidos de la comunicación. Para nadie es fácil controlar los significados y la atendibilidad del mensaje que recibe, ni establecer una relación interactiva con la emitente que transmite, dado que justamente se caracteriza por que no ha logrado ser interactiva.

Régis Debray (1995) culpa directamente a los medios, en especial a la televisión, de “aumentar la información devaluando la comprensión”, agrega que “la producción de imagen anula los conceptos y con ello la capacidad de entender”, lo cual para lo social y lo político representa un enorme vacío. Baudrillard habla del aumento de la cantidad a cambio de la multiplicación de la irrelevancia. O, como dice Heriberto Muraro, para connotar los supuestos efectos nocivos de la televisión, ella transforma “a los partidos políticos en instituciones vacías y la información y la educación en entretenimiento”.

La televisión nos presenta incesantemente los acontecimientos de un mundo del que muchos no forman parte o que no es lograble para una gran mayoría de los telespectadores. Se ha asistido, pasivamente, sin capacidad de crítica ciudadana, a la gestación de una humanidad electrónica de la cual se transmite una interminable telecrónica directa, suspendida en una dimensión atemporal, sin pasado ni futuro.

LA DIGNIDAD DE LO VISIBLE

Esto nos traslada a un mundo donde la dignidad de lo visible es la que permite la dignidad de la acción y no a la inversa. Ciertamente la visibilidad del mundo vivido es clave para la configuración de las relaciones sociales, para identificar sujetos y cosas.

Mientras caían las certezas ideológicas del siglo XX, la imagen televisiva emergió como una sólida objetividad, como un puerto seguro. Se afirma como una imagen inmediata del mundo, como su verdad. Mientras el cine es deliberadamente una obra de arte y la radio no está en condiciones de producir significados suficientemente realistas de la experiencia directa, la televisión es por vocación profunda, contacto directo, documentación, actualidad. No es solo ficción, revocación o profecía. Ella es una verdadera “revelación” al mundo de la actualidad del mundo.

Jacques Baudrillard se preguntó “surrealistamente” si la Guerra del Golfo del inicio de los 90 existió verdaderamente o si no fue una inmensa construcción espectacular, una narración mandada en onda del sistema televisivo internacional, según un esquema dictado por las grandes potencias económicas e informáticas del planeta.

Esto, porque es cierto que la comunicación televisiva funciona sobre la base de una lógica autorreferencial: se organiza como un mundo en sí mismo, habla de sí misma, refiere a sí misma toda experiencia y constriñe a toda experiencia a hacer referencia a su universo simbólico. Mientras parece ocupada eternamente en hablar de cosas que le son externas, en realidad lo hace siguiendo un estilo particular: lo que dice es la realidad sin alternativa posible.

Todo ello hace que sea necesario, desde el punto de vista de la sociología y de la política, dedicar una mayor atención a la relación entre “media” y el sistema social en su conjunto como premisa para el desarrollo de un “approccio” sociocognitivo al tema del efecto de la comunicación medial en el tiempo.

Las funciones generales son múltiples: las funciones cognitivo-informativas, las funciones integrativas de autoidentificación y de absorción de las desilusiones, las funciones ético-retóricas de reforzamiento de las normas sociales, las funciones meritocráticas de atribuciones de autoridad y prestigio y, sobre todo, las funciones derivadas de la experiencia directa. La absorción de un exceso de información y de consumo televisivo termina por transformarse en un sustituto de la propia acción.

Lo objetivo es que la televisión ha entregado y entrega identidad especialmente en el mundo juvenil, en una sociedad fluida donde ni la religión, ni la figura del trabajo, ni la política, ni la familia, tienen un rol suficientemente sólido como para desenvolverse en la función tradicional de ser factores casi únicos de formación, como en el pasado, y puntos seguros de referencialidad. En buena medida, la identidad cultural es modelada en función de las “celebridades” y es, por tanto, efímera y unilateral.

Por ello podemos decir, como lo anticipaba McLuhan, que la televisión es un instrumento de gran poder cultural. Es decir, la televisión no es sólo un medio de entretención, una oferta de imágenes, una nueva “mascota” que sirve de acompañamiento, un tranquilizante, sino que la televisión es una maestra de comportamientos, de costumbres y orientaciones de vida, de discursos, de sentimientos y también de la propia personalidad.

Mucho de esto ha acontecido no sólo en virtud del crecimiento del poder de la televisión sino, también, a causa de la pérdida de poder de otras instituciones y de la política. La televisión llena todos los espacios formativos y de hábitos que otras instituciones han dejado descubiertos o que no han sabido transformar de acuerdo a los tiempos. Ello ha sido y es parte de la crisis de los partidos que más bien han debido adaptarse a las nuevas restricciones del formato y a que la televisión les arrebatara espacios y roles que fueron, en los años dorados de los partidos, parte de sus funciones.

La televisión opera sobre todo a través de la creación de un tejido de experiencias. Como bien señala el estudioso norteamericano Raymond Williams, una de las características más notables de la televisión es la enorme profusión de historias que ofrece. Nunca antes, generaciones de seres humanos estuvieron expuestas a una multitud de narraciones como hoy y, por tanto, esas narraciones se incorporan a nuestra cotidianeidad. La televisión es “fluida”, una cosa conduce a la otra, la gente mira la televisión, no unidades narrativas distintas y preseleccionadas. El “control remoto” que permite el “zapping” por centenares de canales –lo cual provoca la alegría de los teóricos posmodernos que celebran la cultura de remezclamiento como ejercicio de la libertad– evidencia un viaje por una multitud de historias, pasado y presente está mezclado y todo es parte de la realidad virtual con la cual convivimos diariamente.

Detrás de esta velocidad en el transcurrir se transmite el sentido de la velocidad de una versión comercial de la vida urbana, de la abundancia de objetos de consumo, de la superficialidad en las relaciones sociales.

La publicidad y, más en general, una buena parte de la programación televisiva, nos invitan a pensar como consumidores cuando se tiene dinero, como frustrados cuando no se tiene acceso a lo que muestra la televisión, pero no como ciudadanos.

Esto hace decir a muchos estudiosos que la videopolítica ha promovido la democracia pasiva, ha generado la democracia del público, y debilita a la democracia del razonamiento, ya que el tipo de sensibilidad que la televisión cultiva no promueve el empeño de la gente en la política. En una sociedad donde los cambios son extremamente veloces y prolifera la complejidad, los mass media tienden a reducir sentidos y a aplanar los significados.

El politólogo italiano Furio Colombo (1976), al diferenciar entre “territorio real” y “ territorio visivo”, lo grafica así: “La democracia visiva es inversamente proporcional a la efectiva participación democrática de los hombres en sus propias instituciones” y agrega que “la comunicación visiva se plantea como un nuevo territorio e induce a tal desalojo organizativo y político del territorio real que la presencia y la fuerza del territorio visivo provocan el desamparo y la desactivación de la acción social en el territorio real”.

 DE LA TECNOLOGIA ELECTRÓNICA A LA DIGITAL

El paso de la tecnología electrónica a la digital en las comunicaciones influye en la formación de una nueva subjetividad ligada ya no a la calidad de espectadores de la televisión, que necesita público que vea su programación, sino a un protagonismo de la sociedad civil que con los instrumentos interactivos de lo digital, que son móviles, puede autoconvocarse, tener voz al margen de los medios tradicionales y exigir participación en las decisiones políticas.

Las nuevas fronteras de la tecnología de la información amplían el espectro de opinión pública y, en particular, la conexión computador-teléfono-Internet y sus ramificaciones, hacen posible el surgimiento de nuevas formas de comunidad y les dan una enorme oportunidad a la política y a los partidos en la medida que ellos también sean capaces de pasar de lo análogo a lo digital y que utilicen las nuevas tecnologías de la información para escuchar y consultar a la ciudadanía, horizontalizando la democracia .

Vivimos un cambio de época marcado por los efectos de la globalización y la influencia creciente de la revolución digital. Las tecnologías de la información y de las comunicaciones han permitido el surgimiento de redes sociales al margen o más allá de las estructuras de los partidos políticos y de las instituciones del Estado.

Ello ha ocurrido en países árabes, europeos y en América, donde frente a crisis de índole económica, social o política, los sectores descontentos se organizan con gran eficacia en redes sociales.

De esta forma plantean no solo sus reclamos, sino que sus propias alternativas de solución, exigiendo cambios a los poderes institucionales a través de masivas movilizaciones. Incluso, como ha ocurrido en países árabes, esto ha generado la caída de gobiernos dictatoriales que por décadas sojuzgaron a sus pueblos.

La sociedad en red se organiza utilizando las modernas tecnologías de las comunicaciones a través de las cuales han construido nuevas relaciones de poder que compiten o sobrepasan a los partidos políticos, a los gobiernos y a los parlamentos, poniendo en tela de juicio a la democracia representativa tradicional y la capacidad organizadora de la pluralidad ciudadana que había correspondido hasta ahora casi plenamente a los partidos políticos.

Lo anterior significa que hoy el poder comienza a repartirse de manera distinta entre sociedad civil y la sociedad política.

Como recuerda el politólogo italiano Stefano Rodotà (2004), “además de las fragilidades endógenas, un enorme remezón llegó a través de la globalización que impuso una nueva forma de democracia, la doxocracia o democracia de la opinión pública, en la que la voz de los ciudadanos puede alzarse en cualquier momento y desde cualquier lugar para formar parte del concierto cotidiano”.

Del predominio determinante de la televisión, y sobre todo de la satelital, que dotó a los seres humanos de cualquier lugar del planeta de un nivel de información como nunca antes en la historia de la humanidad, entramos hoy a la era digital, donde la comunicación deja de ser vertical, deja de ser de pocos a muchos, espacio análogo que constituía también el escenario privilegiado de las cosas e instrumentos de la política.

La forma de comunicar deja de ser un espacio más de la política y se transforma en el espacio donde se ejerce la política. Ello debilita, sin duda, el rol de la intermediación de todas las instituciones que fueron características en la democracia y que son sobrepasadas por un ciudadano que se transforma en receptor y transmisor de frases, textos, sonidos e imágenes.

Los ciudadanos se autoconvocan, emiten sus propios mensajes, fijan agendas, condicionan a los parlamentos y a los gobiernos, lo cual coloca en tela de juicio, relativizan o establece desafíos mayores a la acción de los partidos y de los parlamentos, que aparecen actuando en una sintonía distinta a la de la sociedad y que, sin embargo, han sido y siguen siendo columnas vertebrales del sistema democrático.

La democracia está cada vez más marcada por esta nueva forma de ciudadanía y los partidos, parlamentos y demás instituciones, están obligados a adecuarse a estos fenómenos con mecanismos cada vez más abiertos que respondan a las exigencias de protagonismo participativo de la sociedad civil.

Junto a ello, las nuevas tecnologías cambian los tiempos de la política y de la propia democracia representativa y esto no puede no afectar al trabajo parlamentario que tiene sus tiempos y donde el debate y la búsqueda de acuerdos es la base de su actividad.

El juicio ciudadano se forma hoy en una óptica nueva, determinada por la velocidad de las comunicaciones y quisiera que los parlamentos respondieran a sus aspiraciones en ese ritmo. Asistimos, además, a una pérdida de densidad de la política y a una fuerte personalización de ella.

Castells explica que el mensaje, más que ideología o proyecto, tiende a ser hoy el personaje mismo.

La propia adscripción de los electores a los programas se debilita y una enorme masa de ellos fluctúa entre una y otra alternativa, de pronto de sectores ideológicos y políticos muy distintos en su contenido, viendo qué ofrece cada cual, con menos sujeción al plano ideal y mucho más a la oferta de corto plazo del candidato.

Hay, por tanto, un cambio en la política. El fenómeno de la desideologización y la crisis de las utopías han terminado con las claves interpretativas de la realidad y con las propuestas que anunciaban sociedades superiores. Hoy la política es más pragmática, radicada en el presente, como si fuera inamovible, y con insuficientes proyectos de futuro si consideramos las demandas crecientes de la sociedad, lo que la hace aún menos atractiva.

Hay un evidente retraso cultural de la política para comprender e interpretar los nuevos fenómenos y temas globales. Los partidos, nacidos en tiempos de Estados nacionales fuertes, tienden a tener una visión y a dar respuestas locales, mientras las redes y los nuevos temas que se instalan a través de las comunicaciones son globales y frecuentemente sobrepasan lo que los partidos conservadoramente estuvieron dispuestos a hacer en materia de cambios.

Hay más radicalidad y liberalidad cultural en la sociedad que en estratos importantes de la política y de los políticos y ello se expresa a través de las redes sociales.

Este descontento responde sin duda a las aspiraciones sociales no atendidas, a las formas elitistas y autorreferenciales con que operan los partidos e instituciones, a los escasos espacios de participación que la ciudadanía tiene en las decisiones, y, también, a las prácticas contrarias a la probidad que generan un fuerte repudio de la opinión pública, que tiende a generalizarlas.

Los sondeos de opinión, en el mundo, demuestran que la mayoría de los ciudadanos valora la democracia y a las instituciones de la democracia, pero está descontenta con la forma en que ella se ejerce y sus logros.

Recomponer la fractura entre instituciones de la democracia y ciudadanía pasa por más y mejor democracia y hoy las nuevas tecnologías permiten que la ciudadanía sea consultada fácilmente, que se creen canales de expresión de ida y venida, que aparezcan nuevas formas de comunidad y que los ciudadanos conectados pero a, a la vez, movilizados, disputen la formulación de la Agenda política y social a los medios.

Sin embargo, las críticas agudas que se vertieron sobre la total hegemonía de la televisión, se vierten hoy también hacia la tecnología digital y sus instrumentos. Paul Virilio (1997), frente a la profundidad del desencanto ciudadano por las instituciones y el propio ejercicio de la democracia, sostiene que esta democracia está “amenazada en su temporalidad, pues el tiempo de espera para un juicio tiende a ser suprimido… La democracia automática elimina esta reflexión en beneficio de un reflejo”.