Sólo para débiles

juan_villoro_medJuan Villoro / Revista de Libros / El periodismo de tentación es lo contrario a una exclusiva: encandila con algo que podríamos ignorar. No se basa en la información, sino en su manejo hedonista.

En su libro Traiciones de la memoria , Héctor Abad Faciolince describe a un verdulero de Mendoza, Argentina, afecto a las frases sugerentes. Hombre sabio y muy dedicado a los tomates, explica así su negativa a hacer ventas a domicilio: «Yo vivo de sus tentaciones, no de sus necesidades».

La frase resulta perfecta para hablar de la prensa, donde unos viven de la tentación y otros de la necesidad. Es obvio que los diarios requieren de informaciones básicas. La agenda del Presidente, la catástrofe de turno, los goles de la liga y el estado del clima son prioridades que no pueden soslayarse. El periodismo de necesidad se ocupa de lo esencial -el resumen del universo en primera plana- y permite que exista el periodismo de antojo, al que nos dedicamos los colegas del verdulero de Mendoza.

¿Por qué leemos un artículo? La razón natural -«biológica», podríamos decir- es que tenemos hambre de argumentos. La ética de los curas, la aplicación de la ley, los escándalos financieros, los crímenes no resueltos y la conducta de los políticos pertenecen a las cosas que debemos saber. Como el arroz, la sal y el aceite, se trata de imprescindibles asuntos cotidianos. Quien solicita comida a domicilio jamás se equivoca en esa clase de pedidos.

En cambio, hay quesos únicos y yogures combinados que sólo compras si los tienes enfrente. Lo mismo pasa con ciertas columnas periodísticas. Aunque presumiblemente todos disponemos de dos riñones, el gran público no ha mostrado mucha curiosidad renal; sin embargo, de pronto leemos un apasionante texto sobre el tema no porque brinde noticias de primera fila acerca de cálculos o diálisis, sino por la forma en que está escrito. El periodismo de tentación es lo contrario a una exclusiva: encandila con algo que podríamos ignorar. No se basa en la información, sino en su manejo hedonista.

Julio Camba, Álvaro Cunqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Josep Pla, Eça de Queiroz y Jorge Ibargüengoitia perfeccionaron el difícil arte de vender lechugas por su aspecto. Sus artículos son casos de tentación, equivalentes al de pasar sin hambre ante un puesto de verduras y sentir insólitas ganas de morder una hoja color verde translúcido.

En tiempos de comida congelada y activos mensajeros en motocicleta, las necesidades se satisfacen más y mejor que los caprichos. Los verduleros y los periodistas de tentación no siempre encuentran espacio para ofrecer los duraznos que frotan con esmero en sus solapas. Y pese a todo, no han dejado de demostrar una paradoja: también la tentación es necesaria.

Hace un par de años, el cronista argentino Martín Caparrós recibió la invitación de un amigo de toda la vida a incorporarse a un nuevo periódico, en la sección que él escogiera. Para sorpresa de todo mundo, Caparrós eligió ser subdirector, cargo tan complejo, demandante y explosivo como el de auxiliar de entrenador de la selección nacional. El amigo de toda la vida creyó que el cronista pasaba por un temporal episodio de demencia; le recordó que le iba muy bien tal como estaba y le preguntó las razones para querer sumirse de cabeza en las procelosas aguas de una redacción. Caparrós contestó con una historia. Un jerarca de Asia Menor decide unir su reino con el de su vecino, y le envía una vasija en señal de disponibilidad. Como los reyes de aquel tiempo eran metafóricos, el segundo monarca responde llenando la vasija de leche. Eso quiere decir que sus necesidades están colmadas y que no ve ninguna ventaja en ampliar su territorio. Entonces el jerarca que desea la unión espolvorea azúcar en la leche y devuelve la vasija. El mensaje es el siguiente: ambos reinos sobreviven bien por su cuenta, pero uno puede endulzar al otro. El periodismo de tentación mejora las páginas cuando lo demás está cubierto.

Caparrós defendía con esta historia la importancia de agregar algo a la realidad. Todo gran fotógrafo registra los hechos y añade su mirada. Lo mismo pasa con lo que se vuelve opinable.

En el artículo «Un adverbio se le ocurre a cualquiera», publicado en la revista Interviú, Juan José Millás cuenta que de chico quiso poner una tienda de palabras para comerciar con ellas como otros comercian con calcetines. Las interjecciones estarían en oferta y los sólidos sustantivos serían más caros. El éxito del negocio dependería de la variedad de los vocablos. Esta tienda es gemela de la verdulería de Mendoza. El adjetivo impar y la ciruela rubicunda deben ser vistos para ser consumidos.

El periodismo de tentación tendría sus días contados si la gente no fuera tan antojadiza. Aunque nadie va al cine por la calidad de las palomitas, un cine sin palomitas deprime mucho.

A fin de cuentas, nada es tan humano como sucumbir a una debilidad. En El abanico de Lady Windermere , escribe Oscar Wilde: «Puedo resistirlo todo, salvo la tentación».

Pero hay debilidades y debilidades. Unas degradan, otras enaltecen, otras más son tan comunes que ni se notan.

El cometido ético del periodismo de tentación consiste en mejorar las debilidades de los lectores.