Sueños digitales

Vicente Parrini * / Psueños digitales 5eriodista / Le Monde Diplomatique / Se podría empapelar el barrio de los canales chilenos en los faldeos del San Cristóbal, de libros, ensayos y columnas con las admoniciones de profetas que ven a la TV como una fuente de decadencia espiritual, recetas de oportunistas que quieren entrenar a la clase política para aparecer en ella y académicos que confían en que a través de la televisión se podrá robustecer nuestra famélica democracia. En consecuencia, trataré de centrarme, sin mayores divagaciones, en el tema del advenimiento de la televisión digital en Chile con su carga de expectativas asociadas -mayor cantidad de señales, desarrollo de las televisiones culturales y comunitarias, interactividad, replanteamiento de la misión de la TV pública- revisando los motivos centrales que hacen urgente un cambio profundo en el escenario televisivo nacional: a saber, mayor diversidad de actores y de calidad en los productos de ese medio. Lo hago desde la perspectiva de un ex periodista de la TV, que sintoniza con intereses ciudadanos planteados en encuestas, foros y debates donde se enjuicia a la televisión por su mirada excluyente, clasista y discriminadora.

“Más y mejor televisión para los chilenos”, fue la promesa del Gobierno de Bachelet, al enviar al Parlamento, en octubre de 2008, dos proyectos de ley para el tránsito a la TV digital en el país. Ambas propuestas –una que modifica la Ley General de Televisión y otra la ley de TVN- están aún en debate y veremos si una vez promulgadas, responden a la expectativa ciudadana de oxigenar el escenario televisivo. Pero, mientras se cocina la ley en el Congreso, uno puede cuestionarse:

– ¿Más de la misma tele que tenemos, ahora, en las señales abiertas?

-Nooo, por favor.

-¿Mejor televisión?

-Por supuesto, pero con nuevos actores sociales que se coloquen al servicio de la comunicación entre los ciudadanos y no de los intereses del empresariado que financia la TV.

sueños digitales 7Los portavoces de “la señora Juanita”

La televisión pública, cada día más distante de su misión por el imperativo de auto financiarse, no escapa a este diagnóstico. Es oportuno recordar que, luego del período dictatorial en la TV (con sus Santis, sus Maldonados, sus Sánchez, y toda esa camada de payasos y periodistas pusilánimes) llegó a Televisión Nacional un conjunto de creadores y periodistas, del cual formé parte, con el propósito de cambiarle el rostro al canal de todos los chilenos. Este anhelo se fue cristalizando con programas como el Show de los Libros, Cine Video, La Manzana de la Discordia, El Mirador y otros que no alcanzo a recordar. Hoy, es preciso hurgar con lupa en horarios insólitos para hallar resquicios de un TV distinta. Y no se trata de idealizar una programación elitista fraguada por documentalistas sacerdotales que confunden lo profundo con lo aburrido, ni tampoco de convertir la pantalla en una catedral para académicos latigudos. Estamos hablando de poner en circulación materiales periodísticos vivos, auténticos, programas no perecibles conducidos por periodistas valientes, dispuestos a enfrentarse a los poderes económicos, políticos, religiosos y que no traten a los telespectadores como a idiotas.

Pero cuando se trata de revisar la calidad de sus engendros, el diálogo con los guardianes de la TV chilena no es muy fecundo. Ante la más mínima crítica a la la televisión criolla responden con la letanía de siempre: “son intelectuales que no ven tele y desprecian a quienes disfrutan con programas sencillos y amenos”. Ellos se auto designan portavoces de “la señora Juanita”, esa ficción estadística representante promedio de las grandes audiencias, que llega cansada –supongamos- a su casa de La Pintana, luego de hacer la pega dura en algún hogar de ricos y que no está disponible para densidades. Entonces, estos comprensivos gerentes le ofrecen la kermesse bataclánica de un dueño de fundo o un noticiero con suficientes tragedias como para que ella sienta que habita el mejor de los mundos, a una distancia prudente de esa fauna que nos pintan en la “TV de verdad”. Y así estamos, entre Pelotón y Calle 7, entre Mea Culpa y 123 Atrapados por la Realidad, entre Primer Plano y Alfombra Roja, entre Los 40 y tantos y Primera Dama, por nombrar al azar algunas joyitas concebidas por esos genios que se adulan mutuamente en seminarios organizados por escuelas de artistas audiovisuales.

Es cierto que si nos paseamos por las señales del cable también encontramos bastante mediocridad, pero con excepciones que compensan el esfuerzo: documentales que se introducen en los misterios del universo o reportajes que nos hacen dialogar con seres dedicados a causas que ennoblecen a la especie humana. En la TV abierta, en cambio, la búsqueda es desoladora: desiertos conceptuales, lugares comunes, periodistas silbando sus esdrújulas, los mismos trucos repetidos hasta la saciedad, conductores relamidos haciéndose los graciosos.

¿Hay alguna posibilidad de revertir este escenario?, ¿Servirá de algo la digitalización del sistema televisivo que permitirá transmitir varias señales en los mismos 6 megahertz que hoy alcanzan para un solo canal?

Por de pronto, está la posibilidad de que ingrese una variedad de actores, en especial si se les garantiza en la ley, como lo plantea el proyecto de Bachelet, una reserva del 40 por ciento de espacio dentro de ese espectro radioeléctrico por el cual transitan los canales de TV. Si se cumple ese compromiso, podemos visualizar la eventual multiplicación de los canales culturales, educativos y comunitarios, financiados en parte por recursos fiscales, o bien por una tasa que se puede cobrar a los concesionarios privados o, por qué no, con un impuesto a la TV cable por trasladar su fibra óptica como ocurre en EEUU, franquicia que les permite a las ciudades de ese país financiar los canales de Public Access, ejemplos de pluralismo y participación democrática.

sueños digitales 4Una ley para que la comunidad construya sus propios relatos

Claro que la digitalización así como representa una esperanza de mayor pluralismo en el sistema de medios, también plantea incertidumbres en todas partes del planeta. En España, donde ya se produjo el apagón analógico, la digitalización no se ha traducido necesariamente en una mayor diversidad de contenidos. Por más señales que surjan, observan los especialistas, se imponen los macro géneros: realities, ficción de mediana o mediocre factura, programación infantil y mucho deporte. Pero han ganado por otro lado con la nueva legislación. La TV pública española ya no necesita de la publicidad para sustentarse: es financiada con tasas que se le cobran a las operadoras de cable, empresas de telecomunicaciones y canales de TV privados por el uso del espectro. ¿Perderá audiencia? Probablemente algo, pero no importa. Poco a poco irá ganando en credibilidad y en prestigio con una programación acorde a la misión de un canal público.

Seamos optimistas y confiemos, pese a las incertezas de la transición digital, en que los canales generalistas, devoradores de las pequeñas expresiones comunicacionales, irán perdiendo poder. No hay que ser Nostradamus para darse cuenta de que los grandes consorcios están amenazados. El aumento de señales fragmenta las audiencias, se multiplican los canales de nicho y temáticos. Paralelamente, el cable penetrará cada vez más en los sectores medios y populares y se irá reduciendo paulatinamente la brecha digital hasta imponerse con fuerza la TV por Internet. Cada vez más personas estarán participando de la fiesta de la comunicación con su ética, su estética y sus propios canales en las señales abiertas de la TDT. Dios nos oiga y el diablo se haga el sordo.

No obstante, aunque en el futuro se cumplan los anuncios de libertad a través de las redes virtuales, en el mediano plazo necesitamos con urgencia una ley decente que proteja a los sectores más pobres y mayoritarios del país que dependen exclusivamente de la TV abierta. Una ley que haga carne todos esos tratados internacionales sobre libertad de expresión y derechos comunicacionales que nuestras autoridades firman sonrientes para después regresar a este país dominado por los duopolios de la prensa y el marketing de los poderosos, y no hacer absolutamente nada. Televisión digital de la comunidad y para la comunidad, que fomente el desarrollo humano y genere espacios para que las personas, en el lenguaje de la tribu, construyan sus propios relatos e iluminen un Chile profundo, menos prisionero de las leyes del mercado.-

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RECUADRO

LA TV EN CIFRAS

Encuesta Nacional, 2008, del  CNTV. Datos duros sobre penetración del medio y grado de satisfacción con los contenidos de la TV: en este indicador  los encuestados son relativamente severos, lo que se contradice, a veces, con la conducta concreta que tienen al premiar con su sintonía en los hogares, medida a través del people meter, los programas de menor calidad. Revisemos algunas luces y sombras de la TV chilena en porcentajes:

Un 98 % de los chilenos tiene acceso a la TV abierta y existe un promedio de  2,4 televisores en los hogares chilenos. Un 89.2 % de los consultados en la encuesta señala que ve todos los días televisión.

De la población urbana, Un 43,3 % cuenta con acceso a la TV pagada, un 53 %  tiene computador y un 34 % Internet  (La población más pobre, al igual que la rural, tiene mucho mayor dependencia de la TV abierta, menor conectividad con  Internet y menos TV de pago)

El 70 % cree que la TV es el medio “más entretenido”, pero el 59 %  que el “más sensacionalista”. El 81.1 %  la ve como “una importante fuente de información” y un 86 % considera  que “estimula el consumismo en los niños”. Un 71,4  cree que es “una importante fuente de compañía”, mientras que un 68,5 sostiene que” incentiva la violencia entre las personas”. Un 64.7 %  la acusa de  “provoca un temor exagerado a ser víctima de robos o asaltos”.

El 52.9 % de los encuestados está  “poco o nada satisfecho” con la TV abierta, la mayoría de ellos debido a que considera mala la programación por exceso de farándula y  pocos programas culturales. Además,  un 57,7 %  considera “haber visto o escuchado contenidos que le parecen inadecuados en televisión”.  La TV cable  sobrepasa por 20 puntos a la abierta en grado de satisfacción.

El 74,7 % de las personas consumen noticieros de la TV abierta todos los días. De ellos un 75,0 % opina que “informan adecuadamente sobre los acontecimientos de Chile”, sin embargo, un 70,3 cree que “se aprovechan del dolor humano para tener más audiencia” y un 58,8 % sostiene que hay noticias “que intencionadamente no se dan a conocer”. Un 64,9 %  siente que en los noticieros se le da “poca cobertura  a asuntos comunitarios o locales” y un 70,1 % que se le otorga “escasa importancia al arte y la cultura”.

Por último, Un 96,1 % de las personas es partidaria de que exista algún tipo de regulación en la TV abierta y un 88%  de que se aplique el mismo criterio a la TV de pago. VP

 

* Vicente Parrini es periodista (PUC), profesor de la Usach  y editor periodístico del Observatorio de Medios Fucatel