Tematizar la intolerancia

camaras-4Por Diego Moulian / LND / Mister TV /  Frente a las noticias que dan cuenta de la intolerancia no ha habido tematización por parte de los medios, quizás porque son signos de un problema más difuso e inasible, que atraviesa a toda la sociedad, que es más difícil de reducir a un ámbito específico y frente a la cual cuesta identificar a los responsables.
La emocionada reaparición de Edmundo Pérez Yoma en La Moneda tras su trasplante renal representa el más reciente capítulo del largo y sostenido relato mediático sobre la donación de órganos. El ministro del Interior, con fama de duro e implacable, se mostró sensible frente a una temática que a esta altura sensibiliza a todo el país. El dramático caso de Felipe Cruzat fue el impulso inicial. A partir de allí los medios dieron a conocer un sinnúmero de situaciones similares, instalando el debate en la agenda pública. Las falencias del actual sistema de donación de órganos se constituyeron en un problema nacional, que exigía un cambio de mentalidad de la ciudadanía y la modificación de la legislación.

Se trata de un ejemplo gráfico de tematización, modalidad específica del impacto de los medios de comunicación. Ésta se sustenta en la capacidad de relacionar hechos noticiosos particulares, situarlos en un similar ámbito de significación, resaltar su importancia respecto del curso normal de la información y transformarlos en asuntos que tienen relevancia pública y que demandan una solución de parte de las autoridades.

“Turba de pobladores de Puerto Montt ataca un campamento de gitanos”; “habitantes de Forestal Bajo, en Viña del Mar, impiden la instalación en su barrio de una casa de acogida del Hogar de Cristo”; “vecinos de Cerro Navia exigen la renuncia de un funcionario municipal travesti”; “la Municipalidad de Santiago estudia enrejar el Parque Forestal ante reclamos de residentes por la inseguridad del sector”. Son los titulares de cuatro informaciones aparecidas en los noticiarios durante el último mes. A pesar de que aparentemente no hay mayor conexión entre ellas, todas tienen un denominador común: revelan las severas dificultades que tenemos los chilenos para convivir con la diferencia. Frente a estas noticias, sin embargo, no ha habido tematización por parte de los medios, quizás porque son signos de un problema más difuso e inasible, que atraviesa a toda la sociedad, que es más difícil de reducir a un ámbito específico y frente a la cual cuesta identificar a los responsables, al contrario de lo que sucede con la donación de órganos.

“Lúmpenes, delincuentes, borrachos, drogadictos, homosexuales y lesbianas se han apoderado del Parque Forestal”, reclamaba indignado el abogado Manuel Cartagena desde el balcón de su elegante departamento de la calle Ismael Valdés Vergara. El empingorotado vecino del centro de Santiago ponía a todos en un mismo saco. Para sus ojos temerosos, un joven que consume una cerveza a la sombra de un añoso plátano oriental o dos personas del mismo sexo que se besan en los prados de esta centenaria área verde, se convierten automáticamente en bandoleros y facinerosos capaces de las peores aberraciones. El reportaje de “Meganoticias” que dio tribuna a esta iracunda protesta emitido a fines de marzo seguía completamente esa línea de argumentación. El Forestal comenzó su decadencia con la performance fotográfica de Spencer Tunick se lamentaba el periodista , cuando miles de personas se exhibieron desnudas sin pudor. Luego agregaba el sombrío relato vino la invasión de los adolescentes de las tribus urbanas y la instalación de una feria de las pulgas todos los domingos, factores que han convertido al parque en un recinto inseguro y amenazante, donde campean la inmoralidad y las malas costumbres.

Los habitantes de Puerto Montt que hace pocos días embistieron contra un campamento de gitanos golpeando a mujeres y niños y quemando cuatro autos y una carpa actuaron guiados por una lógica similar: quienes se visten y hablan distinto, quienes tienen hábitos y tradiciones que resultan ajenas, son seres indeseables, a los que hay que eliminar antes que lo eliminen a uno. Según ellos, un gitano había sido el responsable del atropello que mató a un joven del barrio. La policía aclaró que esas sospechas eran infundadas, pero los agresores no se dignaron a arrepentirse y continuaron exigiendo la expulsión de la comunidad zíngara de la ciudad. Los gitanos “son ladrones, asesinos y viven a costillas de otros” alegaban frente a las cámaras de la TV.

Argumentos del mismo tenor esgrimieron los vecinos de Forestal Bajo que juntaron firmas para evitar que una hospedería del Hogar de Cristo se emplazara en su sector, y también algunos pobladores de Cerro Navia que exigieron al alcalde que despidiera a un empleado travesti. Una muchacha viñamarina, rubia y de buen vivir, respingaba la nariz mientras señalaba que los vagabundos que se refugian en la fundación que creara el Padre Hurtado tienen “un mal vivir” y su presencia echaría a perder el barrio. Los habitantes de la comuna del poniente de la Región Metropolitana, en tanto, explicaban que un desviado sexual parapetado tras un escritorio municipal constituye un peligro público, pues puede usar esa posición para pervertir a niños y jóvenes.

Ante estos hechos noticiosos, los medios tienen la obligación de tematizar. No basta la información suelta e inconexa. La generalizada incapacidad para aceptar la diversidad debe ser transformada en un problema nacional. Es necesario un cambio cultural, junto con acciones concretas de las autoridades en pos de una sociedad más inclusiva y respetuosa de las diferencias, donde se rechacen los discursos públicos que automáticamente motejan de delincuente a quienes viven, hablan, se divierten y ocupan el espacio público de una manera que irrita al comúnmente intolerante ciudadano de bien chileno.