Tiempo de cretinos

zeránFaride Zerán/ La Nación / La Premio Nacional de Periodismo (2007) y directora del Instituto de Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile, arremete contra la farandulización de la cultura.

¿Hay en Chile un trato preferente a los artistas y creadores? ¿Existen hoy en América Latina políticas públicas o una cultura que permitan tal afirmación? En una primera instancia podríamos pensar que existen, si asumimos los fondos concursables del Estado, destinados a estimular las obras de creadores.

Más aún, y dentro de la lógica de mirar la mitad llena del vaso en el balance de dos décadas de gobiernos de la postdictadura, deberíamos recordar como un hito que luego de más de una década de debate y discusión en comisiones asesoras presidenciales se creara finalmente el Consejo Nacional de la Cultura.

Así las cosas, y manteniendo la interrogante acerca del trato preferencial a los artistas, creadores e intelectuales, podríamos argumentar también que somos el único país que tiene a su haber dos premio nobeles de literatura, y un par de candidatos más.

Sin embargo, la otra mitad del vaso, aquella que siempre miramos quienes asumimos el talante disidente como una forma de ejercer nuestra ciudadanía cultural a plenitud, es que en Chile la cultura sigue siendo la quinta rueda del carro.

HABLA PERDIDA

Porque en materia de institucionalidad cultural, lo que emergió de la transición no fue un Ministerio de la Cultura con presupuesto propio y políticas de Estado para el fomento de las distintas áreas, sino un consejo -con rango ministerial-, que dependiendo de quien lo encabece puede darle mayor o menor densidad a los criterios de asignación de recursos concursables.

Porque no es lo mismo financiar la ruta del vino, o la fiesta del salmón de exportación que fomentar la expresión y difusión de nuevas manifestaciones artísticas y culturales, muchas veces fuera del canon imperante y que transgreden los discursos oficiales.

Hace unos años un querido escritor recientemente fallecido me señalaba en una entrevista que la cultura en Chile era un adorno prescindible. El gran problema, decía Alfonso Calderón -a quien desde aquí le rindo homenaje-, es que se ha perdido la relación entre el habla del país, que ha quedado en manos de los economistas, los ideólogos y en su momento los militares, y el diálogo de la gente común.

Estas palabras de Calderón adquieren especial sentido cuando analizamos la afasia del mundo cultural en el debate público, en la conversación cotidiana y en los medios de comunicación.

Por ello, a la hora de interrogarse sobre el trato preferencial que recibirían en Chile nuestros artistas, creadores e intelectuales, vale la pena analizar dónde circulan sus discursos. ¿En qué medios de comunicación? ¿En cuántos programas radiales? ¿En cuántas revistas culturales?

En un país de creciente concentración económica e ideológica de los medios, donde cada cierto tiempo se vetan por sus ideas u obras a determinados personajes, en el que la palabra cultura es sinónimo de ladrillo y de baja lectoría, rating o sintonía, el modelo que emerge es el de la farandulización.

Y no me refiero a aquellos que literalmente cultivan ese género, sino a quienes investidos en la promoción del “debate cultural” nos pasan a diario gato por liebre.

Gabriela Mistral, hoy está en el tapete y por primera vez aparece recurrentemente en las páginas de los escasos diarios o en los noticiarios centrales. El motivo no es el redescubrimiento de su obra. No, la razón es otra. Se trata de su sexualidad. Lo que en un país con densidad cultural puede ser un detalle o una anécdota, la Mistral apasionada en una relación lésbica, hoy se transforma en una estrategia de marketing que se agota en su fin.

De las cajas con miles de papeles que se donó con bombos y platillos a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, institución que tiene la misión de difundir el legado cultural del creador y creadora, lo primero que circula es la correspondencia íntima que da cuenta de su condición sexual, como si ella fuese más importante que su obra.

Esta farandulización del espacio cultural tiene su correlato en los rating de lectoría elaborados por las grandes casas editoras.

Sin duda el libro con las cartas de la Mistral será el más vendido, junto a los de autoayuda, vampiros y otros temas que dejan fuera del circuito a un Chile profundo, creador y crítico, condenado al silencio y marginado, como lo fueron en su tiempo la propia Mistral, de Rokha, Droguett, Alfonso Alcalde, y tantos y tantas otras.

TODO POR LA PLATITA

No, en Chile no existe un trato preferente para sus artistas, creadores e intelectuales, como tampoco existe una educación pública que garantice la calidad formativa y el derecho a la educación para todos. Ni tampoco universidades del Estado robustas.

Porque hoy, ad portas del bicentenario, las universidades del Estado claman para que les suban el aporte de un doce por ciento anual, aproximadamente, a un cincuenta por ciento.

Esta aniquilación de la educación pública en todos sus ámbitos explica no sólo el origen de las desigualdades sociales desde la cuna, o los índices de analfabetismo funcional, en nuestro país más de la mitad de la población no entiende lo que lee.

También, la creciente precarización del rol del intelectual en nuestra sociedad.

Cooptados por el Estado o por los centros de pensamiento de universidades privadas, la figura del intelectual público, aquél que desde la academia o de un espacio de independencia asumía los valores libertarios, laicos y republicanos es percibida en franco descenso en nuestro país.

Pero en la sequía nos llegan los ecos del discurso ramplón sobre el estado de la nación y el recambio electoral pronunciado por economistas y operadores políticos, junto a los pormenores de la apología milica que hace TVN en su horario prime con “Pelotón”, y otras perlas de la pantalla chica.

¡Hay falta de alma y falta de ideas! como decía Vicente Huidobro en su Manifiesto Patriótico de los años veinte. Y falta de políticas, agrego como corolario a esta reflexión.

Concretamente, de políticas públicas que proyecten al país a una dimensión más allá de la coyuntura. Porque la creación de las obras del espíritu, tanto como la investigación o la educación, necesita tiempo, como señalaba el ex ministro de Cultura Jack Lang. El tiempo cultural, educativo, científico es un tiempo largo. Los imbéciles, que se imaginan que todo puede ser reducido al provecho inmediato, creen que sólo es necesario apretar un botón para que se cree una obra, que se forme un niño, que se cree una película. ¡¡Es un cretinismo absoluto!!, decía, Lang, y yo concuerdo con él y agrego que me temo que estamos en un tiempo de cretinos.