TV digital y «El Federalista»

Lucas Sierra / El Mercurio / ¿Por qué tenemos Cámara de Diputados y Senado? ¿Por qué no una sola cámara legislativa? Esta es una de las preguntas que recorren «El Federalista», esos escritos que a fines del Siglo 18, impulsaron la Constitución en Estados Unidos y sobreviven en el espíritu de su democracia.

La respuesta de «El Federalista» es que a la democracia le conviene tener dos cámaras. Básicamente, para conjugar dos miradas ineludibles: la que se consume en la inmediatez de los plazos cortos y la que se invierte en la proyección de los largos. La Cámara de Diputados está mejor adaptada para la primera. El Senado, para la segunda.

Por esto, los senadores son mayores, duran más tiempo en sus cargos, se renuevan por parcialidades y representan todo el territorio del país, con independencia de su población. La idea es que la pulsión algo adolescente de los diputados sea compensada por la reflexión más madura de los senadores.

En Chile, el proyecto de ley para la TV digital se ha convertido en una verdadera prueba para «El Federalista». Después de casi dos años y medio, la Cámara de Diputados lo aprobó en primer trámite. Es un mal texto. Le urge la reflexión del Senado.

El proyecto tiene dos partes. Una sobre el control de los contenidos que se transmitirán cuando la TV sea digital. La otra sobre las futuras concesiones televisivas. En las dos partes es malo.

Respecto de los contenidos televisivos, agrava un problema básico de la actual legislación: la vaguedad infinita del estándar por el cual se juzgan esos contenidos. Es el «correcto funcionamiento» de la TV, un estándar que abarca ideas tan abstractas como la paz, la democracia, el medio ambiente, la formación espiritual de los niños y jóvenes, el pluralismo, entre otras ideas tanto o más difusas. La jurisprudencia que se ha desarrollado aplicando este estándar no ha hecho nada por precisarlo. Al contrario, exhibe toda la discrecionalidad que semejante abstracción permite.

¿Qué hace el proyecto? En lugar de precisar el estándar o, por último, de no hacer nada, lo agrava metiéndole nuevas ideas, tanto o más difusas: «Igualdad de trato entre hombres y mujeres» y el respeto de «todos los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución y en los tratados internacionales ratificados por Chile». Esto augura que la TV digital será juzgada con aún más discrecionalidad que la analógica.

Respecto de las concesiones, el proyecto desaprovecha la potencia de la TV digital. Mira al futuro en la inmediatez del corto plazo, con ojos anclados en el presente analógico. Como si ignorara el hecho de que la digitalización permite a la TV «converger» con los demás servicios de telecomunicaciones, compartiendo con ellos las mismas plataformas de distribución.

El proyecto original que recibió la Cámara no lo ignoraba al contemplar la posibilidad de que terceros como, por ejemplo, las empresas de telecomunicaciones, entraran al negocio televisivo ofreciendo redes para que otros emitieran sus señales. Los diputados, sin embargo, han restringido esta posibilidad a los concesionarios de TV, solamente. Así, si un tercero quiere emitir TV, pero no tiene redes, sólo podrá dirigirse a un canal de TV con capacidad ociosa, pero no a un operador de telecomunicaciones. ¿Por qué esta restricción, tan a contrapelo de la convergencia?

Además, los diputados no resuelven correctamente un problema clave de las concesiones de TV en Chile: algunas son indefinidas en el tiempo. El proyecto original sí lo hacía, reconociendo que lo indefinido en el tiempo es el derecho a transmitir una señal, no a la cantidad de espectro radioeléctrico que hoy usan. La Cámara eliminó esto. ¿Nos quieren decir que los canales con estas concesiones pasan a la era digital con 6 MHz garantizados indefinidamente? Si es así, han tomado una decisión jurídicamente incorrecta y brutalmente ineficiente.

Es la hora del Senado. Que «El Federalista» se haga realidad.