TVN o desgaste y reinvención de lo público

TVN ha salido del ojo del huracán. El nuevo Director ha apaciguado las aguas financieras, pero permanece la gran incógnita sobre su carácter de Canal Público. No se conoce qué piensa la nueva administración al respecto y las medidas visibles tienden a poner como el eje de la programación la rentabilidad de los programas, más que un cambio de orientación que permita un equilibrio en el panorama televisivo, dominado por los criterios de sus dueños, los principales grupos económicos del país, ligados todo a la derecha política. Compartimos a continuación el artículo de Luis Breull, en el nuevo medio digital www.lamiradasemanal.cl

Por Luis Breull

Observar el devenir de gestión y la historia reciente construida desde y detrás de la pantalla de Televisión Nacional de Chile es un ejercicio que requiere distancia frente a los frecuentes sesgos que invaden este debate sobre su real sentido de lo público que lo diferencie en el ecosistema televisivo.

Deficitario órgano oficial de la dictadura en los 70-80 y voz concertacionista para encabezar la transición democrática en los 90, cambió su estatus legal en 1992, otorgándole autonomía –aparente- de los gobiernos de turno y la necesidad de autofinanciarse en el mercado mediante la venta de avisaje. Referente de una programación asentada en la cultura, la observación sociográfica, más la renovación de formatos para narrar el pasado reciente y detectar las necesidades emergentes de la sociedad que comenzaba a configurarse.

Un canal que reemplazó la función de “plaza pública” de los 90 por hacer de su pantalla “un mall” o centro comercial

Una empresa que inició el siglo XXI preocupada por indagar el futuro de la TV o cómo debía prepararse para los cambios que se avecinaban, con consultorías que prendieron más de una alerta, como la de McKinsey, acerca de la necesaria reinvención. Un canal que reemplazó la función de “plaza pública” de los 90 por hacer de su pantalla “un mall” o centro comercial que desde hace quince años inició una caída constante de su rating anual promedio, pese a que de todos modos le permitió liderar la industria en gran parte de los 2000 (de 12,9 puntos hogar promedio el 2001 termina con 9,1 puntos el 2009).

Una señal que desgastó sus contenidos y modelos narrativos, reduciendo constantemente la gama de formatos y renunciando a ofertas complejas para públicos más ilustrados o para formar futuras audiencias, degradando su agenda y el tipo de debate, sosteniendo su rentabilidad solo en sus noticieros y teleseries nacionales entre los años 2009 y 2014.

Una señal que desgastó sus contenidos y modelos narrativos, reduciendo constantemente la gama de formatos y renunciando a ofertas complejas para públicos más ilustrados o para formar futuras audiencias, degradando su agenda y el tipo de debate

Finalmente, en los últimos cinco años acabó como un derruido fantasma mediático que se ubica cuarto en audiencia, lejos de los tres primeros competidores, enfrentando sucesivas administraciones erráticas e irresponsables, que dilapidaron su patrimonio y agudizaron el sinsentido del proyecto, desnudando de paso su obsolescencia corporativa, devenida en botín eternamente binominalizado desde su directorio.

administraciones erráticas e irresponsables, que dilapidaron su patrimonio y agudizaron el sinsentido del proyecto, desnudando de paso su obsolescencia corporativa, devenida en botín eternamente binominalizado desde su directorio.

Un sinfín de refundaciones…

Las dificultades de TVN como televisora pública no son solo causa de malas gestiones, sino también de una organización que perdió el rumbo, centrado en la urgencia de frenar sus pérdidas y reducir sus costos al precio de renunciar a sus talentos. Una entidad entregada al vaivén de una industria privada que cambiaba radicalmente su capacidad de seducir con sus contenidos y fortalecer su consumo audiovisual, derivado de las multiplataformas, la convergencia digital y las migraciones de la inversión publicitaria  hacia los nuevos medios.

No obstante lo anterior, desde Pablo Piñera (ex DC) en la dirección ejecutiva entre el 2001 y 2004, pasando por Daniel Férnández (PPD-Expansiva) entre el 2004 y 2010, Mauro Valdés (independiente de derecha liberal y ex ejecutivo minero) entre el 2010 y 2014, Carmen Gloria López (periodista simpatizante de Ciudadanos) del 2014 al 2016, Alicia Hidalgo el 2016 al 2017, Jaime De Aguirre (independiente ex Mapu) del 2017 al 2018, y ahora Francisco Guijón, todos han debido enfrentar la misma pregunta ¿qué es y qué implica hacer televisión pública bajo el imperativo del autofinanciamiento y el cepo político binominalizado?

Audiencias que levantaron por fuera sus agendas sociales de mejor educación, empleos y pensiones, salud y medioamiente digno, seguridad pública, crecimiento económico con redistribución, descentralización y meritocracia.

Las respuestas –no simples, por cierto- se buscaron en diagnósticos centrados en la presión por los cambios de la industria televisiva privada (tanto de propiedad y actores como de precarización de sus ofertas de contenido por el necesario achique de costos). Y esto desplazó o dejó fuera el interés y la capacidad para comprender el ecosistema audiovisual que emergía de la mano de ciudadanos delineados bajo nuevas culturas y prácticas de socialización mediática y política. Audiencias que levantaron por fuera sus agendas sociales de mejor educación, empleos y pensiones, salud y medioamiente digno, seguridad pública, crecimiento económico con redistribución, descentralización y meritocracia.

Cada director ejecutivo quiso pontificar liderazgos que se centraron más en sí mismos –liderazgos autárquicos- que en TVN como institución y medio de servicio público. Peor aún, presionados por la necesaria readecuación presupuestaria a la baja, tratando de alinear la estructura de costos ante las nuevas expectativas de ingresos reducidos. Intentos fallidos que terminaron provocando también un desfile de mandos ejecutivos intermedios de carácter estratégico a quienes se les confiaron trascendentales decisiones de pantalla, la mayoría erráticas, que culminaron por dejar a la estacion casi sin biblioteca de programas a los que recurrir para reemplazar los frecuentes fracasos programáticos. Ciclo que llega a su clímax con la partida del área dramática casi completa a Mega a fines del año 2013 y que no se ha podido remontar hasta hoy (con nombres como Marcelo Bravo, Nicolás Acuña, Eugenio García y el propio De Aguirre, asumiendo el doble rol de director ejecutivo y de programación).

Cada director ejecutivo quiso pontificar liderazgos que se centraron más en sí mismos –liderazgos autárquicos- que en TVN como institución y medio de servicio público.

El nudo esencial

TVN es una empresa que debe autosustentarse, generar ingresos como cualquier particular, y una institución pública que debe cumplir una misión editorial de servicio al mismo tiempo. Es decir, gestionarse como privado y justificarse como medio de comunicación aliado ciudadano, con una responsabilidad indefectiblemente política. Un injerto o mutante que hoy es incapaz de resolver eficientemente esta ecuación, por la urgencia de ajustar sus finanzas y mostrar viabilidad asentada en valor futuro.

Es decir, gestionarse como privado y justificarse como medio de comunicación aliado ciudadano, con una responsabilidad indefectiblemente política. Un injerto o mutante que hoy es incapaz de resolver eficientemente esta ecuación, por la urgencia de ajustar sus finanzas y mostrar viabilidad asentada en valor futuro.

Una dimensión importante de la crisis estructural y cuasi terminal de TVN radica en la falacia de pensar que para toda la clase política es valioso que el Estado gestione medios de comunicación. Sobre todo en los sectores de derecha esto es visto con recelo, justificando en otras épocas que por inviabilidad económica se vendiera la radio Nacional o el diario La Nación. Y también, como lo ha planteado desde hace años el Centro de Estudios Públicos (CEP), la inutilidad que existan también reguladores públicos como el Consejo Nacional de Televisión (CNTV).

TVN debe terminar con la binominalización permanente y extemporánea de su directorio, integrado como premio de consuelo para miembros de las élites que no necesariamente tienen las competencias profesionales para entender el quehacer específico de los medios de comunicación como bienes sociales o culturales. Además, sincerar el sesgo ideológico del mundo de derecha de renegar naturalmente de toda participación del Estado en las industrias mediales. Y acabar con la falsa independencia de la señal, considerando que por ser un medio Estatal es fundamentalmente público y político.

Un debate irresoluto que se libra mientras la sociedad resignifica cotidianamente “lo público”, vinculado con la sensación de desamparo social frente al gran empresariado y a los abusos, sumado a la desconfianza creciente hacia los poderes político y religioso.

Todo esto mientras se mantiene la nebulosa de cómo TVN pretende definirse como el canal de todos los chilenos, pero es difícil configurar el rostro y el rol de su dueño. ¿Quién es? ¿La ciudadanía en su conjunto? ¿Y cómo ejerce ese mandato? Un debate irresoluto que se libra mientras la sociedad resignifica cotidianamente “lo público”, vinculado con la sensación de desamparo social frente al gran empresariado y a los abusos, sumado a la desconfianza creciente hacia los poderes político y religioso.

La misión y potencial de TVN como señal estatal pública y autónoma exige mejorar el nivel de las conversaciones cotidianas desde sus pantallas. Dejar de lado la desastrosa agenda de los matinales (como la existencia de duendes, espíritus malignos, el peligro de jugar ouijas, la posibilidad de conversar con los muertos, la furtiva existencia del chupacabras, las operaciones y sanaciones a distancia, el poder de las runas y otros tópicos). Y sincerar los efectos que genera su programación y que lo compromete con reales temáticas ciudadanas.

Dejar de lado la desastrosa agenda de los matinales (como la existencia de duendes, espíritus malignos, el peligro de jugar ouijas, la posibilidad de conversar con los muertos, la furtiva existencia del chupacabras, las operaciones y sanaciones a distancia, el poder de las runas y otros tópicos). Y sincerar los efectos que genera su programación y que lo compromete con reales temáticas ciudadanas.

No tiene justificación TVN si es incapaz de acrecentar el capital social de los chilenos para empoderar realmente a los públicos en mejorar su calidad de vida o superar sus propios miedos a la pobreza y exclusión, al abuso, a los otros, al sinsentido cotidiano. Ergo, un canal que fortalezca los vínculos sociales centrados en la alteridad y la solidaridad como valores últimos.

Ergo, un canal que fortalezca los vínculos sociales centrados en la alteridad y la solidaridad como valores últimos.

La crisis que cruza hoy al proyecto televisivo público debe enfrentarse en dos dimensiones: una interna respecto de sus falencias de sentido, de estructura y de talentos profesionales. Y otra externa, de contexto industrial, en donde la TV abierta decrece como negocio privado y obliga también a repensar si TVN debe seguir dependiendo del avisaje publicitario o requiere financiamiento público directo.

la TV abierta decrece como negocio privado y obliga también a repensar si TVN debe seguir dependiendo del avisaje publicitario o requiere financiamiento público directo.

Lo cierto es que su pantalla y contenidos frecuentes y mayoritarios hoy no justifican un proyecto de las enormes dimensiones del TVN de los 90 y 2000. Sobre todo si no cambia su modelo de gestión y toma de decisiones como si fuera un actor privado más, cuando su deber radica en construir una narración simbólica de comunidad que reconozca a cada ciudadano en otro igual para hacerse cargo de los asuntos que les competen a todos en su necesidad de construir y habitar un país mejor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.