Un cadáver en la maleta

humorLeonardo Sanhueza / LUN / Parece ser que las bromas del Día de los Inocentes, al menos en la prensa chilena, están desahuciadas. Ha pasado mucha agua bajo el puente desde que era normal que todos los diarios se esmeraran creando noticias ficticias y dobles portadas con el único fin de divertirse y divertir “sanamente” a los lectores. Paulatinamente esa tradición ha ido alejándose hacia el mismo depósito de antiguallas donde ahora yacen las fiestas de la primavera o los clásicos universitarios, relegándose ese tipo de humor a los periódicos de bromas permanentes y a los diarios regionales. Quizás alguna vez nos hizo mucha gracia, pero hoy no nos haría ni cosquillas leer que Carlos Caszely ha firmado por Curicó Unido o que Antonio Vodanovic se ha casado con la Cuatro Dientes.

No deja de ser llamativa esa decadencia del Día de los Inocentes, pues en otros países la costumbre periodística de bromear un día al año permanece intacta. Los chistes de abril son muy corrientes en el hemisferio norte, tanto que hasta los medios más serios no resisten la tentación de tirar una talla. Creo que fue el año pasado cuando la BBC divulgó un supuesto estudio que demostraba que Shakespeare era francés, noticia que se propagó por todo el mundo en cosa de segundos, hasta que la cadena inglesa admitió que todo era una broma. Cuesta imaginar el equivalente chileno: tendría que ser una noticia en El Mercurio , algo así como “Expertos descubren que Gabriela Mistral era argentina”. ¿Quién se reiría? Nadie. Los chistes de Inocentes requieren cierta disposición anímica, cierto entusiasmo que quizás hemos perdido o que nunca tuvimos más que como mera aceptación.

En todo caso, ese desinterés por las bromas, si bien puede ser preocupante por el lado del tedio colectivo, por el lado del bien común tiene la ventaja de quitarles estímulos a los bromistas, especie que en Chile se da de manera torpe y nefasta. El bromista chileno está en el último escalón del humor, más allá del cual se encuentra el delito y el mal. Sus bromas no son de mal gusto, sino de irrespeto e inmoralidad. Ha reemplazado el ingenio por la artimaña, la risa por la burla, la ingenuidad por la idiotez, el dardo satírico por la puñalada artera. El bromista se ríe solo o, si alguien se ríe con él, no conforma con ese público una fraternidad humorística, sino una patota excluyente.

Es extraño e impredecible el destino de los bromistas, que suelen salir impunes de sus fechorías, jabonados por la suerte, incluso cuando les sale el tiro por la culata. Hará unos quince años, en el Día de los Inocentes, a un taxista se le ocurrió ponerse a tono con la festividad metiendo un brazo de utilería en la maleta de su auto, sin siquiera imaginar que enseguida un carabinero iba a dispararle un tiro en la cara, convencido de que el hombre estaba escondiendo un cadáver. Tras un largo juicio, el Fisco fue condenado a pagarle al bromista una indemnización de 65 millones de pesos.