Un Emmy para el juez Guzmán

h sotoEn la ficción de Borges, concretamente en su cuento El fin, todo el destino de un individuo puede estar contenido en un instante: es “el momento en que un hombre sabe para siempre quién es”. Y aunque nunca sabremos si el juez Guzmán se dio oportunamente cuenta de que el suyo fue cuando decidió procesar por primera vez al general Pinochet, está claro que no pasó mucho tiempo antes de reparar que esa sola resolución iba a asegurarle un puesto en la historia.

No sólo en la historia. La gente también suele moverse por cosas más tangibles. Ahora posiblemente también entrará a los anales de la National Academy of Televisión Arts and Sciences, luego que la entidad diera a conocer esta semana que el documental El juez y el general, que el ex magistrado protagoniza y que fue dirigido por el documentalista chileno Patricio Lanfranco y la periodista e historiadora estadounidense Elizabeth Farnsworth, figura en la categoría “programación histórica sobresaliente” entre los nominados para el prestigioso premio Emmy, cuyos ganadores serán anunciados el próximo 21 de septiembre, en el Frederick P. Rose Hall, Home of Jazz, del Lincoln Center de Nueva York.

La película El juez y el general fue exhibida en el programa Point of View de la cadena de Televisión Pública de los Estados Unidos, que no por nada fue la que obtuvo más nominaciones a los galardones de este año.

Aunque la sola nominación constituye un triunfo importante, es dudoso que este reconocimiento contribuya a “botar los muros de silencio respecto del filme en Chile”. Tales fueron las expresiones que utilizó su director para referirse a la escasa divulgación que la cinta ha tenido hasta el momento en Chile.

Aunque bien podría pensarse que corresponde aplicar aquello de que nadie sea profeta en su tierra, forzoso es reconocer que El juez y el general es básicamente una película concebida, realizada y formateada para el mercado externo. En Chile, por decirlo sin rodeos, todos nos conocemos, y concretamente la trayectoria del juez Juan Guzmán Cruchaga no cuadra mucho con la épica excavadora y justiciera en que el documental inserta su actuación. Está bien: hizo lo que tenía que hacer. Pero se preocupó de hacerlo cuando había cámaras y cuando sabía que sus resoluciones iban a entrar como por un tubo a los engranajes industriales de la conciencia políticamente correcta de esta época. Guzmán no es el primero ni tampoco el único que se encontró con su destino cuando topó con Pinochet.

La sensación de los autores de este documental de haber sido ninguneados en Chile no es muy distinta del sentimiento de mezquindad e ingratitud con que se quedaron en distintos momentos figuras como Ariel Dorffman o Patricio Guzmán, luego que trabajos suyos relacionados con el golpe y con la tragedia política chilena encontraran mejor recepción afuera que adentro.

Eso es cierto. Pero también lo es que ellos pensaron más en el extranjero que en Chile, lo cual en un mundo globalizado no sólo es atendible, sino también muy legítimo. El problema es que, para bien o para mal, en esto la globalización no es absoluta ni perfecta. La piscina global no tiene en todas partes los mismos niveles de profundidad. Afuera, como nadie quiere saber de muchos matices ni tampoco tiene tiempo para procesarlos, gustan los productos en blanco y negro. Acá adentro, en cambio, las costuras de las simplificaciones y de los gestos de bravura tardía se notan más. Entonces hay que elegir y al momento de hacerlo, ni la película ni el juez Guzmán se equivocaron. El único que se equivocó medio a medio -vaya que se equivocó feo- fue el general.