Un gran salto a ninguna parte

tom wolfeTom Wolfe / Revista del Sábado / En medio de las recientes celebraciones por los 40 años del primer alunizaje, el gran periodista y escritor Tom Wolfe -autor de The right stuff (Elegidos para la gloria), en que narra el primer proyecto de EE.UU. para preparar astronautas- escribe aquí una ácida crítica contra la carrera espacial de su país.

Fue un pequeño paso para Neil Armstrong, un salto gigantesco para la humanidad y un rodillazo en la ingle para la NASA.

El programa espacial estadounidense, el esfuerzo más grande -¿puedo agregar “digno de un dios”?- en la historia del mundo, murió a las 22:56, hora de Nueva York, el 20 de julio de 1969, cuando el pie del comandante Armstrong, de la Apolo 11, tocó la superficie lunar.

Como más de un joven de la época, sentí fascinación por los astronautas. Si alguien me hubiera dicho en julio de 1969 que el ruido del pasito de Neil Armstrong sumado al paso enorme de la humanidad eran sólo el ruido de los sepultureros arrastrando los pies junto a la tumba, habría desviado los ojos y sacudido la cabeza.

¡Bueno, mandar el hombre a la Luna fue apenas el preludio! La Luna no era más que un satélite de la Tierra. La gran aventura sería la exploración de los planetas… Hacía tiempo que la NASA tenía todo preparado para enviar hombres a Marte empezando por vuelos cercanos al planeta en 1975. Wernher von Braun, el científico de los cohetes alemanes que se pasó a nuestro bando en 1945, había diseñado un proyecto piloteado a Marte desde el momento en que llegó. En 1952 publicó su Proyecto Marte en una serie de artículos para la revista Collier. Causó sensación. Teniendo en cuenta el triunfo del Proyecto Apolo, Marte vendría a continuación. Lo único que la NASA y Von Braun necesitaban eran las bendiciones del Presidente y la gran aventura sería realidad.

Sin embargo, tres meses después del alunizaje, en octubre de 1969, empecé a dudar… Yo estaba en Cabo Kennedy, el centro de lanzamiento del programa espacial, en un autobús visitando la NASA. El maestro de ceremonias del vehículo era un hombre alto y apuesto de casi 40 años… y sin talento para contarles a los turistas del tour lo que estaban viendo.

Tan malo era que al final de la visita lo abordé. Desde luego, no había venido a la Tierra para ese trabajo. Era un ingeniero que hasta hacía muy poco tiempo había sido experto en protección térmica en la NASA. Se había iniciado una ola de despidos y su puesto fue eliminado. Era tan grave la situación que se sentía afortunado de haber encontrado ese empleo menor. Neil Armstrong y sus dos compañeros de tripulación, Buzz Aldrin y Mike Collins, seguían de gira triunfal por el mundo… mientras que ahí, el equipo irreemplazable de la NASA de científicos espaciales estaba disolviéndose. ¿Cómo podía pasar algo así? A la distancia, la respuesta es obvia. La NASA había desestimado reclutar filósofos. A partir de que los soviéticos lanzaron el Sputnik I en órbita alrededor de la Tierra en 1957, todos, desde los presidentes Eisenhower, Kennedy y Johnson para abajo vieron la así llamada carrera espacial como una sola cosa: una justa militar. Al principio hubo temores de que los soviéticos tomaran “territorio estratégico” del espacio. Ya estaban ahí, ¡encima de nosotros! Podían lanzar rayos cuándo y dónde quisieran. ¡Boom! Ahí va Bangor… ¡Boom! Ahí va Boston… Nueva York… Baltimore… Denver… San Jose como si nada.

Los físicos se apresuraron en señalar que nadie elegiría el espacio como lugar desde el cual atacar la Tierra. La nave espacial, el misil, la Tierra misma, además de la rotación de ésta, viajan a velocidades violentamente distintas en planos geométricos violentamente distintos. Entrarían en el famoso “problema de tres cuerpos”. Además, los cohetes que habían puesto en órbita las naves tripuladas de cinco toneladas de los soviéticos eran dignos de tener en cuenta. Tenían potencia como para llegar a cualquier lugar de la Tierra con ojivas nucleares.

Pero no fue eso lo que pensó el Presidente Kennedy cuando convocó al administrador de la NASA, James Webb, y a su adjunto, Hugh Dryden, en abril de 1961. El Presidente estaba deprimidísimo. No paraba de decir: “Si alguien pudiera decirme cómo alcanzarlos. Busquemos a alguien -a quien sea-… No hay nada más importante”. Alcanzarlos era su obsesión. Nunca mencionó los cohetes.

Dryden dijo que, francamente, no había forma de alcanzar a los soviéticos en cuanto a vuelos orbitales. Mejor sería anunciar un programa de choque de la magnitud del Proyecto Manhattan, que había producido la bomba atómica. Sólo que el objetivo esta vez sería mandar un hombre a la Luna en los siguientes 10 años. Apenas un mes después Kennedy pronunció su famoso discurso ante el Congreso: “Este país debe comprometerse a alcanzar el objetivo, antes del fin de esta década, de poner al hombre en la Luna y traerlo otra vez a la Tierra”.

De manera intuitiva, Kennedy había elegido otra forma de justa militar, extrañamente arcaica. Se llamaba “combate individual”. El combate individual más famoso fue el de David contra Goliat. Antes de que los ejércitos enemigos chocaran en combate, cada bando enviaba a su “campeón” y los dos luchaban a muerte, en general con espadas. El ganador le cortaba la cabeza al perdedor y la blandía por los pelos. Dos milenios después, el clima mental de la carrera espacial era ese. Los detalles del combate individual diferían. Cosmonautas y astronautas no se decapitaban entre sí. Lo que hacían los bravos campeones de cada lado era arriesgar sus vidas en cohetes, mientras sus compañeros en tierra tiraban de la espoleta y los disparaban al espacio.

Los soviéticos enseguida sacaron ventaja. Fueron los primeros en poner un objeto en órbita alrededor de la Tierra (Sputnik), un animal en órbita (una perra), un hombre en órbita (Yuri Gagarin). Cuando la NASA terminó de poner a dos astronautas en vuelos suborbitales de 15 minutos a las Bahamas -¡las Bahamas, 15 minutos!-, los soviéticos pusieron un segundo cosmonauta en órbita. Permaneció allí 25 horas y dio vuelta al globo 17 veces. ¡OK, los dioses habían mostrado su favoritismo!

A esa altura, el clima mental de la carrera espacial con cohetes de los 60 y el combate con espadas se parecían tanto que cabía preguntar: ¿la bestia humana cambia o sólo lo hacen sus artefactos? Cada vez que uno agarraba el diario leía titulares con la frase BRECHA ESPACIAL… Los soviéticos habían producido una generación de genios científicos -mientras nosotros dormíamos, gordos y satisfechos-. Los educadores empezaron a tirar al diablo programas escolares en cuanto el Sputnik subió, introdujeron la Nueva Matemática e hicieron énfasis en la Teoría de la Autoestima.

Por fin, en febrero de 1962 la NASA consiguió poner un hombre en la órbita terrestre, John Glenn. Es necesario haber vivido en esa época para comprender la reacción del país. Estuvo arriba sólo cinco horas, en comparación con las 25 de Titov, pero era nuestro… ¡protector! Contra todo lo esperado, había arriesgado su pellejo por… ¡nosotros! John Glenn nos curó.Antes de su desfile por Broadway nunca se habían oído tantos vítores. Policías irlandeses grandotes, clásicos de Nueva York, salieron a las esquinas lagrimeando. Después empezó la serie de vuelos Gemini con dos hombres.

Con Gemini, nos atrevimos a preguntarnos si no estaríamos acercándonos quizás a los soviéticos en ese combate individual. Pero contuvimos la respiración, temerosos de que el anónimo jefe de diseño soviético pudiera vencernos de nuevo con alguna hazaña inimaginable.

Por supuesto, la CIA difundió informes de que los soviéticos estaban al borde de un viaje a la Luna.

La NASA ingresó en el mayor programa de choque de todos los tiempos: el Apolo. Lanzó cinco misiones lunares en un año, de diciembre de 1968 a noviembre de 1969. Con Apolo 11 por fin ganamos la carrera, pusimos un hombre en la Luna antes del fin de esa década y lo trajimos de vuelta.

Todos, incluido el Congreso, fueron presa de la fiebre de adrenalina. Pero resulta que a la mañana siguiente los congresistas empezaron a preguntarse algo que no surgía desde el discurso de Kennedy. ¿En qué consistía esa cuestión del combate individual? (Ellos no usaron esa expresión). Había sido una batalla por el espíritu interior y la imagen externa. De acuerdo, ganamos, pero no tenía ninguna relevancia militar táctica. Y había costado una fortuna, cerca de US$150.000 millones. ¿Y eso de mandar el hombre a Marte y toda la música? Más de lo mismo, pensándolo bien. Qué visionario… pero, ¿por qué no hacemos como Scarlett O’Hara y lo pensamos mañana?

El presupuesto anual de la NASA cayó de US$ 5.000 millones a US$ 3.000 millones en los 70. Y en ese momento, tan luego, la falta de un equipo de filósofos en la NASA pasó a ser un verdadero problema. Sucede que la NASA tenía un solo filósofo, Von Braun. Hacia el final de su vida, él sabía que se moría de cáncer y se volvió muy contemplativo. Yo lo oí en una cena en su honor en San Francisco. Planteó qué cosa era en verdad el programa espacial.Dijo algo así: aquí en la Tierra vivimos en órbita alrededor del Sol, una estrella ardiente que algún día se quemará, con lo cual nuestro sistema solar se volverá inhabitable. Por lo tanto, debemos construir un puente a las estrellas porque somos las únicas criaturas sensibles del universo. ¿Cuándo empezamos a construir ese puente de estrellas? En cuanto podamos y este es el momento.

Por desgracia, la NASA no podía presentar como vocero y gran filósofo a un ex alto miembro de las Wehrmacht nazis. Por consiguiente, el programa espacial lleva 40 años matando el tiempo con una serie de proyectos orbitales… Skylab, la misión conjunta Apolo-Soyuz, la Estación Espacial Internacional y el transbordador espacial. Estos programas requirieron un nivel de ingeniería comparable a los programas tripulados que los precedieron. Pero su objetivo ha sido principalmente mantener encendidas las luces en el Centro Espacial Kennedy y el Centro Espacial Johnson de Houston. En rigor, el programa del transbordador estaba pensado para atraer al público con viajes para turistas, pero terminó en el desastre del Challenger.

¡Cuarenta años! Todos en la NASA saben desde hace 40 años que el siguiente paso lógico es una misión tripulada a Marte, y cada propuesta ha sido bien recibida sólo brevemente por los presidentes. Tienen tantos proyectos espectaculares que podrían usar mejor los casi US$ 10.000 millones anuales que requeriría el programa a Marte. Hay incluso otra propuesta en este momento y no tiene ninguna chance frente a Depresión II. ¿Por qué no mandan robots? es la cantilena habitual. Y una vez más es el difunto Von Braun quien da la respuesta. Una de las cosas que más le gustaba decir es que no hay ningún explorador informático en el mundo con más de una diminuta fracción del poder que tiene la computadora análoga química conocida como cerebro humano. El 20 de julio de 1969 fue el momento en que la NASA necesitó, más que ninguna otra cosa en el mundo, la Palabra. Pero era algo para lo que los ingenieros no tenían especificaciones. En este momento es la única solución para recuperar el verdadero destino de la NASA, que es, claro, construir ese puente a las estrellas.