Un reality en la Cámara de Diputados

h-sotoHéctor Soto / blog / Lo más revelador del Informe Especial emitido esta semana por TVN no es que los diputados se metan a Facebook durante las sesiones, que marquen asistencia y después se manden cambiar o incluso que sean lo bastante caraduras para irse a lustrar los zapatos a la Plaza Victoria -¡qué terrible, qué feroz!- mientras sus colegas se latean pronunciando o escuchando discursos en el hemiciclo. Lo más revelador va por otros lados. Va, primero, por la cantidad de gente en la televisión chilena que sigue creyendo que una conducta se vuelve necesariamente sospechosa si no es capaz de soportar el escrutinio de una filmación subrepticia o una cámara oculta. Y va también por el error de suponer que la ética y la estética de los realities pueden ser compatibles con el rigor y la seriedad que requieren las denuncias y la fiscalización a los poderes públicos.Las dos derivadas son preocupantes. La primera porque, en particular después del triste episodio del juez Calvo en el caso Spiniak, se pensaba que el uso invasivo de las cámaras se iba manejar con mayor prudencia; en esa oportunidad quedó en claro que incluso en quienes figuraban entre las conciencias más liberales de nuestro país habitaba en el fondo un pequeño general Contreras. La segunda, porque tal como para comer pescado, para denunciar hay que tener mucho cuidado. No es cosa de echar al mismo saco al que se arranca temprano los jueves, al que acciona por otro el botón de votación y al que conduce como bala de regreso a Santiago. A lo mejor, todo es ligeramente escabroso y da rating. Pero esta mezcolanza pierde seriedad cuando entre ambos malentendidos, se infiltra, además, un cierto hedor a superioridad moral que rasga vestiduras y exige de nuestros honorables un estándar ético harto superior al del país en su conjunto. Si bien esa demanda es legítima -los dirigentes políticos deben ser modelos de conducta y por eso es más grave que una autoridad falsifique una factura a que lo haga un ciudadano común- el tono del programa encierra una trampa intelectual. No es cierto que los parlamentarios chilenos estén por debajo de la calidad promedio del país.

El equipo de TVN estuvo ocho meses registrando las rutinas de los diputados y la investigación fue presentada como el parto de los montes. Pero la bomba que se quiso detonar apenas ha dado para un cuete: acusete tira cuetes. En toda organización medianamente sensible a indicadores de eficiencia, algún directivo debería estar preocupado por la deprimente correlación entre costos y beneficios del programa. Haber montado esta tremenda zalagarda, este macizo operativo de seguimiento desarrollado con ojo voyerístico y tecnología de punta, para establecer que hay diputados que sacan la vuelta, que entran a la página de la hípica cuando la sesión ya ha comenzado o que escupen en la calle, sólo habla de dos distorsiones serias. La primera es convertir en espectáculo facilón lo que debió ser una investigación serena y conducida con responsabilidad ciudadana. La segunda revela que esta vez alguien no entendió mucho del capítulo de periodismo investigativo del libro que tuvo que leer en la escuela. Si no lo entendió, podría al menos haber repasado las recientes denuncias del Dayly Telegraph, el diario británico que ha puesto contra las cuerdas de la probidad a la Cámara de los Comunes en Inglaterra, al revelar que decenas de parlamentarios estaban utilizando dineros públicos para financiar gastos estrictamente privados. Claridad en la denuncia, claridad en el fraude y claridad en la identidad de los implicados.

En toda sociedad es sano y es estimulante que los medios sean capaces de fiscalizar a los poderes públicos y de investigar asuntos en los cuales estén involucrados valores fundamentales para la convivencia. Esto no tiene nada de teórico y hay que reconocer que la televisión chilena ha hecho algunos aportes notables en este plano (casos de Paul Schäfer, de Lavandero y de Zacarach, aparte de algunas notables coberturas informativas en el exterior…).

Sin embargo, tan importante como aquello es que las investigaciones sean serias y conducentes. Pero para eso hay que trabajar duro. No es cosa sólo de estar al cateo de la salida del edificio del Congreso con un buen teleobjetivo. La debilidad de la investigación de Informe Especial está en poner el acento donde no debe. Está en juzgar a los diputados no porque hagan malas leyes (que las hacen), no porque estén cooptados por intereses espurios (que muchas veces lo están), no porque sean improductivos, no porque hagan bien, regular o mal su pega, sino en llevarlos al patíbulo del escarnio público porque se van antes, porque le marcan el voto al colega de bancada o porque el alumno en práctica que mandaron a hacerle la encerrona en la oficina distrital no los encontró y el cuidador de autos de la cuadra dice que “no viene na”. Vaya testimonio el suyo. Vaya rigor el de esta investigación. Lo peor es que estas chapucerías, cocinadas en la escuela del resentimiento cívico, encienden furias y arrancan aplausos en la galería. No hay nada más barato hoy en Chile que hacer leña de los políticos. Es una ganga. Una ganga que da rating y el canal de todos los chilenos lo sabe.

Por las dudas, en el futuro será mejor desconfiar de los indicadores de asistencia que entrega la Cámara. De seguro, a raíz del programa, la propia corporación tomará medidas para evitar que se sigan haciendo trampas o cometiendo abusos e indudablemente eso es positivo. Pero la pregunta que queda pendiente es si para mejorar el Parlamento era necesario montar este reality.