“Viejo zorro”: Ancianos en el trasnoche

cristián leightonFrancisco Aravena / Wiken / Escondido en el patio trasero del trasnoche del domingo, Chilevisión exhibe una nueva temporada de un programa improbable y entrañable. “Viejo zorro” es una realización de Surreal, la productora del documentalista Cristián Leighton, financiada con aportes del CNTV. Es cierto, no es un imán del rating, pero su horario no ayuda a darle relevancia a un programa que debería enorgullecer a su canal emisor. En cambio, en estas circunstancias, a “Viejo zorro” -a pesar de haber tenido una elogiada primera temporada, por la que su director estuvo nominado al premio Altazor el año pasado- hay que descubrirlo, tal como los productores del programa encuentran a sus fascinantes protagonistas. El mercado es cruel, decía un presidente, pero tirar a pelear a estos quijotes ancianos contra el soponcio de las horas finales del domingo parece al menos extremadamente pragmático. Es probable que si este programa no llevara la rúbrica de Leighton pasaría aún más inadvertido. Es probable también que si él no estuviera detrás le creeríamos un poco más a esa elegante distancia que parece no decir mucho para luego despacharse verdades más grandes que la vida en boca de sus protagonistas.

La premisa de “Viejo zorro” es simple: destacar la extraordinaria historia de ancianos que hacen algo más que recordar o “mantenerse activos” y en cuya existencia probablemente no hemos reparado. Por supuesto, una producción así corre el constante riesgo de caer en ese paternalismo tan común al trato de la televisión con los niños y ancianos. El hecho de que el relato sortee ese obstáculo confirma la gran estatura de este programa. Son justamente los clichés del subgénero -“abuelitos en tv”- que “Viejo zorro” evita lo que mejor deja en claro por qué es mucho más que su espléndida producción. La narración es simple pero respetuosa, sin renunciar a la ambición de la pregunta provocativa proferida tras la cámara por un equipo que permanece anónimo pero no pretende engañar con una asepsia imposible. Las historias que cuenta parten de la curiosidad, fascinación y entusiasmo de quien nos muestra a un “viejo” que acaba de descubrir, y no cae, por ejemplo, en ese tono quejumbroso de “Chile no reconoce a sus mayores” o monsergas por el estilo.

Esta no es una serie sobre el pasado ni sobre lo injusto y duro del presente con nuestros viejos y viejas (“una vista privilegiada de la vida”, grita su optimista lema); las quejas y las monsergas las podrá maquinar, si quiere, el espectador. A fin de cuentas, el discurso -porque sí hay uno- está en el simple hecho de mostrar, y no necesita de moralinas ni musicalizaciones cebolleras para manifestarse. Aquí hablan los viejos y las viejas, y el tono lo ponen ellos. La cámara, la narración, el montaje de “Viejo zorro”; y hasta la delicada música de Miranda & Tobar, simplemente nos muestran a alguien que probablemente no hemos visto: es quizás la idea más básica y subversiva de la televisión de hoy.

 

Por Francisco Aravena.