WikiLeaks: la vida de los peces

Wikileaks03Observatorio / Carlos Peña en El Mercurio dominical sostiene que la reciente desclasificación de documentos secretos por parte de Wikileaks prefigura un mundo al revés del orweliano: “Si en el mundo de Orwell los ciudadanos somos vistos sin que podamos ver quién nos ve, en el mundo que anuncia WikiLeaks la situación está invertida: quien ejerce el poder es, tarde o temprano, visto por millones y millones de ojos sin que él, por su parte, pueda ver quién lo ve”. Claro que si  lo anterior representa una amenaza para el poder también lo es para la libertad individual, en cuanto existe la disponibilidad técnica para poner bajo los focos las zonas más íntimas de nuestras vidas, afirmas Peña.

Lea a continuación el artículo íntegro:

Carlos Peña / Reportajes/

WikiLeaks: la vida de los peces

Los 281.257 mensajes hechos públicos por WikiLeaks —“el mundo será mejor después de esto”, declaró el creador del sitio, Julian Assange, mientras huía acusado de abusos sexuales— permiten asomarse a casi todos los intersticios de la política exterior norteamericana. Los lectores de todo el mundo son así testigos, o voyeurs, de las observaciones, maledicencias, cotilleos, trampas, arreglos, zancadillas e indiscreciones con las que se teje cotidianamente, y, de paso se aliña, la política.

Nada parecido había ocurrido desde que, en junio de 1971, The New York Times, enfrentando las iras de Nixon, divulgó los papeles del Pentágono.

Y, como entonces, hoy se plantean al menos tres problemas: ¿por qué los periodistas tendrían el derecho de divulgar información que las autoridades democráticamente elegidas decidieron mantener en secreto?, ¿acaso no hay que controlar la información si ella, a juicio de la autoridad democrática, acarrea un peligro? Ese es el primer problema. ¿Qué relaciones hay entre la verdad y la política? ¿Es la hipocresía que muestran estos documentos, o la sinceridad ausente de ellos, el valor supremo de la vida política? Ese es el segundo problema. ¿La experiencia que anuncia WikiLeaks hará el mundo mejor o peor? ¿La transparencia que prefigura es una bendición o una amenaza?

Ese es el tercer problema.

Wikileaks-founder-Julian-Assange¿Los periodistas por encima de la democracia?

La objeción más incisiva al papel de la prensa en el caso WikiLeaks la formuló, por estos días, uno de los lectores al director de The New York Times. ¿Con qué derecho, preguntaba el lector, un puñado de periodistas divulgaba información que los políticos elegidos, que contaban con la confianza del pueblo, habían decidido mantener en secreto? ¿Acaso los políticos elegidos por el pueblo no tienen mayor legitimidad para tratar de los asuntos que nos conciernen a todos —decía ese lector— que los periodistas a quienes la ciudadanía no les ha confiado explícitamente nada?

La objeción del lector de The New York Times suena perfectamente razonable: si un grupo de políticos que han recibido la confianza del pueblo para manejar los asuntos comunes decide que por el bien de todos cierta información ha de mantenerse en secreto, ¿por qué sería admisible que los periodistas la divulgaran? ¿De cuándo acá los periodistas pueden pasar por encima de las autoridades democráticas?

Esa objeción esconde, sin embargo, un error.

Lo que ocurre es que la democracia no puede consistir en el puro imperio de la regla de la mayoría. Si así fuera, quien triunfa en las elecciones podría hacer cualquier cosa, entre ellas modificar el procedimiento en su propio favor, mentir impunemente o violar los derechos de las personas. Algo así es inadmisible. De ahí entonces que todas las democracias deban contar con mecanismos independientes para controlar el poder, incluso el obtenido por medios legítimos.

Y el papel de la prensa es justamente ese: controlar el poder, sujetarlo, recordarle que no puede hacer cualquier cosa.

Nadie lo ha explicado mejor que la Corte Suprema en el caso de los papeles del Pentágono ocurrido el año 1971.

Entonces, llegaron a manos de The New York Times los cuarenta y siete volúmenes del informe que sobre la política norteamericana en Indochina, desde la segunda guerra a mayo de 1968, había encargado R. McNamara. La publicación de esos papeles desató una batalla judicial. ¿Acaso la seguridad nacional —cuya custodia por mandato del pueblo le correspondía al Presidente— no mandaba impedir que se divulgara ese informe? Fue lo que los abogados de Nixon solicitaron.

La Corte, sin embargo, decidió que el periódico tenía derecho a dar a conocer esos papeles sin censura previa.

El derecho a la libre expresión —a informar sin censura de ningún tipo— no podía morigerarse, sugirió la Corte, echando mano a la seguridad nacional. Si se aceptara que el poder puede esgrimir ese tipo de pretextos inevitablemente vagos, pretextos que sólo él estaría en condiciones de apreciar, la libertad se haría humo. “Por eso —agregó el juez Black—, lejos de merecer la condena por su valiente labor informativa, The New York Times, The Washington Post y otros periódicos deben ser elogiados por servir a la finalidad que los Padres Fundadores vieron con tanta claridad. Al revelar los mecanismos de gobierno que llevaron a la guerra de Vietnam, los periódicos hicieron precisamente lo que los fundadores esperaban y confiaban que iban a hacer”.

Y es que la prensa —concluyó la Corte— está para servir a los gobernados, no al gobierno.

No está mal que, a propósito de WikiLeaks, aprovechemos de recordarlo también entre nosotros.

La política y la sinceridad

Pero el caso WikiLeaks no sólo planteó el problema de las relaciones entre la prensa y el gobierno (una relación que llevó a Burke a llamarla el “cuarto poder”, fijando de ahí en adelante un modelo normativo para el oficio). El contenido de sus revelaciones también despertó el viejo problema de cuáles son los vínculos entre la verdad y la política.

Los cables que hasta ahora se han revelado dejan de manifiesto que no hay profesión más insincera que la de político. Al lado de ella, la de vendedor de autos usados parece una lección de veracidad y los cuenteros semejan principiantes. Los políticos conversan, sonríen y prometen —a juzgar por los papeles de WikiLeaks— con las manos en la espalda y con los dedos cruzados.

Esto, por supuesto, no debe sorprender a nadie. La verdad y la política nunca se han llevado demasiado bien y, como observa H. Arendt, por eso hasta ahora nadie, o casi nadie, ha puesto a la veracidad entre las virtudes del político. Un político veraz —alguien que dice exactamente lo que piensa— suele ser un desastre.

En cambio, los grandes políticos —aunque suene terrible— fueron también capaces de grandes y eficientes mentiras.

Para probarlo basta citar los casos de De Gaulle y de Adenauer, los padres de la Francia y de la Alemania modernas. Ambos erigieron la prosperidad de sus respectivos países sobre mentiras obvias: la de que Francia era una de las vencedoras de la Segunda Guerra (De Gaulle), y la de que la barbarie del nazismo alemán fue la locura desatada de unos pocos (Adenauer).

Pero —fuera de esa constatación general—, ¿hay algún vínculo especial entre la política democrática y la sinceridad?

Hay quienes piensan que la política democrática se caracteriza por cultivar la sinceridad. Un político demócrata sería veraz y se entusiasmaría con la transparencia. Sería alguien —como gustaba decir Bachelet, citada por estos días en los papeles de WikiLeaks— que “dice lo que piensa y hace lo que dice”. ¿Es razonable eso? ¿Es deseable un mundo en el que todos renuncien a las máscaras y la política se haga desde la más estricta sinceridad?

En absoluto. Basta un somero examen para darse cuenta de que la sinceridad, llevada al extremo, puede ser desastrosa en la esfera de la política.

Las sociedades democráticas se caracterizan por admitir convicciones y formas de vida radicalmente distintas unas de otras. Usted admite que su vecino viva y piense distinto de usted y, a cambio, su vecino admite lo mismo. En medio de esa diversidad, la única posibilidad de diálogo y de encuentro es que cada uno deje en las sombras una parte muy importante de lo que piensa y cree. Eso permite que usted y su vecino tengan relaciones cordiales y periféricas. Pero si su vecino, entusiasmado con la virtud de la sinceridad, le dice a usted todo lo que piensa y todo lo que de veras cree, sin ocultarse nada, es probable que su vida se transforme en un infierno. Nadie soporta tanta realidad. En un mundo plural y absolutamente sincero —en un mundo donde todos dicen lo que piensan y hacen lo que dicen— la convivencia es imposible. La honestidad total es incivil.

Por eso David Ruciman —autor de Political Hypocrisy— ha sostenido que en la vida pública la elección no es entre sinceridad e hipocresía, entre la verdad y la mentira, sino entre la hipocresía democrática, que enseña que no se puede decir todo lo que se piensa, y la transparencia total de quien cree que todo lo que piensa merece ser dicho.

Se trata de escoger entre la máscara del poder y el poder sin máscaras.

Y el poder sin máscaras —el poder que es absolutamente sincero y transparente— no tiene trabas. Así es mejor la hipocresía: siquiera el homenaje que el vicio rinde a la virtud.

¿Parece cínico reconocer que la hipocresía política que muestran los papeles de WikiLeaks es inevitable? Puede ser, pero es todavía más cínico pretender que la política puede ser absolutamente sincera. La más peligrosa forma de la hipocresía es pretender que la política no la tenga. Lo que enseñan los papeles de WikiLeaks —al mostrar que los políticos y diplomáticos conversan con los dedos cruzados— es que la falta de sinceridad es la que hace posible los acuerdos y la convivencia democrática.

Los políticos oyeron al Yago de Shakespeare:

“¡Oh mundo monstruoso! toma nota, toma nota, ¡oh mundo!

Ser franco y honesto no es prudente”.

Orwell al revés

Pero no acaban ahí las preguntas que deja planteadas el caso WikiLeaks, esta montaña de cables indiscretos y a veces maledicentes que la prensa mundial está entregando por capítulos, mientras los presidentes, diplomáticos, ministros y generales aguantan la respiración y hacen memoria para saber por anticipado si dijeron algo de lo que hoy deban arrepentirse.

¿El mundo que WikiLeaks prefigura —la disponibilidad total, o casi total, de la información en casi todos sus pormenores— es buena o es mala?

Entre todas las pesadillas modernas, una de las más inquietantes es la orwelliana. En ella los seres humanos estamos a disposición de un Gran Hermano que es capaz de observar al detalle todo lo que hacemos o dejamos de hacer hasta sus últimos intersticios. En la pesadilla de Orwell, el Gran Hermano se parece al panóptico de Bentham: es un artificio que permite que quien ejerce el poder vea a los ciudadanos y los vigile sin que éstos, por su parte, puedan verlo. La exageración orwelliana del poder es pues esa: alguien que ve sin ser visto.

El fenómeno que insinúa WikiLeaks es exactamente el inverso del de la pesadilla de Orwell. Si en el mundo de Orwell los ciudadanos somos vistos sin que podamos ver quién nos ve, en el mundo que anuncia WikiLeaks la situación está invertida: quien ejerce el poder es, tarde o temprano, visto por millones y millones de ojos sin que él, por su parte, pueda ver quién lo ve. Después de la experiencia de WikiLeaks, quienes ejercen el poder están advertidos: tarde o temprano esa observación, ese comentario indiscreto, esta trampa, será conocida de todos. Y es probable que esa conciencia pueda ayudar a que las decisiones sean mejores. Una de las ventajas de la publicidad —enseñaba Kant— es que obliga a pensar en los demás a la hora de tomar las decisiones.

Pero, es obvio, lo que es bueno cuando se trata del poder puede ser fatal en la vida de los ciudadanos de a pie. Si la disponibilidad de la información ayuda a controlar el poder, también hace a los ciudadanos más frágiles.

La individualidad de un ser humano no es tanto lo que muestra, sino lo que oculta, eso que mantiene lejos de la mirada y los oídos de los demás. Lo que cada hombre o mujer es se dibuja sobre un fondo difuso que nadie conoce bien y que sólo adquiere nitidez cuando aumentan las relaciones de confianza. Esa sombra que cobija y que dibuja a cada uno es un recurso que hace posible la libertad. Si WikiLeaks hizo bien al recordar la impostura de la política —las trampas de las que está hecha— también puso de manifiesto cuánta disponibilidad técnica hay para amenazar la individualidad de cada uno y disipar esas sombras en las que cada uno se refugia y que, hasta cierto punto, lo constituyen.

Un mundo del todo transparente en el que todos sepan todo, no es apetecible. Tampoco uno en el que la sinceridad sea la regla. Lo que es bueno a la hora de controlar el poder, no lo es a la hora de proteger la individualidad.

Y es que sólo quien está en el poder debe ser como un pez en la pecera.