Alfredo Castro, director teatral y actor:”Paremos la estupidez…”

alfredo-castro2María Paz Cuevas / LND /  Desde la mentira, mira la realidad. Desde la ficción de sus roles, Alfredo Castro observa la crisis, la miseria del país, los acomodos del poder, las burlas del sistema al ciudadano promedio y las pillerías de la competencia televisiva. Protesta, se enrabia y sufre. También raya su propia cancha: firme en Chile y en la cárcel antes que arrendarse para capear la tormenta que a todos, incluido él, les cayó encima.
Alfredo Castro se apoya en uno de los enormes muros de piedra de TVN y la espalda de su chaqueta negra todavía está caracterizado como Guido Wedell, el gerente de contenidos en la teleserie “Los exitosos Pells” queda sucia. Lo sacudo limpiándole el polvo, pero a él parece no importarle mucho haber quedado cochino.

En realidad, no le importa nada. Su cabeza está en otras embarradas más de fondo que de forma, aunque apenas tiene tiempo de algo: a las siete de la mañana está en pie.

Graba la teleserie desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde. Luego se va a su escuela, el Teatro de La Memoria, a enseñar, administrar y presentar cursos; y después regresa a su casa mientras repasa los guiones que debe memorizar para el día siguiente.

A las once de la noche recién está sentado, comiendo, después de 14 horas sin parar. Sin embargo, Castro piensa en esas embarradas de fondo.

En el egoísmo generalizado de los transeúntes en Santiago, en las falsas fachadas de bienestar que no le parecen, en cómo sustentar cultura a través de la crisis, en lo que provocó Canal 13 al lanzar su teleserie antes de lo esperado y sin contarle a nadie.

Eso fue estrés puro para el elenco en el que está. Tuvieron que apurar las grabaciones y reaccionar casi instantáneamente. Algo que a Castro no le pareció nada bien.

-Supe que no te gustó nada la jugada del Canal 13 de sacar su teleserie sorpresivamente.

-Sí, es cierto. Me parece una jugada muy poco ética que Canal 13 adelantara su teleserie, aunque creo que es un síntoma de lo que pasa a nivel país. Es la sensación de que la gente está viviendo como “aquí vivo yo y nadie más”. Es decir, voy en mi auto, el de al lado me importa una breva y el de atrás también. Hay una enorme falta de solidaridad. En este negocio siempre hubo acuerdos. Acuerdos que se rompían un poquito más, un poquito menos, en gallitos como pasarse cinco minutos, empezar dos minutos antes. Pero lo de ahora me pareció completamente irracional y con una devuelta de mano que fue un verdadero combo en el hocico. Y yo lo lamento porque no se trata de eso tampoco.

-Pero siendo un negocio, ¿por qué la televisión debiera funcionar éticamente?

-Entiendo que no funciona así, pero eso me pone en juego a mí. Me molesta mucho que me hagan partícipe de un juego en el que no quiero participar. Acá estábamos muy bien con el ritmo de trabajo que teníamos, pero esa estúpida jugada adolescente obligó a un canal completo, a 200 personas, a reaccionar frente a eso.

-Has dicho que la tele es vulgar y ordinaria, pero el público consume esa vulgaridad.

-Es que no es labor de ellos. Son los dueños, gerentes y miembros de los directorios los que tienen que ponerle un tope a esto. Los países crean redes de cultura y de saber no porque lo pida el pueblo, sino que porque hubo un Presidente que pensó que era mejor hacer cuarenta hospitales, cuarenta bibliotecas y mejor televisión. No está en nuestras manos hacer mejor televisión, sino en las de ellos. Si durante toda tu vida te dan a leer el Condorito, vas a creer que esa es la literatura. La cantidad de porquerías que se está dando es mayoritaria y la gente cree que eso es lo que hay que hacer. Eso es engañarlos: si piensas que es más importante para un país ver a dos mujeres arañándose públicamente, estamos estupendo.

-Pero esta cruzada, ¿no es un poco quijotesca de tu parte?

-No, no es quijotesco. Es poner las cosas en su lugar en la historia. Estados Unidos, el imperio, ¿qué hace frente a esta crisis? Estatiza los bancos. Eso es marxismo. Toda la derecha chilena que está en contra de un Estado fuerte, ahora está golpeando las puertas del Estado para seguir sobreviviendo. Así como antes golpearon los cuarteles, ahora golpean las puertas de La Moneda diciendo: “Sálvennos”. Este canal se supone que es estatal y subvencionado, pero no tiene subvención real porque la derecha pone el grito en el cielo. Entonces no se le puede pedir a este canal que produzca cultura y cultura a cero peso mientras otros dan los Simpson y ganan millones. O los juegos son justos para todos, o el Estado hace su aporte y ganamos todos bien y las chicas que trabajan en vestuario en vez de 120 mil pesos, ganarán el sueldo que corresponde por trabajar 12 horas al día. Eso no es una quijotada, es poner la realidad en la realidad.

-La realidad es que eso pasa en todos lados. Pésimo, pero real.

-Claro, lo jodido es que cuando en Francia sube el valor del Metro o del pan, París se paraliza. Pero acá no hay un poder civil organizado.

-Pareciera que el chileno tiene una capacidad de aguante mayor.

-Es una predisposición a la esclavitud casi como un destino, que nos hace ser bien sometidos a algo que no deberíamos. Acabo de llamar a mi banco porque leí que tienen la obligación legal de traspasar a sus clientes las bajas en los intereses. Pero la respuesta fue: “Mira, lo estamos estudiando. En cuanto nos lleguen las nuevas tasas, te llamamos”. Entonces ¿quién me defiende a mí? ¿Quién le para el carro al banco? ¿Hay un Estado fuerte que me defienda? Contrata cable, televisión y teléfono: se demoran un minuto en la instalación, pero eso falla y tienes treinta días en lista de espera. Dices que no vas a pagar el servicio y te responden: “Entonces lo pasamos a Dicom”. ¿Y me preguntas por qué estamos enrabiados? Porque estamos en las peores manos.

-¿Y qué le vamos a hacer?

-Protestar. Que se alce una voz y digamos “paremos”, porque como dice Radrigán en una obra, nos están hueviando en patota.

-¿Qué tendría que pasar para que surja una respuesta?

-Un nuevo discurso potente. De partida, un quiebre rotundo en la izquierda chilena. Que todos los chantas se queden donde tienen que quedarse y que la gente que todavía manifiesta cierto interés por aquellos ideales que movieron a la izquierda chilena, valores de una tremenda ética, vuelvan a retomar ese discurso y dejen de pensar que era una utopía. Paremos la estupidez: no era una utopía, era perfectamente posible. Educación y salud para todos no son utopías, son derechos humanos. ¿Que un niño tenga derecho a medio litro de leche al día es una utopía? ¿Que la salud sea gratis es utopía? De qué estamos hablando.

EL OBSERVADO TRANSANTIAGUINO

-Has dicho que eres solo. ¿En qué eres solo?

-Quizás en lo mismo que hemos hablado: con mis compañeros de trabajo converso de estas cosas, pero igualmente llego a la casa a las 11 de la noche y me siento frente a la misma mierda de televisión. La gente piensa que uno es muy diferente, un ser súper privilegiado que anda en cuatrosh por cuatrosh. Lo cierto es que finalmente somos gente bastante común y corriente. Cuando termino las clases a las 10 de la noche en mi escuela, me voy a mi casa caminando o en taxi, porque tengo que memorizar quince escenas para el otro día e igual me siento a comer solo. Uno es un pobre mortal con las mismas miserias, penas y rabias que tiene todo el mundo. Una vez en la calle, cuando salió el Transantiago, un gallo me gritó: “Esta es la cagada de tu Presidenta, pos huevón”. Yo andaba a pie, soy un gallo que no tiene auto.

-¿No tienes?

-Tuve que venderlo para hacer mi escuela. Ando en micro, en el Metro, a pie o en taxi.

-Y la gente, ¿qué te dice?

-Noto dos cosas: violencia, porque creen que tengo tremendos privilegios, que estoy haciendo un paseo social arriba del Transantiago o gente que no se atreve a hablarme porque cree que soy un huevón intocable, inabordable, un imbécil demasiado cualquier cosa. Pero igual voy colgando del Metro como un animal más.

-Antes del éxito de “Tony Manero”, pensaste que ya habías terminado con tu tarea de actor, ¿por qué? ¿Cuántos años tienes?

-Hartos.

-¿Y por qué a tus hartos años pensaste eso?

-Porque no había hecho cine y pensaba que haciendo esa escuela, tenía que dedicar mi tiempo a eso. Era una culminación de un trabajo en el cual sentía que tenía el deber de devolverle a mi país lo que me había dado a mí. Además hay que ser un tipo bien plantado en la realidad. Ve cuánta gente vieja está cesante en la tele. ¿Cuántos años me quedarán en la tele? Pocos, muy pocos.

-Pero ese es problema país, no tuyo.

-Sí, pero lo voy a sufrir yo. Soy yo el que me voy a quedar cesante, no la tele. Entonces tengo que prepararme para no morirme en una plaza pública botado en un banco.

-Eso no va a pasar.

-¿Por qué no? ¿A quién le importa? A nadie. Ni al empresariado ni al Estado. Ahora en crisis, estoy pensando cuánto vamos a cobrar para que la gente vaya al teatro y cómo pago los sueldos y los seiscientos mil pesos de luz. ¿Cómo me las voy a arreglar? No sé. Lo que sí sé que es que no voy a montar comedias con mujeres en pelotas para recibir a tipos que paguen diez lucas por verles el culo. Prefiero irme a Dicom o a Colina II antes que hacer obras que no sé hacer y que no corresponde que estén ahí. Prefiero irme a la cárcel.

POBRES CONCIENCIAS

-No vas a hacer la película francesa que te ofrecieron en Cannes.

-No. Era todo muy difícil para ellos y para nosotros. Maravilloso, pero no fue posible hacerlo. Era potente, pero hay otros proyectos.

-¿Afuera?

-No, acá. No tengo ningún interés en irme para afuera, me muero de lata. Me gusta trabajar en mi país con lo que conozco. Parece ser que el sueño del artista es irse afuera, pero el mío no. Yo ya viajé, ya hice giras, recorrí el país con obras, me gané premios afuera con obras de teatro, ya lo hice.

-Pero encuentras que Chile es feo y tercermundista, ¿entonces qué es lo que te gusta de este país?

-Es que yo soy feo y tercermundista también. Todo mi imaginario goza en este tercer mundo, no en el primero. Viví en Berlín, París, Londres, pero donde mejor lo paso es acá, porque todo yo estoy acá, incluso lo que me falta está acá.

-¿Y cuáles son tus goces sudacas?

-Todas las redes y asociaciones de estafas, de drogas, de venta de pitos, tráfico de influencias, de alcoholemias, por ejemplo. La historia de “La Quintrala” me conmueve profundamente. Es homologable a la historia del austríaco que encerró a su hija en el subterráneo de su casa, pero hay una pertenencia más patria y verídica que hace que me provoque más humor y atracción la historia de “La Quintrala” que la del austríaco que es más sofisticado. Tal vez yo sea menos sofisticado. Nuestro imaginario es más salvaje, menos domesticado, pero tan poco domesticado que es fácil domesticarlo.

-¿Somos más pobres que antes aquí?

-Sí, eso me lo hizo ver mi padre hace muchos años, caminando por la calle. Me dijo: “Qué increíble cómo ha cambiado este país, ya no veo niños a pata pelada”. Yo me quedé para adentro. Cuando yo era chico, claro, vi niños a pata pelada. De ahí a ese pensamiento de que la pobreza en Chile ha cambiado el rostro. Pero siento que se ha empobrecido en otro nivel.

-¿Las mejoras han sido accesorias?

-Sí, porque no han sido culturales. Lo que se planteaba en la Unidad Popular era un cambio cultural en el que la persona entendía por qué era necesario exigir medio litro de leche al día. Ahora dicen: “Bajó la bencina y podemos andar más en auto”. Pero no le dices que el auto te va a servir para ir al trabajo y llevar a tus hijos al colegio, no para que andes botando bencina en un cuatro por cuatro desde Chicureo hasta el Jumbo de Bilbao. El sistema no es para eso. Si amplías el término pobreza a lo cultural, a saber quién eres y qué es tu país, si la mides a niveles de conciencia, tenemos unos doce millones de pobres fácilmente.

-¿Qué haces cuando sientes que algo te va a explotar?

-Dejo que explote cuando lo merece y trato de ponerlo en su lugar. Pero no hay que tenerle miedo a la explosión, ese es un miedo propio de la derecha chilena del quedémonos callados, guardémonos, démonos las manos en el Senado, queremos lo mismo. No. Nunca quisimos lo mismo. No queremos lo mismo, que quede claro. Yo no quiero lo mismo que Novoa, entonces no me pidas que lo vaya a aplaudir al Senado.

-¿Tu nivel de conciencia te juega trampas? ¿Te da rabia tenerla?

-Mucha. A veces admiro profundamente a la gente que vive con tanta facilidad. Qué envidia. A mí la realidad me hace sufrir mucho y no me parece patético decirlo. Me he dado cuenta de que siempre ha sido así. Es momento de que uno se acepte como es.

-¿Nunca te pones en blanco?

-Jamás. No puedo.

-¿Y eres capaz de alguna superficialidad?

-Sí, de muchas, como tener cierto sentido del humor con mis colegas. Con mis amigos me río mucho, mucho, mucho. Ese es un escape a la angustia.