Cómo se armó el fenómeno de la TV chilena 2008

 Francisco Aravena / Revista El Sábado / El Mercurio / Si la ha visto, es altamente probable que la haya comentado. Si no la ha visto, es probable que se la hayan comentado. Los 80 tiene a más de una generación atenta, conversando y a veces discutiendo. En medio de la fiebre de la arqueología nostálgica de objetos, melodías y anécdotas, la serie de Canal 13 llegó para ponerle contenido al fenómeno. Acá, sus responsables reflexionan sobre esta aventura.Hubo un momento en que toda la nostalgia ochentera se hizo insoportable. En que la conversación de amigos sobre las series infantiles (canciones incluidas), los éxitos musicales y la denostada moda se tornó en una agotadora y predecible secuencia de anécdotas sobre la infancia y adolescencia de un montón de gente. Luego pasaba que alguien -en un asado, en una reunión, en una fiesta, en una casa con las ventanas abiertas, en un auto- se lucía con la música ochentera y el coro de auditores casuales celebraba una recuperación del pasado, que tenía bastante que ver con la tecnología: sin internet y los archivos mp3, muchas de esas melodías se habrían quedado en el recuerdo. Donde pertenecen. Luego se transformó en negocio: en fiestas, en la programación de las radios, en juegos de video, en poleras estampadas, en zapatillas, en programas de televisión.Y cuando parecía que el asunto no daba para más llegaron Los 80.

La serie de Canal 13 debutó a mediados de octubre prometiendo que era “más que una moda” y resultó ser más que una serie de televisión.

Esquivando obviedades, ignorando la tentación efectista de las anécdotas vacías, la serie presentó una historia que difícilmente parecería un hit: una familia de clase media que se las arregla ante las dificultades de la vida. En una pantalla donde abundan las caricaturizaciones, los prejuicios y la estridencia de lo burdo, el país, la época y la vida de los Herrera se presentan entre sutilezas, entre gestos, diálogos y una ambientación donde las formas están al servicio del fondo.

Si usted lo ha visto y/o ha conversado con gente que la ha visto, podrá haberse dado cuenta de que Los 80 -que cada domingo obtiene un rating promedio cercano a los 20 puntos, casi siempre ganando a la competencia- va en camino de transformarse en un evento cultural.

Es probable que Los 80 esté teniendo éxito en restaurar cierto sentido de estima y autoestima de la televisión chilena. Pero más que eso, Los 80 ha llegado para restaurar la fe en algo más grande, más inabarcable, más difícil de abordar sin sermones ni panfletos valóricos, más básico, más instintivo, más universal, más democrático, más potente y más emotivo: la familia chilena.

Los Herrera son una familia como muchas en los años 80; familias como aquellas en las que crecimos muchos. “La mayoría silenciosa”, como define Boris Quercia, el director de la serie. “Es una familia de clase media media”, apunta Rodrigo Cuevas, el guionista. “Una que no tiene pitutos para solucionar las cosas y tampoco tiene la ayuda del estado. Es una familia vulnerable”, dice. O como resume Alberto Gesswein, el director del área Bicentenario de Canal 13, “son unos sobrevivientes”.

Aun en el caso de que uno no haya crecido en el entorno de los Herrera, es muy probable que pueda verse reflejado en su historia y en la manera en que vivían, desde las relaciones del padre y la madre con sus hijos a los detalles materiales: la casa, la reja, los muebles de terraza, las sábanas estampadas, el juego de loza, las zapatillas y un largo etcétera.

Los 80 es una serie hiperrealista donde las cosas hablan. Los objetos cuentan una historia, aunque estén en un segundo o un tercer plano.

El director de arte, Rodrigo Basáez, un hombre de amplia trayectoria teatral y que impresionó en su trabajo en cine, recreando los años 70 de la película Machuca, nunca había trabajado en televisión. Y lo que no veía en ella, motivó lo que quiso hacer. “Cuando veo televisión no me reconozco. Me cuesta. En teleseries, miniseries, telefilmes, se ficciona demasiado la realidad”, opina Basáez. “Me interesaba que se viera de verdad, y la verdad es así, menos armónica, más ecléctica, con casas desordenadas, porque todos vamos imprimiendo nuestra personalidad en los espacios que habitamos”.

Quizás por eso las conversaciones sobre la serie en las que uno se puede encontrar pasan por recuerdos que superan la anécdota. “No esperaba que la nostalgia fuera un sentimiento con tanto vigor”, reflexiona Basáez. “Es interesante volver a revisar el pasado, volver a mirar donde quizás antes no vimos”.

“Nuestros niveles de audiencia en el segmento ABC1 son muy altos, a veces superan los 38 puntos”, comenta Gesswein. “Me da la impresión de que muchas de esas familias comparten un pasado muy similar”, aventura. Los responsable de la serie enumeran hipótesis: que en ese entonces había mucho menos cosas, y por lo tanto ciertos elementos de consumo eran más comunes, transversales socialmente en el Chile de la crisis y anterior al boom del crédito y el consumo. “Hemos pasado toda la década de los 90 renegando de ese pasado austero”, dice Gesswein. “Ahora la gente lo puede mirar con más cariño, con más afecto, con cierto reencantamiento”.

La nostalgia nos juega trucos, y eso ayuda a la capacidad de identificación de la serie: uno ve lo que quiere ver. “Todo el mundo ve cosas muy distintas, y se fijan en lo que quieren: las zapatillas, la margarina, lo que sea”, comenta Rodrigo Basáez. “Acá juega la ilusión: no todo está, pero todo el mundo ve más cosas de las que hay”.

El guionista Rodrigo Cuevas apunta a otra proyección de los elementos materiales en la historia. “A lo mejor uno en esos años no tenía exactamente esas zapatillas. Pero no es la marca lo que te hace el click emotivo: es que, como en la serie, tu mamá se daba el tiempo de arreglártelas, de cosértelas”.

“Es esa familia la que se ve amenazada por los conflictos”, complementa Boris Quercia, el director. “Esta no es la familia de La pequeña casa en la pradera, acá las cosas se ponen oscuras, pero siempre hay alguien que mantiene la esperanza”. Son conflictos que podrían suceder en cualquier época, pero que puestos -y bien ambientados- en el trasfondo de los años 80 en Chile motivan reacciones emotivas en el espectador.

Ser un “sobreviviente” en los 80 -y aquí es donde el contexto histórico se hace más relevante- tenía muchas lecturas. Desde luego, esta no es una familia que haya sido afectada por la represión política. Pero sí está afectada por la crisis económica de 1982 (cuando comienza la serie). Es una familia que no quiere “meterse en problemas” y Juan Herrera, el padre (interpretado por Daniel Muñoz), un trabajador textil que pierde su trabajo tras la quiebra de la fábrica donde estuvo toda su vida, es muy claro cuando golpea la mesa a la hora de comida: “¡En esta casa no se habla de política!”. Los Herrera son unos sobrevivientes, porque crecieron adaptándose a un mundo difícil. “Ana (la madre, interpretada por Tamara Acosta) hizo colas en la UP porque tenía que comprar leche a sus hijos”, explica Boris Quercia. “Por eso le dice a su hija mayor (Claudia, encarnada por Loreto Aravena): Usted no sabe cómo era la cosa antes”.

Fue parte de lo que definieron los responsables de la serie antes de comenzar: cómo hacer una serie sobre los 80 sin obviar las circunstancias políticas y parecer trivial o evasiva, pero sin tampoco centrar en ello la narración y reflejar la vida de la mayoría de los chilenos. Fácil: contando la historia de una familia. Como la suya, como la mía.

“Fue difícil mantener ese equilibrio”, plantea Quercia. “Esta era una familia que había sufrido con el gobierno anterior, estaba sufriendo con el actual y más tarde no sé si la alegría les habrá llegado”, resume. “Y para Juan Herrera el asunto no cambiaba mucho”, comenta el guionista Rodrigo Cuevas. “Él seguía preocupado de trabajar y de su familia”.

“Uno puede estar muy en desacuerdo con un montón de cosas que hagan los Herrera”, comenta Gesswein. “Pero no hay padre o madre que no se identifique con lo que quieren: que sus hijos sean buenas personas”.

Cuéntame cómo pasó es el nombre de la serie española que inspiró la realización de Los 80. Ambientada en la España de mediados de los años 70, Cuéntame cómo pasó, que se ha transmitido desde 2001 en la televisión pública de ese país, también retrata una época a través de la historia de la familia Alcántara, aunque parece más ambiciosa en el propósito de plasmar el relato de sus tiempos.

La estructura de sus capítulos, que incluyen una narración en off del personaje de un hombre que era el niño de esa familia, a veces recuerda a la serie estadounidense Los años maravillosos, que retrataba los años 60 (y que en Chile transmitió Canal 13).

Originalmente se planeaba que Cuéntame cómo pasó terminara con la muerte del general Franco, pero el éxito de la serie motivó una prolongación que la mantiene en pantalla.

Gesswein, el productor ejecutivo de Canal 13 detrás de Los 80, cuenta que pasaron por la idea de comprar la serie, pero pronto se dieron cuenta de que -además de los costos- no tenía sentido retratar la historia de una familia tan distante; que el repaso a la historia pretendida por el área que encabeza en el canal (Bicentenario) debía pasar necesariamente por una familia chilena, en el Chile de los 80. Ahí comenzó la colaboración: entró Boris Quercia (quien venía de dirigir Haiquimán y Tolosa), su hermano Antonio Quercia a la dirección de fotografía, Rodrigo Cuevas (quien había escrito algunos capítulos de Héroes, entre otros proyectos del canal) en los guiones, Andrés Wood en la producción y con él Rodrigo Basáez, quien con Los 80 ha llevado la dirección de arte a otro nivel en televisión. Basáez tiene una amplia trayectoria en el diseño teatral, y su trabajo recreando los 70 en Machuca lo tapó de elogios. Ahora se dedicó a armar una máquina del tiempo que nos lleva a los años 80.

El éxito de Los 80 ha levantado la posibilidad de que se realice una segunda temporada, aunque Gesswein aclara que eso aún no se ha definido. “Afortunadamente hemos dejado la vara muy alta”, comenta Andrés Wood. Rodrigo Basáez advierte que lo logrado por el equipo de Los 80 en la primera temporada es difícil de replicar en las mismas condiciones, sin los recursos y el equipo para hacer un trabajo más acabado en la reconstrucción de una época, sobre todo después de haber dejado clara la importancia de la ambientación. “Qué ganas de poder recrear más situaciones, de tener más tiempo de investigación”, dice, “pero para hacer cosas de época hay que invertir más”.

Es un equipo que se dice satisfecho de haber apostado por lo improbable y logrado lo notable. Y que siente que el éxito de lo que hicieron les da la razón. “Me sorprende cómo se nota algo con contenido y que entretenga en la televisión actual; lo que habla muy mal de la televisión hoy”, opina Wood. “Y que el canal público esté compitiendo con lo que está compitiendo a esa hora (el estelar Animal Nocturno) también dice algo”, concluye.

Para Quercia, el gran logro es el capital sobre el cual la serie podría crecer. “Es cierto que puede ser difícil mantener el estándar, pero teníamos más riesgos y desafíos antes de empezar”, dice Boris Quercia. “Una de las cosas que teníamos muy claras al hacer esta serie era que teníamos que lograr que a esta familia la gente la quisiera”, explica. “Es la única manera de que los conflictos particulares -una zapatilla rota, repetir de curso, quedar sin trabajo- adquieran importancia: que le pasen a una familia que quieres”.