El cronista que reinventó el destino

Tomás Eloy MartínezLa columna de Juan Villoro / Revista de Libros / Si los escritores y periodistas de América Latina hubiéramos podido elegir un jefe por votación, Tomás Eloy Martínez habría dirigido el principal periódico del subcontinente.

Hace unos días murió Tomás Eloy Martínez, renovador del periodismo desde la literatura y de la literatura desde el periodismo.

Adiestrado en redacciones de Buenos Aires y Caracas, donde estuvo exiliado largos años, se convirtió en maestro de reporteros. Si los escritores y periodistas de América Latina hubiéramos podido elegir un jefe por votación, Tomás Eloy habría dirigido el principal periódico del subcontinente. Esta irrealizable utopía expresa el aprecio generalizado por un impecable profesional del oficio que tuvo el don superior de ser una magnífica persona.

Su magisterio se extendió a las aulas de la Universidad de Rutgers, cerca de Nueva York, y a la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por García Márquez en Cartagena de Indias. Hablar con Tomás Eloy significaba entrar en contacto con datos precisos e historias sugerentes, pero también encontrar a alguien interesado en los demás. Su genuina pasión por escuchar y su discreto encanto para hacer preguntas revelaban al cronista de raza.

Como reportero, cubrió con insólito sentido del detalle temas tan variados como los funerales de Perón, las misteriosas luces al fondo del universo que semejaban una «fotografía de Dios» o los testimonios de los sobrevivientes de la bomba en Hiroshima.

Sus novelas estuvieron cerca de la realidad histórica, pero no rehuyeron la fantasmagoría. La última de ellas, Purgatorio , ocurre en la delgada línea que divide a los vivos de los muertos. Parábola sobre los desaparecidos y los delirios del poder, fue el resistente legado de un observador insólito.

En un magnífico perfil de Julio Cortázar, escrito en 1964, Tomás Eloy reflexiona sobre el éxito tardío del autor de Rayuela : «No hay peleas fáciles en esta vida», concluye. Su propio combate tampoco fue sencillo. Muy respetado como periodista, prestigiaba a los entrevistados que escogía: ser objeto de su curiosidad era un timbre de honor. Su obra novelística fue muy leída y apreciada, pero también pasó por confusiones y misreadings . Su gran reputación como cronista y su interés por asuntos históricos provocaron que algunas de sus ficciones se apreciaran como los reportajes que no deseaban ser.

Su novela más conocida, Santa Evita , se ocupa de situaciones imaginarias con personajes reales. Hay momentos en que sólo la ficción puede descifrar el significado profundo de los hechos; cuando los datos se repliegan, llegan las conjeturas.

En el ensayo «Ficción, historia, periodismo: límites y márgenes», Martínez definió así su método de trabajo: «Invertí deliberadamente la estrategia del llamado ‘nuevo periodismo’ de los años 60. En obras como A sangre fría de Truman Capote, El combate de Norman Mailer o Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, se contaba un hecho real con técnica de las novelas. En Santa Evita , el procedimiento narrativo es exactamente el inverso: se cuentan hechos ficticios como si fueran reales, empleando algunas técnicas del nuevo periodismo». El narrador se llama Tomás Eloy Martínez e investiga la trama del libro en archivos, hemerotecas y entrevistas con testigos presenciales. El novelista se somete a un reportaje imaginario.

Martínez había empleado la técnica en La novela de Perón , publicada en 1985, diez años antes que Santa Evita . Aunque la palabra «novela» aparecía en el título, muchos pensaron que se trataba de una biografía del general Perón. Narrada con enorme autenticidad, la historia se confundía con la verdad. Algo similar pasó con Santa Evita . Entre los materiales consultados por Martínez se encontraban antiguos cortometrajes. En uno de ellos Eva Duarte y Juan Domingo Perón aparecen ante la multitud en el balcón de la Casa Rosada y ella le susurra algo al oído. ¿Qué le dijo? Por el movimiento de los labios y el carácter operístico de la protagonista, Martínez escogió estas palabras: «Gracias por existir».

Años después, en un museo de Buenos Aires, encontró frases célebres de Evita. Una de ellas decía: «Gracias por existir». Sorprendido de que la frase inventada por él apareciera como documento histórico, escribió un artículo donde narraba lo sucedido. La respuesta fue aleccionadora: numerosas organizaciones peronistas le reprocharon atribuirse las palabras de la inmortal Evita. El cronista había transformado la realidad. A partir de entonces, el pasado debía ser visto de otro modo, pero también el futuro.

Tomás Eloy Martínez hizo que el destino dejara de ser como antes.