El despertar de la fe?

altamirano_juan_carlosJuan Carlos Altamirano / Es difícil escribir sobre la desgracia humana, especialmente si se trata del dolor del otro. Me refiero al accidente de la pequeña Ema que nos ha conmovido profundamente. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿con qué derecho nos metemos en la vida de una familia? ¿Con qué derecho los medios de comunicación hacen pública la intimidad de una persona?

Los medios argumentan que la ciudadanía tiene derecho a estar informada cuando el caso es de interés público y, con más razón, si se trata de figuras como el ministro Andrés Velasco y Consuelo Saavedra. No obstante, este argumento no sería válido, pues en este caso estamos hablando de Ema, que es una menor de edad. Aún más, se supone que tácitamente está prohibido en televisión revelar el rostro de niños víctimas. Sin embargo, hemos podido presenciar el retrato angelical de Ema por todas las pantallas de Chile. ¿Dónde queda entonces el resguardo de la privacidad, un derecho humano básico?

No sólo pienso en Ema, también en aquellos niños, niñas y sus familias, cuyos accidentes han tenido impacto público. Lo que hemos visto en estos casos es una mediatización del sufrimiento privado; vale decir, cuando el dolor de una familia se constituye en una “historia” y presenciamos día tras día los pormenores íntimos del drama en desarrollo. Esto me lleva a pensar lo difícil que debe ser soportar decenas de cámaras observándote cuando estás viviendo una situación desgarradora. Debe ser además indignante que tu sufrimiento sea transformado en una suerte de reality show. En resumidas cuentas, cuando más necesitas recogerte para sacar fuerzas, tu intimidad es violada.

Sin embargo, habiendo afirmado lo anterior, debo decir que Ema me ha hecho cambiar de opinión. Creo que la difusión pública del dolor y la tragedia de carácter privado pueden tener una justificación. Por supuesto, respetando el sentir de la familia y en tanto el tema sea tratado con delicadeza y criterio profesional.

Cuando estas “historias” se transforman en un medio de conversación al interior de la familia y las amistades; cuando provocan una reflexión profunda y llevan a la gente a actuar solidariamente, entonces podríamos decir que estamos frente a otro fenómeno, que no es el sensacionalismo a secas que tan a menudo vemos en las pantallas.

Es conmovedor saber que miles de personas han enviado su apoyo y amor a Ema y su familia. Es significativo que se armen cadenas de rezos, que se manden mensajes de solidaridad y se exprese preocupación y compasión. Este tipo de respuestas son alentadoras, pues para nadie es sorpresa que vivimos en un mundo donde reinan la envidia, la avaricia, el temor, el resentimiento y la inmadurez sicológica.

Es un hecho que el exceso de violencia, tragedias y accidentes que vemos por nuestras pantallas nos ha transformado en una sociedad insensible al dolor. Sin embargo, cuando tomamos contacto a través de estas noticias con la bondad humana, entonces pareciera que estas desventuras trascienden el ámbito familiar y privado de los afectados, y se convierten en un “mensaje”. Es un llamado a volver a vincularnos con lo espiritual o religioso que está dentro de toda persona, incluso en los agnósticos y ateos.

Podríamos decir, entonces, que estos “casos” son una suerte de bendición, o hacen un bien público, en tanto nos alejan de nuestras fantasías y deseos mundanos, de nuestro egocentrismo, y dejamos de vivir como seres alienados, aunque sea por un instante. En otros términos, si la exposición de una desgracia personal nos pone en contacto con la compasión y la fe, con la solidaridad y la generosidad, entonces diría que está justificada.

No creo que lo dicho sea una majadería paternalista o beata; más bien, se trata de una verdad que ha soportado el pasar de los siglos. Cuando ocurren estos hechos queda en evidencia que la fe, el amor, la esperanza y la compasión son el “medicamento” necesario y fundamental para no sucumbir. Esta “medicina” que la ciencia no puede calificar ni reproducir es lo que comúnmente llamamos “milagros”.

Si bien los milagros tienen un carácter divino, actúan sobre nuestra vida concreta, lo que demuestra, felizmente, que no todo está bajo la voluntad de las personas ni de los medios de comunicación. Así de simple.