El hombre accesorio

 

Pepa Valenzuela / Paula /” Hoy a Mauricio Israel se lo tragó la tierra y en este ocaso de su figura, sólo han salido más y más informaciones que confirman el origen de sus errores. Los periodistas deportivos recuerdan cuando informaba partidos de fútbol sin haberlos visto o cuando llegó al Estadio Nacional sin pase de prensa y para entrar espetó con su soberbia característica: “Mi rostro es mi credencial”. Prepotencia en vez de trabajo. El accesorio tan vano y efímero de la fama en vez de esfuerzo”.israel

Alguna vez, entrevistando a una congoleña muy bonita y soltera, le pregunté si es que había pinchado con hombres chilenos. Me dijo que sí, pero que después de dos citas había abortado la misión. La congoleña me dijo que los chilenos padecían de dos defectos que ella consideraba insuperables para entablar una relación de pareja: la primera, que era mamones, apegados a las faldas de su mami. Y la segunda, que construían su personalidad en base a lo que tenían, no a lo que eran. Que a los chilenos les gustaba impresionar con plata, pega y posición social, pero eso a ella le pateaba el hígado. Así es que había decidido no intentarlo más con nuestros compatriotas.

Yo, que nunca había tenido la experiencia con un fanfarrón, no entendí el ejemplo hasta que pocos días más tarde, cruzando la Costanera a pie, vi a Mauricio Israel arriba de un auto negro descapotable y último modelo. Estaba esperando el semáforo, con unos lentes de sol y absolutamente bronceado. En medio de la Plaza Italia, el epicentro del chileno promedio, Israel sobre su auto galáctico era un recorte del paisaje bastante curioso. Un pedacito de Miami al borde del Mapocho que apenas dio la luz verde, desapareció hecho una bala, con el acelerador a fondo por la autopista. Ahí entonces me acordé de la congoleña y asentí. Frente a mis narices había visto el mejor ejemplo de un hombre que se luce y que se construye a sí mismo en base a los accesorios.

Ahora, cuando la olla de Mauricio Israel reventó y está desaparecido por sus deudas de más de doscientos millones de pesos con el Servicio de Impuestos Internos, sólo le dieron la razón a esa teoría: el mayor problema de Israel era el de un hombre que no acepta lo que hay y adquiere todo lo que puede para tener lo que quiere. Fama, dinero y lujos para conseguir respeto profesional y mujeres mucho más guapas y jóvenes que él, aunque eso a la larga significara su completo hundimiento personal, profesional y mediático.

Hoy a Mauricio Israel se lo tragó la tierra y en este ocaso de su figura, sólo han salido más y más informaciones que confirman el origen de sus errores. Los periodistas deportivos recuerdan cuando informaba partidos de fútbol sin haberlos visto o cuando llegó al Estadio Nacional sin pase de prensa y para entrar espetó con su soberbia característica: “Mi rostro es mi credencial”. Prepotencia en vez de trabajo. El accesorio tan vano y efímero de la fama en vez de esfuerzo.

Sus colaboradores cercanos también han recordado cómo combatió contra su propia fealdad, yendo al gimnasio rigurosamente, vistiéndose con ropa cara y amparándose con autos de lujo, para conquistar a mujeres lindas, esas que él desde niño soñaba con tener. Dicen que las invitaba por el día a almorzar a Buenos Aires. Que ofrecía lujos, que al final, ya en el declive de su carrera televisiva después de haber pasado de Mega a Red TV, no podía financiar.

Sin embargo, Israel estiró el elástico lo que más pudo y siguió viviendo en su burbuja de rico y famoso hasta que la cosa le estalló en sus propias manos. Pero siguió lo que más pudo en su parada: la apariencia. Tener en vez de ser, como decía bien la congoleña. Y cuando ya no tuvo, se perdió. Cuando alguien elabora su ego exclusivamente con cosas que claramente pueden desaparecen de sopetón, se cae en un abismo sin fin. En uno tan negro que incluso se piensa en la muerte: sin tener, no hay más ser. Dicen que Israel pensó en el suicidio y que aún nadie sabe dónde está. Muy en su estilo, prefirió desaparecer antes de presenciar el derrumbe de lo único que le iba quedando: su fama. Sin embargo, fueron varios años, más de diez, los que que sostuvo su fachada gracias a que otros se la sostuvieron también. Gracias a que hubo jefes que sabiendo que más que talento, Israel era bla bla, lo contrataron igual pagándole sueldos millonarios. Gracias a que hubo mujeres que efectivamente se impresionaron con sus derroches. Gracias a que aún hay demasiadas personas en Chile que creen que tener es una forma fantástica para validarse.