«El hormiguero»: La gran farra

lagosFrancisco Aravena / Wiken/ La globalización ha hecho posible esto: en lugar de ocupar mucho tiempo en una reunión creativa para definir cómo hacer un programa, se revisan programas exitosos en el extranjero, se compra la licencia y se trabaja un montón en su adaptación. Original de la televisión española -donde se transmite desde 2006, primero semanal y luego diariamente-, «El hormiguero» parecía un buen producto de importación para las noches de verano: invitados estelares llevados para chacotear, algo de humor irreverente y algunos experimentos científicos extravagantes para la televisión. El chacoteo necesario para una noche de calor. Las decisiones de la adaptación en Canal 13, sin embargo, han probado que comprar el envase no garantiza tener el contenido, y por lo visto tampoco el éxito. Ahí donde el original tiene un conductor tipo «late show» -entre comediante y animador-, Canal 13 ha puesto una dupla cuyo único trabajo juntos había sido animar el Festival de Viña del Mar. Aunque el empeño y entusiasmo que pone es evidente, Tonka Tomicic, una muy agradable animadora de matinal y una adorable conductora de alta noche, no pudo caer en un programa menos apto para ella y sus circunstancias. Con el hiperactivo Sergio Lagos al lado, la adición de las «hormigas» de comentarios irreverentes (a veces), el desfile de personajes y la gran cantidad de secciones-por-minuto que se empeñan en mostrar, el resultado es un programa desordenado en el que se pueden escuchar hasta tres personas gritando al mismo tiempo, que lo deja a uno preguntándose cuál es el punto de todo eso -o de algunas de sus partes- si ni siquiera se está entreteniendo.

En medio de todo esto, la inclusión de los invitados, sobre todo cuando son internacionales, como Pamela Anderson, genera por lo menos inquietud, y no de la buena. O por ver al invitado visiblemente incómodo y desorientado -como la modelo canadiense- o por verlo simplemente igual de entusiasta tratando de colaborar con un viaje sin destino claro. Las entrevistas breves, desordenadas y abundantes en chistes fallidos o juegos que nadie parece entender mucho. En resumen, todo en «El hormiguero» parece un gran gasto, un gran esfuerzo de producción, una gran movilización de gente y recursos sin dirección, sin subordinación, sin prioridades y, peor, sin motivo aparente. Es como un equipo de fútbol con el doble de jugadores, que no tiene entrenador y que no tiene idea de dónde diablos está el arco. Hasta el cierre de esta edición, el equipo seguía jugando, aunque su continuidad estaba en duda. Si sigue, un orden y una limpieza profunda parecen imprescindibles. Para partir.

 

Francisco Aravena.