El Mercurio censura comentario sobre “Diario de Agustín”

El crítico de cine del cuerpo Artes y Letras de El Mercurio, Juan Pablo Vilches, renunció hace unos días a seguir colaborando con el suplemento debido a la negativa de ese medio a publicarle un comentario sobre el documental “El diario de Agustín”. En la película,  dirigida por Ignacio Agüero y Fernando Villagrán, se revisa la participación de El Mercurio en montajes periodísticos durante la dictadura.

“Cuando quise escribir sobre la película me dijeron que no se iba a publicar nada sobre ella. Lo que me decidió a dejar de colaborar en Artes y Letras fue que ni siquiera iban a leer la crítica; la película era tratada como una especie de tabú”, explica Vilches en el blog de cine “Analízame”.

Lea a continuación los detalles del caso relatados por el propio Vilches en el blog “Analízame”, además de la nota sobre “El diario de Agustín”, que El Mercurio le censuró:

Juan Pablo Vilches
Juan Pablo Vilches

Juan Pablo Vilches:

 

“Cuando quise escribir sobre la película me dijeron que no se iba a publicar nada sobre ella. Lo que me decidió a dejar de colaborar en Artes y Letras fue que ni siquiera iban a leer la crítica; la película era tratada como una especie de tabú. Lo que ocurrió con mi crítica es un caso particular de la forma de tratarla como si no existiera, no haciéndose cargo de la interpelación seria que es “El diario de Agustín”, sus cuestionamientos sobre el pasado y, sobre todo, el presente del diario. Creo que el tema es demasiado importante, y El Mercurio es demasiado importante, como para que eso se ignore de esa manera. Por tal razón el proceder del diario no me pareció adecuado, así que decidí no escribir más en Artes y Letras. Por cierto que también me molestó no haber podido hacer mi trabajo: escoger la mejor película y la más relevante para el público del suplemento, y criticarla”

Nota del blog “Analízame”:

“Tal como hemos comentado en este blog anteriormente, a pesar de que El Mercurio publica críticas de cine en tres secciones del diario (Wiken, El Sábado y Artes y Letras), hasta ahora en ninguna de ellas se ha hecho referencia al documental de Agüero ni tampoco han aparecido críticas en los otros diarios de la cadena (Las Ultimas Noticias y La Segunda), ni en ninguno de los 21 diarios regionales que pertenecen a Empresas El Mercurio. Para todos ellos, la película no existe a pesar de que “El diario de Agustín” se exhibe regularmente en dos salas de cine de Santiago (Normandie y Alameda).
Como podrán imaginar, el motivo de la polémica viene dado porque la película relata tres casos de violaciones a los derechos humanos cometidos en la dictadura de Pinochet con los que se acusa directamente al diario El Mercurio de haber actuado en complicidad con el regimen militar para ocultar y/o desinformar sobre esos casos.
Y sin embargo, aunque desde fuera pueda parecer obvio que un diario no dará cabida en sus páginas a una película que lo desprestigia, es curioso lo que está pasando, casi tenebroso. El Mercurio no echó a Vilches; él se fue por un asunto de principios. Pero no deja de ser llamativo que un diario, al que se le acusa de haber ocultado información, siga utilizando este procedimiento (el ocultamiento, por cierto, a un nivel mucho más sutil) y siga negando la realidad como una manera de apagarla. Cuando El Mercurio deja de tratar a “El diario de Agustín” como una película más de la cartelera, con ese puro acto, tácitamente, se declara culpable de los cargos que hace la misma película que quiere dar por inexistente.
En pocas palabras, se pisa la cola porque, como decía mi abuelita, “el que calla, otorga”.
Cuando me enteré de la renuncia de Vilches, a quien no conozco personalmente, me conseguí su email y le escribí pidiéndole que me contara un poco más de detalles de su salida. Lo que acaban de leer al comienzo de este post es parte de lo que me respondió.
Por supuesto, el hecho en sí mismo es violento y doloroso, y desde acá mandamos un abrazo a Vilches, que es un crítico de primer nivel y que bien no lo debe estar pasando con este barullo absurdo. Los editores de El Mercurio están cometiendo un error comunicacional cuando quieren apagar el fuego con bencina: habría sido mucho más sano haberse hecho cargo del tema de manera seria y periodística antes que este proceso absurdo y decimonónico.
No sé, díganme ustedes si estoy equivocado, porque no se trata de levantar banderas por la libertad de expresión ni de arrogarse el título de paladín de la democracia, pero la verdad que esto es feo y desagradable hasta de contar.
LA CRÍTICA CENSURADA POR EL MERCURIO

Este es el texto exacto que pensaba enviar al suplemento Artes y Letras de El Mercurio, como parte de mi colaboración habitual con ese medio. El texto no fue recibido pues, según el editor del suplemento, es imposible tomar distancia del tema del documental. Que el lector juzgue si es así o no. Por este episodio dejé de escribir para el diario en cuestión.


Hay una escena del documental Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002) en que un profesor incita a un niño a pensar en los números y a prolongar el ejercicio de contarlos. El pequeño se empieza a asombrar de que haya tantos números y sus ojos se desorbitan cuando por primera vez su mente concibe la noción de infinito. Ver a alguien que aprende algo es ver a una persona que cambia en lo íntimo a partir de algo evidente, y dos de los mejores obras del cineasta Ignacio Agüero (Cien niños esperando un tren y La mamá de mi abuela le contó a mi abuela) se empeñaron en registrar ese proceso, pero con el mérito de integrarlo con su entorno y sus particularidades.
En su último documental (escrito y producido junto con Fernando Villagrán), Agüero sigue a un grupo de tesistas de periodismo de la Universidad de Chile y su investigación sobre el actuar de este medio en una serie de hechos puntuales en los últimos 40 años, entre ellos violaciones a los derechos humanos. En virtud de lo anteriormente expuesto, se habría esperado que el documental hiciera un registro del proceso de aprendizaje de estos jóvenes, pero desde el principio esto pasa a segundo plano. La investigación de los jóvenes es en realidad un hilo conductor absolutamente funcional con el objetivo de los realizadores, lo que tiene ventajas y desventajas.
LO QUE SE GANA
La cinta tiene la claridad que puede tener un ajuste de cuentas, y su razón de ser puede condensarse cuando uno de los estudiantes pronuncia la palabra “impunidad”. Con su norte claro, la cinta explota al máximo sus 80 minutos de metraje para probar su punto; hay un buen trabajo de fuentes y logra registrar momentos cargadísimos que dejan en claro que el tema no es fácil para quienes tuvieron responsabilidad en las decisiones sobre los hechos involucrados. Todos tuvieron la oportunidad de hablar y no es responsabilidad de los realizadores que algunos no la hayan querido aprovechar.
Con el montaje se responde fluidamente las preguntas que se plantea a medida que avanzan las investigaciones de los tesistas; y la sensación de velocidad con que se desenvuelve la película no obsta para que de a poco los hechos pasados se traduzcan en las conclusiones que los creadores tienen sobre el presente. Por un lado están las bastante elocuentes fotografías del principio de la cinta, donde las principales personalidades políticas del país posan con el propietario de este medio; por el otro, el sociólogo Manuel Antonio Garretón hace explícita la voz de los autores respecto de que El Mercurio es prisionero de sus palabras y decisiones pasadas, y lo seguirá siendo por mucho tiempo. Esto último no se sigue de lo exhibido en el metraje; las aseveraciones sobre el futuro sólo pueden ser refrendadas por los hechos futuros.
LO QUE SE PIERDE
Ignacio Agüero dijo de sus películas anteriores que “no le importaron a nadie”. Y es una lástima, porque algunas de ellas eran obras complejas y sutiles donde se cruzaban el crecimiento de personas y grupos con un contexto particular que era sutil pero significativamente modificado por ese crecimiento. Claro, no hablaban del periódico más influyente de Chile, pero sí hablaban de forma diagonal pero muy clara del entorno humano y cultural que retrataban, tanto en el plano emotivo como en el racional. El diario de Agustín tiene muy poco de eso.
Su afán es la denuncia, y como tal recurre a las reiteraciones para ahondar cierta sensación de pasmo y escándalo, así como junta imágenes y sonidos para matizar lo anterior con una ironía que suele devenir en sarcasmo. Hay mucho oficio en este documental, pero está orientado a un solo fin. Estamos en presencia de un autor que “redujo” el espectro de sus intereses para decir con claridad lo que quería decir, aunque con ello ponga conscientemente a su película unos cuantos pasos por debajo de sus mejores obras.