El mito de la política 2.0

internet-2Cristóbal Portales / El Mercurio / Oliver Rickman, uno de los mandamases de Google Europa y Joe Rospars el nuevo director weby de Obama, abrazan a Douglas Alexander, un parlamentario escocés del partido laborista, rústico, rosetón, medio tufeado a whiskey -muchos escoceses pasan el huevo con tocino y salchicha de las 9:00 am con “algo” de alcohol-. El hombre se gana la admiración de Gordon Brown y otros peces gordos de su partido acusando, por ejemplo, a David Cameron, líder de la oposición, de ser un cerdo con lápiz labial (y con la consiguiente metáfora de que un cerdo maquillado sigue siendo cerdo, o puede no serlo sólo por un rato).

Estas sonrisitas cómplices y el sobajeo se dan en medio de un evento privado organizado por el Partido de Alexander llamado “Laborismo 2.0, haciendo campaña para las próximas generaciones”. El lugar es un moderno edificio, también 2.0 en Canary Wharf, algo así como nuestro “Sanhattan”. Los invitados son todos líderes de opinión -jóvenes-, la mayoría no comprometidos con el laborismo y lejos de tener ropa o auto 2.0. Es como si la Concertación hiciera una reunión para captar líderes independientes en el World Trade Center. Pero ese es el escenario para discutir la Política 2.0, la política inclusiva del futuro, aquella que plantea que las tecnologías de la información y las redes sociales, construidas a través de Internet, van a revolucionar nuestra habilidad para seguir, apoyar o influir en las campañas políticas y en el proceso político en general. En nuestro país, grupos que van desde “Independientes en Red”, de la no tan independiente Cristina Bitar, hasta el club de fanáticos de Farkas, confían en esta marea de democracia participativa aparentemente traída por My Space, You Tube, Facebook o lo que venga. Sólo hay un gran pero. La efusividad de la clase política y sus secuaces hacia la Política 2.0, guarda más que buenas intenciones y sueños de inclusión social.

Los laboristas acaban de contratar a la empresa de Rospars, Blue State Digital, para tratar de replicar el milagro de Obama con un personaje menos carismático como Gordon Brown y perpetuar de esa forma el “nuevo” laborismo sin contenido. Rospars quiere ahora un Blue Europe Digital para triplicar sus cifras azules; y Rickman de Google está consciente que se vienen tiempos difíciles para su empresa. Su producto estrella, el localizador para teléfonos celulares, “Latitude”, que permite rastrear la ubicación exacta de un celular y que ahora quiere lanzar en Europa, no ha estado exento de polémica porque claramente viola la privacidad de las personas. “Estamos aquí porque no queremos legislación adversa”, dice en tono de broma el “geek”.

El problema, en todo caso, no es el de los “geeks” y el lucrativo negocio que armen alrededor del juego democrático. El problema radica en los políticos.

La Política 2.0 es más que difundir y controlar una imagen deseada a través de la mayor cantidad posible de medios online. Y es más que facilitar la participación de la ciudadanía creando o utilizando nuevas herramientas funcionales a un determinado discurso. La clave, como en todo medio de comunicación, es el contenido de lo que se transmite. No es Internet, es lo que el político es y hace fuera de Internet. Es el “offline”. Y el mensaje es un resultado de aquello, por más que se trate de generar una imagen diferente.

Obama no ganó porque haya tenido más videos en You Tube con famosos quitándose el micrófono para cantar, en medio segundo, “yes we can” o haya articulado una impresionante red de apoyo social a través de la Web. Ganó en gran medida, porque al final del día la gente vio una consistencia entre los que él es, su mensaje y sus acciones. Los votantes respondieron a esa coherencia y utilizaron a su vez Internet, como uno de los tantos medios disponibles, para amplificar ese mensaje. Ganó porque cuando hablaba de una política construida de abajo hacia arriba a partir de un modelo social de redes y de trabajo comunitario, lo decía con conocimiento de causa. Obama trabajó como facilitador de esas redes en Chicago. Y su estrategia para ganar la elección movilizando votantes desde los niveles sociales más pequeños (desde el club de pesca para Veteranos de Vietnam hasta los admiradores del Oso Yoggi) sólo fue el resultado de esa convicción y de ese SER. Mientras siga existiendo una parte de los actores política que ven el 2.0 como algo para seguir perpetuando un esquema poco inclusivo, entonces el 2.0 nunca va a existir. Nuevas tecnologías nunca serán sinónimo de una mejor democracia. El lápiz labial no hace al chancho, sólo lo disfraza un rato.