El mundo privado del emperador obrero

don_francisco_3Eduardo Sepúlveda M. / Reportajes / 48 horas en la vida de Mario Kreutzberger en Estados Unidos / Cada día llega puntual al trabajo, cargando una vianda con el almuerzo casero que le preparó su nana chilena. Durante un par de horas memoriza libretos y luego graba hasta avanzada la noche. En EE.UU. es una celebridad reconocida en la calle. Debe ser la figura latina más influyente del país más poderoso del mundo, pero pareciera no percatarse. El sólo trabaja, con la esperanza de cumplir medio siglo en la TV.

«Óigame, Don Francisco, ¿los carros que usté regala en Sábado Gigante, los regala de veldá-veldá?». El garzón del restaurante Versailles, epicentro del barrio conocido como la Pequeña Habana, en la Calle Ocho de Miami, miraba desde hace 20 minutos a Mario Kreutzberger, quien se había sentado en una discreta mesa junto a un acompañante.

El mozo parecía discutir con la muchacha que atendía la mesa de Don Francisco, una veinteañera que había llegado hacía pocos meses a Estados Unidos y que pudo salir de Cuba gracias a la llamada «visa nupcial», que el régimen de la isla concede a quienes tienen novia o novio en el extranjero y quieren casarse. Obviamente, en la mayoría de los casos el supuesto matrimonio es sólo un ardid y nunca se consuma.

«Claro que los carros los regalamos de verdad», les respondió Don Francisco, con total normalidad, como si le hubiesen preguntado la hora.

«¿Ves que era cielto?», le dice entonces el garzón a su colega y compatriota en tono de reproche ante la mirada del animador chileno. Pero ella sin sentirse avergonzada por el pequeño bochorno, más bien contraatacó moviendo su rostro de lado a lado: «Cómo va a sel cielto, Don Francisco, que usté le regala un carro nuevo a la gente. Eso es imposible».

Ese tipo de duda pudo haber sido común entre escolares chilenos de los 70. Pero en el año 2010, en Miami y en muchos otros estados de Norteamérica donde habitan los casi 50 millones de hispanos de ese país, los programas de televisión de Don Francisco provocan una fascinación casi mágica.

Al ver que Don Francisco había entrado en diálogo con los garzones, dos comensales de mesas aledañas se sumaron a la conversación. Y los siguieron cuatro, ocho, dieciséis personas. Casi la mitad del restaurante. Un hombre le pidió a Don Francisco que tomara en brazos a su guagua, dos señoras se fotografiaron con él, una joven de escote amplio se le quería sentar en la falda y así se fueron acercando turistas japoneses, tres corpulentos afroamericanos…

Lo mismo ocurrió al día siguiente en Bal Harbour Shops, uno de los malls más elegantes de Miami Beach. Aunque el tipo de público era distinto, casi nadie se resistía a acercársele.

Desde el año 2000, más de la mitad de los niños que nacen en Estados Unidos son hispanos. Y todos aprenden muy pronto quién es Don Francisco.

Una semana antes de que Mario Kreutzberger abordara un crucero por el Caribe junto a su señora, sus hijos y todos sus nietos para celebrar sus 70 años, «El Mercurio» viajó a Miami para conocer in situ , durante poco más de 48 horas, cómo es la vida de la máxima figura televisiva chilena en esa segunda patria suya a la que llegó hace ya más de dos décadas.

El emperador

En Miami, Don Francisco maneja un Bentley. Es un auto de lujo que a simple vista no lo parece, pero cualquier conocedor sabe que se trata de un vehículo exclusivo, fabricado desde hace casi un siglo en Inglaterra, uno a uno, a través de un proceso que mezcla la artesanía con la tecnología de vanguardia. La máquina alcanza una velocidad de 312 kilómetros por hora, pero Don Francisco no sobrepasa el límite de velocidad. Lo más impropio que hace a bordo es leer sus mails en la BlackBerry mientras conduce.

Desde hace 18 años vive en la misma casa, construida en una isla al norte de Miami Beach. Su barrio está rankeado, según el censo del año 2000, como una de las 10 comunidades residenciales más acaudaladas de Estados Unidos. El lugar tiene 1,2 kilómetros cuadrados y la mayor parte de su superficie está ocupada por un exclusivo campo de golf (el mejor de Miami, según las guías turísticas que venden en el aeropuerto) rodeado por sólo 40 casas. Entre los propietarios se cuentan a Julio y Enrique Iglesias, un jeque árabe, uno de los fundadores de Calvin Klein y, por cierto, Don Francisco. La isla es patrullada las 24 horas al día por lanchas de policías privados, los que también controlan a todos quienes entran y salen a través de la única vía terrestre que conecta con la ciudad.

En su hogar, Don Francisco vive con su señora, Temmy Muchnik, quien pasa largas temporadas en Santiago para estar cerca de sus nietos. Un matrimonio de chilenos habita también en la casa y se ocupa de las labores domésticas, donde se cocina comida chilena.

El lugar es del tipo «inteligente». A través de unas pequeñas pantallas LCD instaladas en los muros de cada habitación se pueden programar las luces, la temperatura ambiente, la alarma, etc… La elegante decoración integra motivos alusivos al judaísmo, religión que profesan los dueños de casa. También hay pinturas de Matta, Botero y Carmen Aldunate. Por todos lados hay televisores, a través de los cuales se pueden ver canales de televisión chilenos y a través de un menú se puede acceder a cada uno de los programas animados por Don Francisco en las últimas semanas.

A cinco minutos de ahí está uno de sus restaurantes favoritos, la Parrillada Las Vacas Gordas, en Normandy Drive. Su dueño, el uruguayo Luis Gajer, es amigo y devoto de Don Francisco. Esa semana mantuvo su establecimiento abierto hasta la medianoche (y, lo más importante, con el carbón encendido), cuando ya no quedaban clientes, esperando a Mario, quien le avisó una hora antes que iría a cenar con un periodista chileno.

El propio Gajer se sentó al lado con un puro y una copa de vino para hablar de Don Francisco. «Ustedes en Chile quizás no alcanzan a dimensionar lo enorme que es este hombre», comenta poco después de presentar en la mesa un inefable trozo de wagyu de 500 gramos. Uno de los datos que aparecen en la conversación es que cualquier candidato presidencial norteamericano sabe que uno de los eventos clave de la campaña es la entrevista que le realice Don Francisco. Ya se ha vuelto una obligación.

El obrero

Cada noche, antes de acostarse, Don Francisco encuentra a los pies de su cama un documento impreso con la agenda detallada de actividades que tendrá al día siguiente. Lo más probable es que tenga alguna reunión durante la mañana y luego partirá, antes del medio día, a Univisión, el canal hispano por excelencia de Estados Unidos, en el que trabaja desde abril de 1986.

En esa época, Don Francisco era funcionario del Canal 13 de Chile y partió a probar suerte al mercado norteamericano, donde nadie lo conocía. Su primer contrato fue semanal. Después de trabajar toda la semana en Santiago, viajaba el fin de semana a Miami a grabar y se devolvía para cumplir sus jornadas normales con su principal empleador. Dos noches a la semana dormía en el avión. El sistema era de lunes a lunes.

Al poco tiempo consiguió un contrato por un año en Univisión. La «compañía», como se refiere él al canal, empezó a requerir cada vez más de sus servicios y decidió arrendar una habitación en Miami. Pasaba 11 días del mes en esa ciudad y 19 en Chile, pero no de corrido, sino intercalados. Los viajes y los cambios de ambiente lo deprimieron. Para no sentirse tan ajeno cuando estaba afuera, se hizo en Miami una réplica de su pieza en Santiago, duplicó los muebles y la ropa, para sentirse en casa.

La itinerancia duró hasta 1992, cuando las condiciones le permitieron radicarse en Estados Unidos. Sábados Gigantes dejó de grabarse en Chile y todo su equipo se instaló definitivamente en Miami.

Desde entonces, su rutina ha sido prácticamente la misma. Trabajar unas 12 horas diarias, desde el mediodía hasta casi la medianoche.

Don Francisco adora la rutina. Aunque es un tipo creativo, que trata de producir ideas novedosas todo el tiempo, no puede evitar aferrarse a lo conocido. Trabaja desde hace décadas con las mismas personas. El periodista chileno Marcelo Amunátegui, productor general de «Sábado Gigante», lo acompaña desde hace 31 años. Eduardo Fuentes, productor general del programa «Don Francisco presenta», también es periodista chileno, y cumplirá en algunos meses 30 años como miembro de su equipo. Los cubanos Antonio «Cuco» Arias, productor ejecutivo, y Vicente Riesgo, director de televisión, están con él desde hace 24 años. Y su coordinadora internacional, María Luisa Calderón, acaba de completar dos décadas en el team .

Mario Kreutzberger es uno de los mayores ejemplos vivientes de la máxima de que no hay que tratar de arreglar algo que funciona bien. Ese principio, unido a sus supersticiones, explica sus conductas sistemáticas y hasta repetitivas.

Nunca deja de usar un palo de fósforos debajo de su argolla, cada vez que comienza una grabación sube al escenario cantando la misma canción («Cómo quieres que te quiera, si tú nunca me has querido…»), y en su camarín se sienta en el mismo sofá de cuero desde hace más de 20 años. De hecho, si bien en el canal le habilitaron un moderno y lujoso camarín, él sólo ocupa una pequeña habitación en la que apenas cabe una mesa… y su viejo sofá de cuero.

Ahí mismo almuerza todos los días la comida casera que trae en su cooler rojo y que le prepara su nana chilena; a centímetros del televisor.

Tampoco ocupa mucho su grande y cómoda oficina formal en el área administrativa. Sólo pasa por ahí, todos los días, cargando su vianda, con su boina azul y su atuendo poco vistoso. Parece un empleado más de la «compañía». Pero, obviamente, no lo es.

Sus programas producen un tercio de los ingresos del canal y él es, sin contrapesos, la figura más relevante y rentable de Univisión. En ocasiones, algunos de sus shows han obtenido la primera sintonía de todo Estados Unidos, considerando incluso los programas en inglés de la televisión abierta.

Pero nada de eso lo relaja. Cada día llega con anticipación a las grabaciones a estudiar grandes legajos de libretos. Memoriza nombres, parlamentos, fechas, lugares, anécdotas. Y luego graba, una y otra vez, durante horas. En los intermedios lee los días diarios chilenos en su i-Pad y atiende alguno de sus tres celulares (el personal, el de la compañía, y el número que ocupa en Chile).

La maratón

El martes 28 de diciembre pasado, Don Francisco cumplió 70 años en alta mar, en algún lugar del Caribe entre las islas Tórtola y Antigua. Ese día reafirmó su convicción de que había sido una gran idea realizar ese paseo familiar. Después de apagar las velas, y mientras miraba el océano, escribió la siguiente frase: «La vida es una maratón, en la que conforme pasa el tiempo, el avance se vuelve más difícil y lento».

Es obvio que Mario Kreutzberger ha conseguido en la vida mucho más de lo que cualquier persona normal pudiese siquiera soñar. Pero él se toma la vida como una maratón en la que la meta se aleja un par de kilómetros cuando pareciera que está a punto de cruzarla.

Pensó que su carrera duraría 30 años, luego 40, y ahora su sueño más próximo es llegar a los 50 años haciendo televisión. Esa meta se cumple en 2012. Su contrato actual le alcanza de sobra para lograrlo, pero él no se confía. Y no quiere dejar de hacer esto mismo que hace para que las cosas no se estropeen.

No hay duda de que en dos años más la meta se volverá a correr. Desde hace tiempo tiene el proyecto de crear un canal segmentado para la «segunda edad». Seguramente se lo propondrá a Univisión, o tal vez lo eche a andar cuando ya sea dueño de todo su tiempo.

Hay quienes dicen que hoy Don Francisco camina un poco más lento que antes y algunos incluso notan que uno de sus brazos pareciera dejarse caer sobre el costado izquierdo de su cuerpo. Pero no se trata de nada anómalo. Quizás sólo sea el resultado de cargar por casi medio siglo un micrófono, que a estas alturas es ya una extensión de su anatomía. Lo que está claro es que no lo dejará ir, porque, como él mismo repite una y otra vez, «si yo dejo de hacer esto, me muero».

Sus programas producen un tercio de los ingresos del canal y él es, sin contrapesos, la figura más relevante y rentable de Univisión.Mario Kreutzberger se toma la vida como una maratón en la que la meta se aleja cuando está a punto de cruzarla.