El síndrome del making off

sanficAlberto Fouguet / Qué Pasa / Varias tendencias se pueden detectar después del Sanfic. Una de ellas es el síndrome del making of, donde lo más fascinante de la cinta es la historia de cómo se realizó. La mejor película que vi fue la que, además, terminó ganando: «Putty Hill», una cinta americana tan alejada de Hollywood que termina rescatando lo mejor que hizo Hollywood durante los años 70.

Después de ver un promedio de cuatro a cinco películas diarias de cine-arte latinoamericano en el último y mejoradísimo Sanfic 6, seguí el consejo de un amigo director y traté de desintoxicarme. Lo hice con «Date Night», una comedia no tan disparatada ni mucho menos perfecta, fabricada por Hollywood con dos estrellas surgidas de la TV: Steve Carell y la grandiosa Tina Fey. No hubo, por cierto, nada remotamente parecido en el Sanfic a «Date Night» y no tiene por qué haberlo. Uno puede ver cintas como ésta (un matrimonio decide salir en una cita romántica sin niños y terminan en medio de una persecución) a cada rato, pero mientras la veía nunca pensé en salirme y, lo mejor, nunca pensé que el director estaba más preocupado de cómo dirigía que de seducir y entretener al espectador.

Y quizás ésa es la vara que mide el gran cine (y «Date Night», ojo, no lo es) con el cine que trata de ser grande y que no lo es, aunque pueda ser novedoso, lento, raro o una suma de las tres cosas. No todas las cintas que no llegan a la cartelera son obras maestras, pero en un mundo perfecto uno tendría la posibilidad de poder verlas igual en salas grandes y con la butacas llenas de gente sudando adrenalina. Ésa es la gracia del Sanfic: crear un mundo que no es el mundo real. Por una semana, la cinta pequeña y alternativa lograr transformarse en «Avatar».

En un festival como Sanfic todo puede pasar. Por cada joya, se ven tres bochornos que creen que arte es experimentar, tanto que se terminan copiando los clichés de otras cintas desarticuladas que han embaucado a jurados inseguros en ciudades del norte de Europa y -quizás el peor de los pecados- se cree que hay dos elementos que ya no son necesarios: el guión y la empatía. Bienvenidos a la era del docudrama o la ficción documental, donde los actores no son bienvenidos y donde Billy Wilder y Woody Allen y Eric Rohmer son considerados el enemigo.

Varias tendencias se pudieron detectar después de ver más de 25 filmes. Quizás las tendencias más fáciles de destacar fueron: el síndrome del making of (donde lo más fascinante de la cinta es la historia de cómo se realizó o concibió, algo que siempre le gusta a la prensa); y la oda rousseauniana o remakes de arte tipo «La laguna azul» (cintas sobre extraños que van a islas o sitios ajenos, como la sobrevalorada, escamada y últimamente tramposa «Alamar» o «El calambre» de un cineasta mexicano que no es ni será Terrence Malick). «Gummo», «Tarnation» y «Los muertos», esta última de Lisandro Alonso, no se exhibieron, pero cintas inspiradas en ella abundaron e incluso agotaron.

La mejor cinta que vi fue la que, además, terminó ganando aunque es una pena que tuviera que compartir el premio con la que más me sulfuró: «Alamar», pero bueno, la cinta eco-mexicana desaparecerá y, poco a poco, Matthew Porterfield irá consolidándose. «Putty Hill» (en la foto), una cinta americana tan alejada de Hollywood, que termina rescatando lo mejor que hizo Hollywood durante los años 70. Una cinta coral sobre un grupo de veinteañeros que parecen los zombis de un país devastado, donde la familia desapareció hace años y lo único que queda son las ruinas humeantes. Todos están ligados a Cory, un chico que quizás tuvo la buena idea de morir de una sobredosis y saltarse el mundo tal como lo conocemos. El llamado mundo del white trash acá es tratado con gloria, sensualidad y cariño. Matthew Porterfield conoce esa gente y además tiene la buena idea de entrevistarlos sin guión, pero no cae en el síndrome del making of porque si bien él mismo confiesa que su guión fue «delgado», Porterfield entiende que el único mundo que conoce y domina, que le duele y del cual nunca va a escapar, es el barrio de Putty Hill, al norte de Baltimore. Su mundo es atroz, pero su mirada tiene estética y verdad: es verano, hace calor y el todo parece a punto a derrumbarse, pero no por eso la gente no puede tatuarse, bañarse en un río, pasar tardes en una piscina inflable o cantar karaoke durante una fiesta post funeral, en una secuencia tan inspirada y cargada que remite nada menos que al final de «El francotirador» de Cimino. Matthew Porterfield es un total marginal y, quizás por no contar con las caricias europeas con que cuentan muchos cineastas latinoamericanos, no tiene que rendirle cuentas a nadie, excepto a sus propios fantasmas.

Los cortos nacionales siempre son un buen lugar donde conocer talentos nuevos, tanto detrás como delante de la cámara. En «Bruselas», filmada en Nueva York con una cámara digital Canon, Omar Zúñiga Hidalgo cree tanto en sus personajes y en el guión (los buenos silencios son parte de un guión) que, claramente, no obtuvo ni una mención especial. Pero no me cabe duda que ahí hay un cineasta que lee, que entiende, que conecta, que no tropieza con la moda y que sabe que menos es más.

Sanfic es el festival donde los chilenos pueden debutar o estrenar de la mejor manera, y buena parte de la delegación que casi se tomó el último Bafici estuvo presente, como la encantadora y creativa y extremadamente chilena «31 de abril», que sin duda conectó con el público, que la premió como su favorita. Víctor Cubillos sabe lo que hace y tiene pura buena fe y entusiasmo. Quizás demasiado porque la cinta apuesta mucho también a un final que, para mi gusto, no es tan importante como lo venden, puesto que la película perfectamente puede pararse sola, por sí misma. Otro filme donde el relato del making of casi se come al relato real, que funciona y emociona y está lleno de verdad, y que ojalá pueda estrenarse, verse y por cierto aplaudirse.

*Escritor y cineasta.