El terremoto y las fracturas de Chile

joseaylwinJosé Aylwin / Observatorio Ciudadano / «El terremoto del sábado 27 de febrero, en última instancia, desenmascara una realidad que la elite política y los medios de comunicación se han empecinado en negar; la de un país en que coexiste la opulencia con la pobreza material, el primer mundo con el tercer mundo».

Nuevamente un terremoto ha azotado al país. El movimiento telúrico, de una fuerza impresionante, y el maremoto que lo siguió, han provocado la muerte de centenares de personas, la desaparición de otras tantas, la destrucción de edificios, viviendas e infraestructura vial, en el centro y sur de Chile. Las imágenes de televisión son devastadoras, y el sufrimiento de la gente es enorme.

Todos y todas quienes habitamos este país debemos movilizarnos en forma solidaria para ir en ayuda de los más afectados, para paliar, al menos en parte, los daños y sufrimientos provocados por el terremoto. Deberíamos, además, exigir del estado, como garante del bien común, el rol que le corresponde en la reconstrucción del país, en particular de las viviendas de los sectores más desposeídos que fueron destruidas y de la infraestructura necesaria para el normal funcionamiento del país.

No puede sino señalarse, aunque sea en un momento tan triste como este, que el terremoto deja en evidencia algunas de las fracturas históricas de Chile; la que se genera cada cierto tiempo por el choque de la placa de Nazca y la placa de Sudamérica, desencadenando movimientos sísmicos de gran intensidad, y la de la ausencia del estado, con la consiguiente inequidad entre sus habitantes e injusticia social que esta realidad genera.

Sobre la primera fractura, tenemos ya suficiente información y evidencia científica, aunque resulta evidente que tal información no ha sido suficientemente difundida en la población por parte del estado, que tiene la responsabilidad de hacerlo. Sino no podría entenderse la muerte y devastación provocada por los tsunamis que siguieron a los movimientos sísmicos de la semana pasada.

Sobre la segunda, lamentablemente, tenemos aún menos conciencia. Lo que el terremoto nos hace ver, es que tras veinte años desde el término de la dictadura, Chile no cuenta con un estado sólido que permita abordar este tipo de catástrofes. Ello se evidencia en la ausencia de planificación urbana y de información a la población para hacer frente a los tsunamis, y en la prolongada demora de las instancias tanto civiles como militares que lo componen para ir en ayuda de los afectados (cuando llega, lo hace tarde, y para implantar el estado de catástrofe). También queda de manifiesto en la inexistencia de una red pública de información (por varios días fue una radio privada la casi exclusiva fuente de información de los hechos) y en la ausencia de control público sobre los servicios de primera necesidad (aguas, energía, telefonía) indispensables para la población frente a catástrofes de este tipo, servicios que como sabemos se encuentran poder de privados.

Otro hecho que da cuenta de la ausencia no solo de un estado sólido en Chile, sino también de una sociedad cohesionada, es la triste realidad de saqueos de supermercados y tiendas que hemos visto en las pantallas de televisión. Aunque algunos de estos saqueos, como aquellos de los sectores más golpeados por el terremoto, encuentren su explicación en la necesidad de la población de contar con provisiones básicas para su subsistencia, nos inclinamos a pensar que ellos son más bien demostrativos de otros fenómenos que requieren de mayor análisis.

Tales saqueos, al menos en algunos casos, encuentran su explicación en la percepción de injusticia que existe en sectores de la población que, en momentos de emergencia como este, consideran válido vaciar los estantes de las grandes tiendas y supermercados que, con el aval del estado, han acumulado riquezas a sus expensas, mientras ellos permanecen empobrecidos.

En otros casos, develan la ignorancia en que el estado tiene sumido a la población, al no destinar los recursos que se requieren para su adecuada educación, no solo en conocimientos, sino también en valores, como la solidaridad, tan importante en momentos como este. Se trata, como sabemos, de una ignorancia que se ve incrementada por los medios de comunicación, los que inducen a la población a pensar que la felicidad se encuentra en el consumo y posesión de bienes materiales –como los que se sustrajeron de los supermercados en estos días- y no en la solidaridad social, tan relevante en momentos tan dramáticos.

El terremoto del sábado 27 de febrero, en última instancia, desenmascara una realidad que la elite política y los medios de comunicación se han empecinado en negar; la de un país en que coexiste la opulencia con la pobreza material, el primer mundo con el tercer mundo. A pesar de los esfuerzos que ellos han realizado por años para mostrarnos a Chile como un país ganador, un país que deja la región para insertarse, a través de tratados de libre comercio y, más recientemente, de su incorporación en la OECD, a las ligas superiores, como si todos sus habitantes, por igual, estuviésemos invitados a la misma fiesta, el terremoto ha develado la inequidad social que sigue existiendo en el país.

A pocos días del término del gobierno de Bachelet, estas dos fracturas han sido constatadas en el triste contexto del terremoto no solo por la comunidad nacional, sino también por los observadores internacionales que nos visitan.

En los próximos días el gobierno del país pasará a ser conducido por Sebastián Piñera, un hombre que construyó una de las mayores fortunas del país, precisamente sobre la base del desmantelamiento del estado y de un sistema económico que hizo de Chile uno de los países de mayor desigualdad en la distribución del ingreso en la región. Nada hace pensar que estos fenómenos tan dramáticamente develados por el terremoto serán superados bajo su administración.

¿Seremos capaces de aprender de las lecciones del terremoto?