Embanderados hasta las orejas

casco mineroLeonardo Sanhueza / LUN / Q uizás es normal que cada quien quiera sacarle una mascada de beneficio propio a un hecho noticioso de la magnitud del rescate de los mineros, pero da la impresión de que más de alguien se ha pasado de la raya: periodistas que inflan como locos un asunto que informativamente se les agotaría en despachos de cinco minutos, autoridades que manejan una faena técnica como si se tratara de una nueva aventura de Súperman, comerciantes que instalarían un mall adentro de la mina si eso fuera posible, empresas mineras que sacan las castañas con la mano del gato bajo el poncho de la “responsabilidad social”. Con excepciones como la del ingeniero Sougarret y su gente, la regla ha sido estrujar ese limón hasta dejarlo convertido en una triste piltrafa.

En algún momento el rescate adquirió un tono de epopeya nacional que le queda nadando. La admirable resistencia de 33 obreros y el profesionalismo sin mella de los rescatistas –y su revés en la chanchada moral de los dueños de la mina y el consecuente destape de la olla oscura y codiciosa de la pequeña y mediana minería– son el verdadero núcleo de este relato trágico y conmovedor, pero de pronto todo eso ha sido cubierto por una ola de falsificaciones: los 33 ahora ya no son hombres, sino símbolos patrios, y el rescate ya no es una operación de ingeniería, sino un parto, una gesta, una apoteosis en la que estallan como fuegos artificiales los presuntos valores de toda una nación.

“Estamos con ustedes” ha sido el eslogan del patrioterismo cínico y cebollero de un país que se embandera hasta las orejas para convencerse de que es un solo cuerpo y que el sufrimiento y la alegría de uno es el sufrimiento y la alegría de todos. Pero deberíamos recordar que ese país, ese Chile que ahora canta su himno de la unidad nacional en el rescate de 33 víctimas del libertinaje económico, es el mismo que ya se desentendió de miles y miles de sureños que aún viven entre adobes derrumbados y ratas y desesperanza. Ese país que recibirá a los mineros con el corazón apretado en la garganta es el mismo que anteayer pateaba el suelo de pura envidia por las negociaciones colectivas de los mineros de Codelco o Escondida, el mismo que no daría un cobre por una educación igualitaria, el mismo que no dijo ni pío cuando sus representantes escatimaban el sueldo mínimo o las seguridades sociales y el mismo que aparta la vista cuando ve un desvalido pero que se emociona a moco tendido en cada Teletón.

La historia del papelito más famoso de todos los tiempos –“Estamos bien en el refugio los 33”– habla por sí sola y corona ese patriotismo de resipol: nació como un profundo y desesperado mensaje de supervivencia y fortaleza en la precariedad, luego fue un trofeo para el oportunismo político, después se volvió un chiche presidencial y, finalmente, ahora reproducido por centenares en un primor de facsímiles enmarcados, se convirtió en un fatuo souvenir, una chuchería para los asistentes a esta función única de la falsa epopeya patria.