Explosión de metaperiodismo

arcadiArcadí Espada */ A modo de Prólogo de «El Fin de los Periódicos» / Una gigantesca y universal explosión de metaperiodismo se ha producido en el último año. Es probable que en ningún otro momento de la historia el periodismo se haya convertido tanto en tema. Y no sólo en su propio tema. Los discursos económicos, políticos, tecnológicos, literarios y científicos también se han ocupado de la crisis del periodismo. Y es también probable que, como siempre que se produce una convulsión cultural de magnitudes semejantes, el periodismo se haya convertido en la excusa (en la percha, dicho sea en su argot de sastrería) para hablar de muchas otras cosas.

He seguido esta discusión con pasión, casi con voracidad animal. Hace tiempo que me convencí de la imposibilidad de continuar practicando el oficio sin añadirle una preocupación constante por su making of. Los periodistas que escriben sin meditar sobre los modos de producción de la noticia (desde las cuestiones éticas hasta las puramente técnicas) han acabado por parecerme novelistas que en el siglo XXI practican el realismo ingenuo y escriben de un modo crédulo e indiferente. Hacer periodismo es hoy, también, informar sobre el propio periodismo. La ontológica modestia franciscana del oficio, esa pavana para un pollo muerto de que el periodista nunca es noticia, ha acabado revelándose como un mero modo de encubrimiento y elusión de las responsabilidades.

En términos generales, creo haber entendido los asuntos principales de la discusión. Enumerando:

1. Las dificultades del establecimiento de un nuevo modelo de negocio del periodismo en el contexto digital.

2. El cambio radical en un paisaje informativo donde la fuente puede contactar sin mediación con los ciudadanos.

3. La evidencia, de formidables consecuencias, de que el periodismo ya no gestiona en solitario el debate sobre el conflicto social.

4. El reconocimiento de que el periódico de la gran época industrial era un proveedor no sólo de noticias, discusión y conocimiento, sino también de amenidad: y que primero la radio, luego la televisión y, last but not least, internet han reducido drásticamente su ambición.

5. La emergencia de nuevas narrativas vinculadas a la combinación de audio y escritura en el texto.

6. La desaparición del formato y la distribución de la información a lo hondo, y no a lo ancho y largo, mediante el hipertexto.

7. Las posibilidades de transparencia en la gestión pública que permite el medio digital y su exitosa vinculación con el periodismo.

8. La mejora cualitativa del periodismo a partir de la precisión que aportan las consultas en los buscadores y bases de datos informatizadas.

9. La conversión de la información en un flujo continuo.

Cada uno de esos puntos tiene sus explicaciones, sus enfoques diversos y su sentido. Los comprendo y me resultan familiares. Por desgracia no me ocurre lo mismo con uno de los rasgos más violentamente llamativos de esa discusión. El rasgo podría resumirse con estas palabras melodramáticas: ¿Cómo y por qué han acabado odiando a los periódicos de este modo obstinado y feroz? Para empezar convendría aclarar el sujeto. ¿Quiénes son ellos?

Su heterogeneidad no facilita, siquiera, una identificación global aproximada. Los hay muy jóvenes, más o menos vinculados al modo de conducta geek, cuya particularidad más interesante para lo que nos ocupa es que, en su corta vida, jamás abrieron un periódico. Se dan también los veteranos de la Carta al Director, auténticos drogadictos de la opinión, ofendidos porque los periódicos sólo publicaron dos cartas de las 100.000 que dirigieron en los últimos treinta años: si puede dudarse de que internet sea un lugar donde se lean sus cartas, no hay duda de que es lugar para escribirlas y publicarlas sin las impertinentes aduanas. Hay también periodistas en la media edad o bajándola que el periodismo expulsó de sí con razón o sin ella. Hay profesores de instituto, asqueados por la superficialidad del periodismo, que redactan blogs profundos, pecios abisales. Y bastantes mujeres, tout court: el periódico siempre fue un artefacto básicamente masculino. Abundan, asimismo, los profesionales de la conspiración que identifican al periódico con un refinado instrumento del capital para el dominio y descerebramiento de las masas. Políticos muertos. Cineastas ególatras. Delincuentes. Locos.

 II

 Ya se ve que la investigación sobre los sujetos no lleva a nada. El periódico se parece a cualquiera de esos tipos que aparecen apuñalados en un callejón y nada más empezar a investigar el asesinato la policía se da cuenta de que lo difícil sería encontrar a alguien que no hubiese querido matarles. Los periódicos, y los periodistas, han estado en el centro de la vida pública durante los dos últimos siglos. Su protagonismo sólo lo superan los políticos. Desde los muckrakers hasta Bob Woodward, el periodismo ha sido un oficio de honrados y valientes, con el único pero muy atractivo defecto del cinismo. Esta honradez e independencia las proyectaba el periodista tipo respecto de sus propios patrones, por muy poderosos y kanes canis que fuesen. En la glorificación del periodismo nunca hubo confusiones respecto a la comprometida potencia del oficio. Siempre se supo que el periódico era un arma peligrosa y temible, pero pocas veces se optó por usarla, en la literatura, en el cine o en cualquier otra formalización del mito, contra la gente decente. En el imaginario colectivo, y a lo largo de muchos años, el periodista ejerció de contrapoder del político, y el clímax de tal imaginario fue, desde luego, el caso Watergate.

 Tres décadas después la opinión pública parece haber escrito una sentencia muy distinta. Políticos y periodistas continúan estando en el centro de la vida moderna. Pero ya están juntos, compartiendo el mayoritario desdén de los ciudadanos. El periodista ya no es el contrapunto del político sino su cómplice. Tal vez haya quien crea que este proceso se ha acelerado vertiginosamente en los últimos años. Es probable, pero sólo a condición de que se reconozca que empezó mucho antes. Examinemos el caso de uno de los periodistas más importantes que han existido. El gran Walter Lippmann, modelo de insiders. Su biógrafo, Ronald Steel, describe en el párrafo siguiente el contrato que firmó con el Washington Post en 1962… cuando tenía 73 años. El párrafo explica bastante, no sólo sobre la vida afortunada de Walter Lippmann, sino sobre el ejercicio del periodismo y su lugar entre las élites:

«Lippmann jugaba al tenis habitualmente con el matrimonio Graham [Katherine y Philip], y muchas veces almorzaba con Philip en el Metropolitan Club. Durante uno de estos almuerzos, a finales de mayo de 1962, cuando hablaban de trabajo, Lippmann mencionó de pasada que su contrato con el Herald Tribune estaba a punto de finalizar, y que tenía que firmar otro nuevo. Graham empezó a emocionarse. Era la ocasión de asestar un golpe al Herald Tribune y llevarse al columnista estrella de Estados Unidos a su propia agencia de noticias. En un arrebato de entusiasmo, Graham le propuso un trato magnífico. Si Lippmann firmaba un contrato de diez años con el Washington Post, Graham le garantizaba un millón de dólares. Sólo tenía que escribir dos columnas a la semana durante ocho meses al año, y dieciséis artículos al año para la revista Newsweek, que Graham había comprado recientemente, con la intención de convertirla en una auténtica rival de Time. Lippmann cobraría un salario fijo de setenta mil dólares al año, más el noventa por ciento de los ingresos de la distribución de columnas adicionales (contra los treinta y cinco mil dólares y el cincuenta por ciento, que le daba el Herald Tribune). Además, el Washington Post le ofrecía un apartamento en Nueva York, dos secretarias, una documentalista, un boletín informativo permanente de Associated Press, gastos de oficina, una limusina para que Lippmann se desplazara por Nueva York, y todos sus gastos de viaje pagados. Para que la oferta resultara más atractiva a una persona que había cumplido ya setenta y tres años, Graham le dijo que, aunque redujera el número de columnas o dejara de escribir por completo, continuaría pagándole cincuenta mil dólares al año, más otro veinte mil para gastos, durante diez años. Y que, en caso de producirse su fallecimiento, su viuda percibiría veinticinco mil dólares anuales durante diez años.»

 Sin duda, uno de esos contratos que llaman leoninos. El hombre que gozaba de esos privilegios difícilmente podía ser percibido por los ciudadanos como one of ours. Pero luego estaba su trabajo. Las cuatro décadas que abarcó su legendaria columna T&T (Today and Tomorrow) son un ejemplo modélico de la promiscuidad entre políticos y periodistas. Lippmann ejerció una suerte de oposición unipersonal y permanente a los gobiernos de turno. Sólo que empotrada en el propio poder: Lippmann negociaba con el establishment su trabajo periodístico, lo que, como es natural, no tiene por qué suponer que acabara siempre felizmente y a gusto del poder. Aunque otras veces la felicidad era completa: se llegó al bucle có(s)mico de que aplaudiera en sus columnas palabras o decisiones de políticos… que habían sido escritas o propuestas por él en alguna de las decenas de miles de conversaciones confidenciales que mantuvo con los hombres del poder en América y en Europa. Lippmann era, obviamente, la cumbre de un sistema de colusión entre el periodismo y la política, pero su ejemplo se repetiría, a lo largo de los años, en innumerables fotocopias jibarizadas y provinciales de la prensa universal.

Nada como el dinero para desvincular al periodista del común de los ciudadanos. Pero en el caso de Lippmann y del oficio que inaugura (insider) hay algo más. Todo su pensamiento, desde La opinión pública hasta The Phantom Public, se organiza a partir de la profunda desconfianza sobre la capacidad de discernimiento de las masas. Lo sustancial de la crítica de Lippmann a la democracia es que los sujetos deciden sobre asuntos que no entienden. De ahí, en claro sometimiento conceptual, Lippmann formaliza el sentido del insider, es decir, del especialista que maneja información confidencial y que es más o menos capaz de traducir la complejidad de las decisiones al lector medio. Pero como hemos dicho y demuestra la propia obra (¡y la vida!) de Lippmann este intermediario traduce en una sola dirección: del poder a las masas y jamás en viceversa.

 Hay fundamento, por tanto, en la opinión crítica que incorpora el sintagma periodismo ciudadano. Un puro pleonasmo si nos atenemos a la concepción tradicional del periodismo, pero que en su misma formulación revela el descontento con la evolución de un oficio que nació de los ciudadanos y ha acabado viviendo del poder. Sin embargo los oficiantes más apasionados del llamado periodismo ciudadano no reclaman (o no reclaman sólo) la devolución del periodismo a sus parteros. Lo que en realidad sostienen, más o menos descaradamente, es que la información ha de abandonar las manos de los periodistas y pasar a las de los ciudadanos. Imaginan un mundo, una red, sin centros, donde la comunicación entre los ciudadanos no pase por mediación ninguna y cada uno sirva a los demás desde su función social o su especialización intelectual. Como el mediador les ha traicionado han dejado de creer en su necesidad.

 No creo que sea necesaria demasiada letra para poner en evidencia una postura semejante. La desaparición del mediador ha sido desde hace mucho tiempo una reivindicación de los más poderosos. Desde que fue técnicamente concebible la comunicación directa con los ciudadanos, los poderosos han tratado de eludir de mil maneras la aduana del periodismo. Esa aduana que en su funcionamiento ideal es una garantía de la veracidad de los discursos. Con ingenuidad realmente conmovedora, bienaventurados geeks de toda condición imaginaron que las nuevas redes de comunicación pertenecían en exclusiva a los ciudadanos y, aún mejor, a los ciudadanos buenos. Digamos que la ilusión duró hasta la primavera pasada, en la ciudad de Teherán, cuando los Guardianes de la Revolución se aprestaron a utilizar Twitter y derrotaron por enésima vez la célebre bobada demediada, según la cual el medio es el mensaje.

 El objetivo fundamental del periodismo no es la narración de historias veraces. Esto puede hacerse al margen del periodismo, en el cine y en los libros. El periodismo es, esencialmente, mediación y selección constantes sobre los hechos. Y es este núcleo de sentido el que ha recibido el embate furioso de miles de personas que a lo largo y ancho de la red claman contra el periodismo y se alegran sin disimulo alguno de la miseria y cierre de la industria periodística contemporánea. Respecto de la mediación, ya he aludido a la venganza contra los insiders y con las decepciones que su actividad ha producido en el ámbito ciudadano. En cuanto a la selección y jerarquización de los hechos, los airados también discuten el papel de los periodistas. Aunque en este caso, asoma y asombra la tosquedad del razonamiento. Los airados suponen que la agenda de los hechos relevantes la fijan los periodistas les discuten su legitimidad para hacerlo. Ignoran, por supuesto, que la fijación de esa agenda es fruto de un complejo y dinámico pacto social en el que los periodistas participan junto a otros muchos grupos de influencia.

 III

 No se puede negar que hay razones objetivas en la crisis de confianza entre ciudadanos y periodistas. Pero tampoco la perversa figura moral e intelectual que articula esa decepción. Se trata del relativismo. Un mundo sin mediación periodística no es nada más que la extensión a la comunicación de masas del canon posmoderno: se trata de un mundo donde la comprobación de la veracidad de las noticias tiene una importancia relativa, porque, al fin y al cabo, la verdad y la mentira no dejan de ser categorías culturales, códigos, meros pactos entre poderosos. Sentada esa equiparación de la verdad a un constructo opinable no extraña la aparición de los que aseguran, en obvio correlato lógico, que el periodismo digital es una conversación, donde importa sobre todo la pura fisiología del acto y no la (¡siempre discutible!) carga de sentido que acumule.

 Hace algunos meses un responsable de la redacción del diario El País se justificaba ante la Defensora del Lector por haber publicado una noticia falsa sobre la autopsia de Michael Jackson. Y lo hacía en estos términos sugerentes:

 «La noticia de The Sun sobre la autopsia se propagó rápidamente por la red y EL PAÍS no podía dejar de darla. Éramos conscientes de que a los dos horas podía ser desmentida, pero también podía ser verdad. En un medio on line la información se va dando y modificando constantemente.»

El periodismo siempre ha ido modificando la información. Si antes tardaba un día, luego fueron unas horas y ahora son segundos. No ha cambiado la naturaleza provisional de la escultura de hielo, que se alza y se deshace cada día, a la que se refirió hace años, bella y exactamente, un gran periodista español. Pero cualquiera del oficio sabe que, aun en esas condiciones inestables, el pacto del periódico con sus lectores es un pacto de veracidad y no de verosimilitud. Es la novela realista y no el periódico la que se ocupa de todo aquello que podría haber sucedido: al fin y al cabo la característica más nítida de lo verosímil es que nunca sucedió. Un periodista también sabe que las noticias causan efectos constatables. Para no abandonar a Michael Jackson: es probable que su muerte causara una pena muy honda y hasta trastornos en muchas personas; y tampoco sería la primera vez que alguien decide suicidarse aprovechando la muerte súbita de sus ídolos. Pero hay periodistas que aún no han entendido que las noticias son hechos y que los hechos no pueden rectificarse. A pesar de todo, tampoco en este caso falla la coherencia relativista: dado que la verdad no existe, ¿no parece razonable ir acumulando un pozo de rectificaciones sin fondo?

La huella del relativismo también se advierte respecto a la selección y jerarquización de las noticias. Si todas las noticias, como todas las culturas, valen lo mismo, ¿cuál es, entonces, el sentido de jerarquizarlas? Es interesante observar la renuncia que el periódico digital ha hecho del sistema de clasificación de las noticias en razón de su importancia, que ha sido durante dos siglos la base, notablemente sofisticada, del periódico de papel. En la superficie digital, como en la de los noticiarios continuos, lo importante es lo último, y las noticias se yuxtaponen sin el volumen de contrapesos sutiles que la maquetación de papel impuso al relato de lo real. La información se convierte así en electricidad: un flujo continuo que sólo depende del interruptor que acciona el ciudadano soberano, a cuyo estricto criterio queda la determinación del valor de las noticias. La euforización delirante de este relativismo es la propuesta de los agregadores (tipo Google News) que ofrecen la posibilidad de confeccionar un diario individual, a partir de las preferencias de cada usuario. ¡De cada uno según sus capacidades a cada uno según sus necesidades! Una oferta que elude otra de las verdades supremas del lector de periódicos, que no los adquiere sólo por sus propias preocupaciones, sino sobre todo para conocer las preocupaciones de los otros. Aún más: con el egocentrismo concreto de indagar cómo sus preocupaciones se incrustan en el paisaje general. Porque esa incrustación es la que acabará dando tono y medida a sus preocupaciones.

 Así pues la crisis del periodismo puede y debe ser descrita también en términos posmodernos. Sería un error creer que el embate posmoderno ha llegado ahora al oficio, de la mano de la tecnología digital, las redes sociales y los agregadores de noticias. La primera noticia del embate vino de dentro y el periodismo la celebró y aún la celebra. Veamos este párrafo de Bricmont y Sokal en su célebre Imposturas intelectuales:

 «En los años sesenta y setenta se asistió al surgimiento de nuevos movimientos sociales –el movimiento negro de liberación, el movimiento feminista y el movimiento gay, entre otros–, luchando contra formas de opresión que habían sido poco valoradas por la tradicional izquierda política. Más recientemente, algunas tendencias en estos movimientos han concluido que el posmodernismo, en una forma u otra, es la filosofía más adecuada para sus aspiraciones.»

 El párrafo sitúa el lugar y tiempo de una de las corrientes originarias del posmodernismo. A ella habría que añadir alguna otra, por ejemplo, la corriente literaria de la crítica estructuralista y su conversión del mundo en texto. En los años a los que aluden Bricmont y Sokal, el periodismo participó de la ola posmoderna de un modo particularmente famoso con el desarrollo y fama del New Journalism, cuyo primer brote fue la publicación en septiembre de 1965, en el New Yorker, de A sangre fría, la novelita sentimental de Truman Capote. A partir de entonces quedó establecido que el periodismo se ocupaba de lo verosímil, y que, por lo tanto, la ficción entraba a formar parte de su paradigma. Obviamente no se trataba de una novedad estricta. Desde sus orígenes el periodismo jugueteó con la ficción, dado el carácter insoportablemente incompleto de lo real. Pero los pioneros lo llevaban con recogimiento y penitencia; desde Capote empezaron a exhibir su inmoralidad con pedante niebla epistemológica*.

 Lo que luego ha venido, y lo que está viniendo, sólo es una ampliación a escala.

 *A pesar de que, paradójicamente, Tom Wolfe fue un detractor del posmodern, como lo prueba su libro From Bauhaus to Our House. Debo esta apreciación a la atenta lectura de Ernesto Hernández-Busto.

 *Arcadí Espada, periodista catalán. Desde 1977 ha venido colaborando en diversos medios escritos de publicación diaria: Mundo Diario, El Noticiero Universal, La Vanguardia, Diari de Barcelona, El País y, actualmente El Mundo.

A modo de prólogo

El fin de los periódicos

Duomo 2009