Franja electoral: políticos la venden

franjaSebastián Montecino/La Nación / Partió la franja. Evento televisivo extraño, excepción a la regla, único momento en el que los políticos pueden decir lo que quieran por televisión, sin el filtro de las líneas editoriales de los canales. Para algunos puede ser ese instante clave de visibilidad, ese que les dé los votos que necesitan para salir electos (como olvidar la memorable “Rosa de Aric…”, todo un ejercicio de gestalt, que ya sacó imitadores un poco más dados al suspenso con el señor de “Mis propuestas son…”).

Para otros es la oportunidad de lucir todos los recursos publicitarios que el dinero puede comprar.

No extraña que dotados de tan poderosa herramienta, los discursos se tiñan de eslóganes publicitarios, las ideas de conceptos creativos, y los políticos de amarillo crepúsculo y tartrazina.

Es cierto, hay matices, pero en general la franja política de estos días se pierde en la intrascendencia, ya sea porque la televisión ya no es lo mismo que era antes, ya sea porque los ardides comunicacionales están a disposición de todos, independiente del talento que se tenga para llevarlos a cabo.

Si en 1988 la franja fue fundamental, lo fue más por los largos años de censura que otra cosa.

Pero para qué renegar. Fuimos muchos los que aprendimos los rudimentos de la democracia desde la franja política.

Para aquellos que nacimos después de 1973 y que crecimos con la televisión de la dictadura, el impacto de este evento político nos sigue obligando, por una extraña mezcla de costumbre cínica y porfiada esperanza, a echar una mirada a la publicidad política.

No vaya a ser cosa de que pasen las respuestas que estamos buscando, justo el día en que no la vimos.

Los candidatos de la franja televisiva no le hablan al electorado, sino que al consumidor, como si estuvieran vendiendo lavadoras o botellas de agua mineral.

Lo que promocionan es el futuro de Chile, cosas tan inasibles como los sueños y anhelos de la gran masa, o algo parecido al optimismo, que sin ser completamente sincero, te dice que todo irá bien, que todo va a mejorar.

A ratos siento que debería ir al Sernac a reclamar por publicidad engañosa.

La televisión y los políticos en campaña tienen una cosa en común: ambos son más efectivos cuando trasmiten emociones.

La pantalla puede contener millones de significados, pero si no conmueve fracasa. Lo mismo con los candidatos, que lo saben desde la época en que Alessandri Palma terminaba sus discursos tirándole la chaqueta a la multitud. La franja política modelo siglo XXI es emocionalidad pura, quizá por eso importe tan poco.