Hermógenes y el tiempo de callar

Héctor Soto / Seducido por la posibilidad de desconectarse y vivir más en el sur, resuelto a firmar la pipa de la paz con su señora en un tema donde las divergencias se estaban profundizando y en cierto modo derrotado por el abandono incluso de su feligresía más leal, Hermógenes Pérez de Arce siente que ha llegado el tiempo de callar. Estuvo hablando, como él mismo lo consignó en su artículo de este miércoles, por espacio de 27 años a través de sus columnas y de más de 46 a través de editoriales.

El abandono de sus incondicionales en cualquier caso es relativo. Si la noticia de su alejamiento tuvo tanta repercusión, bueno, significa que Hermógenes puede tener varios problemas, pero no exactamente de rating. Gente de muy distintas posiciones y pelajes ha estado opinando de la despedida de Hermógenes de El Mercurio. Y si él se siente solo e incomprendido, ese tremendo flujo de reacciones no hace otra cosa que alumbrar la misteriosa relación que une a los columnistas con su público. Suponer que la gente lee las columnas de alguien por el solo hecho de sentirse interpretado por lo que dice su autor puede ser tan cándido o estúpido como creer que las personas escogen sus amistades por compartir un barrio, una ideología o un grupo sanguíneo. Ciertamente no es así. Llega un momento en que las coincidencias de opinión o de sensibilidad son paparruchas comparadas con la complicidad o con el exquisito disgusto que puede comportar la lectura de una columna que, más allá de los acuerdos o desacuerdos que provoque, se hace grata por otras cosas: por la autoridad de su retórica, por su sentido del humor, por la belleza de sus observaciones, por la originalidad de sus prismas, por el tono con que habla, por la exactitud de su prosa, en fin… por la respiración o el ritmo interno de su escritura…

Hermógenes en varios de estos planos -y al margen de excentricidades y majaderías- ha sido por supuesto un buen columnista. Uno de los pocos que en el periodismo chileno ha cultivado este arte desde la autoironía y sin tomarse jamás demasiado en serio. Eso siempre se le agradecía. Es más: si había un rasgo que descolocaba a quienes lo escuchaban en sus escasas intervenciones públicas es que nunca su discurso alcanzaba las cotas de humor que orillaba su prosa. Una vez que lo entrevisté me dijo que eso respondía a que cuando escribía tenía la posibilidad de pulir y volver a pulir en términos que la improvisación nunca permite. Detrás de esa fachada de espontaneidad y ligereza, entonces, había en realidad mucho trabajo. Puede ser una de las razones.

La otra, me parece, podría estar en su timidez. Nunca fue lo que se llama un tipo invasivo. Aunque con facilidad se convertía en un talibán al defender los amarres de la Constitución del 80 o al relativizar las violaciones a los derechos humanos bajo Pinochet, en el trato personal siempre ha sido más bien serio y reservado. Hasta un tanto taciturno. Nada de raro, además, que desde unos buenos años anduviera por la vida un poco a la defensiva. Nadie con ideas como las suyas puede andar en Chile como Pedro por su casa, entre otras cosas porque efectivamente la casa cambió.

El desencuentro trágico

La deserción de Pérez de Arce puede ser leída por supuesto desde este ángulo, desde el cambio político y cultural. Con él desaparece quizás si el último portaestandarte del pinochetismo “puro y duro”, según escribió Jorge Edwards. Sus columnas en realidad hacían alarde de incondicionalidad a l’ancien regimen, pero, cuando el país ya había dado vuelta la hoja, en verdad nunca estuvo muy claro cuánto de anacronismo estrafalario o cuánto de devoción impostada había en estas profesiones de fe. Lo que hace más interesantes a los columnistas no siempre va por este lado. Va más bien por las veces que deben reconocer que expectativas que alentaron en determinado momento terminaron defraudándolos. También, cuando tienen que escribir acerca de heridas de combate que verdaderamente duelen y éste pareciera no ser el caso suyo.

Como Fidel Castro y al final como todos los obstinados hijos de la ética de la pura convicción, Hermógenes ha estado viviendo su desencuentro con la modernidad desde el sentimiento de la traición. Dónde quedaron los viejos ideales, los viejos estandartes, los viejos combatientes, se pregunta desconcertado y sin duda que hay una dimensión trágica en su descolocación. A todas luces se estaba convirtiendo en una figura mas incómoda para su propia tribu que para sus adversarios históricos. De hecho, nutría todas las semanas a la Concertación de lo que al oficialismo le gusta recordar y que la derecha prefiere olvidar. Nunca acabó por entender el nuevo Chile, con sus acomodos y reacomodos, con sus oportunismos y vulgaridades consumistas y mesocráticas. Menos todavía podía aceptar que este engendro fuese hijo de lo que con su típica ironía alguna vez llamó “el gobierno largo y bueno”.

La función debe continuar

Reconociendo que “la vida es triste para la mayoría de la gente”, Paul Johnson dice que “sin duda también lo es para el columnista”. Aunque agrega: “Pero, como en Pagliacci, se trata de no mostrarlo y de continuar con el espectáculo”. La función debe continuar y en eso seguramente están pensando los prosélitos que a Hermógenes ahora le están pidiendo que vuelva. Frank Sinatra se retiró varias veces antes que las miserias de la vejez le impidieran subir a los escenarios en forma definitiva. Decía que se iba, pero siempre volvía. Es una puerta que siempre queda abierta. Frankie la cruzó muchas veces, no obstante comprobar también que efectivamente el mundo había cambiado.

No era eso lo que a la gente le importaba. Lo que sus fans buscaban precisamente era que no cambiara él.