Hombres y piezas

Alberto Fuguet / Wiken / Este año, en Chile, se filmó mucho, se estrenó bastante y nadie fue al cine a ver lo que supuestamente es nuestro espejo. Por lo que me cuentan los dealers digitales, tampoco están solicitando mucho producto local en sus pedidos. Mal. ¿Por qué? ¿Acaso Carlos Pinto y la moral Chile-Pornovisión terminaron por ganar? ¿Este es el país audiovisual que quiso Paulina Urrutia?El llamado cine-arte duro, que no está interesado en contar historias, crear personajes o conectarse con el público, logró justamente eso: no dialogar con nadie, excepto con ellos mismos. “Tony Manero” fue la excepción y una enseñanza: la vio un número respetable de público, sobre todo si se piensa que de “amigable” no tenía nada. En ese sentido, fue la cinta del año: no sólo debido al eco exterior, sino que logró algo quizás más importante: un eco interior. Se habló de ella, se vio, produjo un diálogo y dialogó con los que quiso. No fue una película más hecha para festivales, sino una cinta local que conquistó festivales, algo muy distinto. La cinta de Larraín-Castro es jugada, sí, pero no tanto. Es decir, no desprecia al público ni se ríe de ellos. Tampoco intenta hacer mucho por conquistarlo, pero luego, de sufrir “Lokas”, “El regalo” y coproducciones varias, esto se agradece. “Tony Manero” tiene un personaje central innegable y, por antipático o raro o indescifrable que sea, es humano; es nuestro héroe y uno está con él a pesar de todo (y eso que motivos no faltan para no quererlo). Me hubiera gustado saber más del personaje de Alfredo Castro (¿de dónde viene? ¿Es informante? ¿Fue militante? ¿De qué vive? ¿Es cinéfilo?), pero la cinta es ambigua y la entrega corporal de Castro, que por momentos llega a ser repelente, impresiona y no te deja pensar o mirar otra cosa. Uno entra y punto. La duda viene después, es cierto, pero ya estás fuera del cine y eso es – creo- lograrlo.

“Tony Manero”, además, hizo algo importante: eleva y coloca al centro del eje representacional un tipo de personaje que quiebra con un paradigma que llevaba años ahogándonos. El personaje de Alfredo Castro fue uno de varios que este año aparecieron en nuestras pantallas, que encarnaron un tipo de anti-héroe dostoievskiano que, para estos lares, llega a ser nuevo. Seres dañados que, según el guionista y director Paul Schrader, son “hombres solos que están en sus piezas”. Huraños, silenciosos, escindidos, vencidos. Schrader sabe de lo que habla: escribió “Taxi Driver” y “Toro Salvaje”. Pero una cosa es hablar poco y otra, no hablar; una cosa es caminar y caminar, y otra es caminar con una misión. El falso Tony Manero, el ingenuo Mirageman (con la notable y triste actuación de Marko Zaror, uno de nuestros mejores actores de cine, alguien que no tiene nada que envidiarle a John Wayne) y el triste clarinetista interpretado con cariño y dignidad por Eduardo Paxeco en “La buena vida” quiebran y nos liberan del apollerado-impotente que José Donoso logró crear en la literatura y que luego Caiozzi, el adaptador-serial del autor de “El obsceno pájaro de la noche”, insistió e insistió hasta llegar al abuso.

Por eso es tan curiosa “La buena vida”. Ahí, en el centro de Santiago, en el siglo 20 (la parejita donosiana de Bélgica Castro con su hijo-marido Eduardo Farías) luchan, mano a mano, con Eduardo Paxeco, el hombre y su pieza Paz Froimovich (en rigor, no lo es, pero es una gran pieza a nivel visual, quizás una de las mejores piezas del cine chileno). La película es y debió ser de Mario, un tipo que sólo tiene un clarinete y cuya mochila parece en extremo contemporánea.

Los tres fracasados, el bailarín de “Tony Manero”, el superhéroe tercermundista de “Mirageman” y el músico de “La buena vida” quieren ser otra cosa y, de alguna manera, lo logran. Hablan poco y sienten mucho. Quizás las cosas sí están cambiando y un nuevo tipo de personaje está ingresando a nuestras salas y a nuestro inconsciente. Veamos.