La amnesia de los medios

Álvaro Cuadra· / Especial para Observatorio / “Los medios de comunicación son, finalmente, los custodios del olvido, los encargados de que ciertas puertas permanezcan cerradas para siempre en el imaginario social de los chilenos”.la-victoria-parejaPara analizar los medios de comunicación debemos tener presente dos cuestiones: primero, se trata de una configuración mediática que opera de modo interrelacionado y, segundo, toda configuración mediática conforma un “régimen” que sostiene un imaginario. En este sentido, examinar los medios es examinar un “régimen de significación” que es, al mismo tiempo, un “régimen de politicidad”.

En el Chile actual, cada uno de los medios, desde el más prestigioso periódico capitalino a la más modesta y alejada radio local, es una componente funcional de un régimen simbólico que administra cotidianamente el imaginario nacional. Por ello, no debe llamar la atención la tremenda homogeneidad de lo diverso que se advierte en los mass media en nuestro país.

El régimen mediático reconoce, por cierto, una dimensión económica cultural que se expresa en la manera de producir, distribuir y consumir bienes simbólicos. En palabras sencilla, los medios están sujetos a los límites que impone el mercado, con todo lo que ello implica. Así, tal como se ha denunciado hasta la saciedad, la propiedad de los medios de comunicación en Chile se concentra en muy pocos grupos económicos, tanto en lo relativo a la prensa periódica como a las estaciones radiales y televisivas. Estos grupos de poder mediático a escala nacional no son sino “nodos” de una red planetaria de lo que podemos llamar la Hiperindustria Cultural.

Es claro que la economía cultural está estrechamente ligada a determinadas condiciones políticas y económicas imperantes en Chile desde hace décadas. Una descripción mínima debiera dar cuenta de una democracia formal post autoritaria de escaso espesor y a una modernización económica de índole ultraliberal. Con una crítica tal, sin embargo, sólo atendemos a un aspecto, muy importante desde luego, pero muy parcial del asunto que nos ocupa.

Pretender explicar la construcción de determinados vectores de sentido en el imaginario social y político a partir de la concentración en la propiedad de los medios resulta ser no sólo ingenuo sino poco refinado. En efecto, un régimen mediático entraña una economía cultural en estrecha relación con los contextos históricos y políticos, no obstante, posee además una arista que se relaciona con los “modos de significación”. Entendemos por “modos de significación” aquella dimensión perceptual y cognitiva que alimenta el imaginario social, imágenes e ideas sedimentadas como “sentido común” en la vida cotidiana de millones de habitantes.

Si la economía cultural en el Chile contemporáneo está signada por el neoliberalismo, los modos de significación responden al “ethos” propio de una sociedad de consumo. La sociedad de consumo es la configuración antropológica, cotidiana, inmediata y experiencial de un modelo tecnoeconómico como el liberalismo extremo. Podríamos resumir la cuestión en los siguientes términos: La marcada concentración en la propiedad de medios en Chile ha sido posible en virtud del orden tecnoeconómico imperante, pero la construcción de determinados vectores de sentido atiende más bien a la cristalización de un determinado tipo de sociedad de consumidores.

El actual paisaje mediático en Chile se nos presenta como una paradoja en que coexiste lo diverso y lo uniforme. La uniformidad de los medios dice relación con un “ethos” común cuyas aristas lindan con las leyes del mercado y una despolitización de la vida cotidiana. La atmósfera cultural que impera en nuestro país no es en absoluto casual y encuentra su fundamento en el diseño antropológico fraguado durante los años de la dictadura militar.

A partir de la segunda mitad de la década de los setenta del siglo pasado comienza a cristalizar en Chile una sociedad burguesa anclada en el consumo, reproduciendo los diseños que ya se habían desplegado en los Estados Unidos primero y luego en Europa y el resto del mundo. Este nuevo diseño no sólo implica una mutación económica sino, y principalmente, entraña una transformación radical del carácter social: De hecho, las nuevas generaciones de chilenos han sido socializadas bajo la impronta del narcisismo como nuevo estadio del individualismo. Esta mutación antropológica puede ser descrita a través de una serie de desplazamientos: de la noción de ciudadano a la noción de consumidor, de la noción de comunidad al concepto de individuo en su sentido fuerte; de la noción de conciencia de clase o conciencia histórica a la noción de autoconciencia, entre muchos otros.

Desde el punto de vista de un régimen mediático, la pregunta que habría que formular es, justamente, acerca del lugar que ocupan los medios de comunicación en este nuevo diseño socio cultural. Esto nos pone a resguardo de plantear fútiles reclamos ahistóricos, como pretender la restitución de una función cívica y didascálica para los medios, según el ideario republicano ilustrado. Los medios de comunicación en este siglo XXI constituyen nodos de una red cuya capilaridad cubre todo el mundo: se trata de una Hiperindustria Cultural de escala global que produce y gestiona los flujos simbólicos. Ya no es una metáfora afirmar que el Capital se ha hecho lenguaje. Los grandes consorcios construyen y administran, en efecto, todo el lenguaje icónico y auditivo: Internet, televisión, cine, radio, discografía, fotografía, prensa periódica, y editoriales.

El maridaje entre el Capital y los mass media no es algo nuevo, ya muchos pensadores del siglo XX denunciaron esta situación sea como cultura de masas o como industria cultural. Lo nuevo es la radicalización de esta tendencia a nivel mundial que ha sido denunciada para algunos como una forma de biopoder o, para otros, como psicopoder. Lo cierto es que la cultura contemporánea, tanto como la historia presente, está siendo construida por los flujos mediáticos que reconfiguran nuestra calendariedad y nuestra cardinalidad, al punto de fabricar el presente de la humanidad. La realidad mediática se ha convertido en una performance tecnodigitalizada.en tiempo real o, si se quiere, en un simulacro.

Chile, con todas sus singularidades, no escapa al diseño matriz de una sociedad de consumidores mediatizada. Desde hace ya casi dos décadas se ha erigido en nuestro país una imagen país cuyos vértices son la amnesia, la despolitización, el consenso social, el consumo, el éxito y el individualismo. Todo ello, agreguemos, en una atmósfera de pietismo ultraconservador que reviste de un simulacro de pretendida espiritualidad a un mundo en que todas las prácticas sociales han devenido mercantiles, desde el ocio a la educación. Como en la mayoría de las sociedades burguesas, en la sociedad chilena la gestión del poder se reconoce en la represión policíaca frente a cualquier protesta o barricada, en la seducción de la publicidad y el consumo suntuario, pero también en el espectáculo a través del fasto mediático.

Los medios de comunicación en Chile materializan la seducción y el espectáculo de una sociedad burguesa cuyo imaginario se ha diseminado en todos los sectores, al punto de disolver el concepto mismo de clase por el de consumidor. Es en el espacio del mercado donde se instaura el homo aequalis y no es el espacio político que supone la noción de ciudadanía. Todos los agentes políticos lo saben y han acuñado el término gente, para referirse a aquella masa indiferenciada que hace mucho abandonó el universo de la convicción, domesticada en el universo de la seducción y el espectáculo de medios.

El mejor barómetro del estado actual del imaginario social en nuestro país nos lo ofrece la publicidad y los noticieros. Es en este espacio donde se construye el sentido común de la vida cotidiana, una percepción del mundo que incluye, notemos, lo político. Los medios en general, y la televisión en particular, mantienen una relación incestuosa con la publicidad. Esta simbiosis entre los medios y el Capital es decisiva a la hora de examinar el régimen mediático entre nosotros. Esta complicidad reconoce diversas tensiones que se resuelven en una parrilla programática cada día más ecléctica y variopinta en que coexiste sin problemas un comentario religioso sobre San Expedito yuxtapuesto a un programa de pornografía softcore. Lo mismo puede decirse de los noticieros locales que más allá de escasas diferencias escenográficas nos ofrecen una agenda muy similar de lo que se ha dado en llamar infoentertainment, una mezcla de noticias y entretención.

El Chile de hoy se ha construido sobre determinados olvidos que se cuidan con sigilo en los medios. Hay puertas que no deben ser abiertas. Este Chile-tabú no es otro que aquel país sumido en el dolor y el luto, el país de los vencidos. Se trata de un sector social marginado del sueño colectivo, instalado por los medios. Así, frente al país triunfador y exitista, individualista, consumista y chauvinista hasta la xenofobia, país plebeyo por definición, se erige otro no menos cierto, el Chile que atesora retazos de una memoria histórica y de un dolor profundo. Los medios de comunicación son, finalmente, los custodios del olvido, los encargados de que ciertas puertas permanezcan cerradas para siempre en el imaginario social de los chilenos.

· Álvaro Cuadra es Doctor en semiología y letras Universidad de La Sorbona , Autor del libro: Hiperindustria Cultural. Editorial Universidad ARCIS. 2008