La crisis de los realities

tv-antiguaSegio Paz / Wiken / He tratado de ver los últimos realities. Dios sabe que he tratado. Pero, chuta, es imposible. No se puede. Hace calor. No puedes dormir. Prendes la tele y ¿qué ves? Al guatón Álvarez, al guatón de “Pelotón”, haciendo la posición invertida para entretener a la audiencia. A Carlos Pinto que, descreído (ni él mismo cree en lo que hace) invita a sus claustrofóbicos condenados a vivir experiencias de seudo terror que, la verdad, no están ni para campamento de boy-scouts; con todo el respeto que merecen los boy-scouts.

Con todo, vale el análisis: la paliza, la brutal diferencia que le lleva “1810” al “Juego del miedo” es más que entendible.

En TVN intentaron ser “choris” y, en busca de una falsa onda, traicionaron el gran principio de todo reality; ese que dice que es entretenido (muy entretenido) asumir el voyerista interior. Luego espiar, sin asco, al vecino para pelar, traicionar. ¿Qué hay en “El Juego del Miedo” en cambio? Mucho talento (básicamente detrás de las cámaras) tratando que el programa sea más cool de lo que debería. Tanto fantasma nerd, tanto cadáver olorosito, les hizo olvidar que hacer un reality es lo más simple del mundo: se trata de encerrar a un grupo de pernos, sin vida propia, lo más desesperados posibles, dispuestos a hablar pelotudeces por unos meses o más. Eso es todo. No hay que llevarlos a la Luna, ni a Transilvania.

Ellos sólo tienen que convivir. Ratonear. Hablar estupideces. Y para eso, no necesitas un hospital. Bastaría un buen departamento en Plaza Italia. En el reality del 13 hay más lealtad con el género. Pero no por eso no tiene un problema. En el afán de imponerse en el rating (que vaya que lo han logrado), usaron la línea de crédito y, finalmente, apostaron por transformar un género (de éxito mundial) en un sub-género con todos esos sub-normales, esos ex chicos realities, reencontrándose en un apocalíptico loop que itera sin fin. Qué horror. Qué pena. Obvio: rating hay. El punto es que así no da para más. Hace calor. Bajo el parrón intento ver realities. No se puede. Son intragables. La nostalgia asalta. ¿Dónde está la ingenuidad de Cata Bono? ¿La envidia de ese flaco que se creía payaso? ¿Dónde están esos realities que hacían historia, que impactaban? Reconozcámoslo: la crisis no sólo es económica. La crisis también es moral.