“La misión del artista es poblar el ocio de la gente”

La Nación / Mauricio Valenzuela / Entrevista Picada / Boris Quercia en el Liguria / “La nostalgia funciona igual a cuando uno se enamora. En la serie uno no recuerda los ochenta como tal, pero sí unas zapatillas o una tele, que en este caso no son objetos vacíos, sino que tienen una carga emocional”.

Boris llega con ropa holgada, chalitas y un sombrero que lo hace ver como el personaje de un filme de Kusturica; medio extravagante, medio hippie, medio top y aficionado a la comida italiana. Con voz calmada nos dice “vamos al privado”, y aunque la frase suena extrañísima, aún así lo seguimos. Esquivando las mesas repletas del Liguria, nos hace entrar a un pequeño cuartito adornado de fotos antiguas, donde se distiende con una copa de champaña y unas ricas pastas. “¿Tienes acá tu oficina?”, le decimos en talla. “Para nada”, responde. “¿Como actor, debes tener muchas picadas?”. “Sí, pero no me gusta anunciarlas en el diario así que mejor los traigo para acá”.-¿Por qué el Liguria?

-Porque me han apoyado en mis proyectos más locos sin pedir nada. Les tengo un gran respeto. Apadrinan a mucho artista y no hacen publicidad con ello.

-Cuéntame de tus gustos culinarios.

-Hablar de eso no tiene sentido. Esta entrevista tiene valor porque hablamos de “Los 80” que continúa en Canal 13, pero hablar de si como jaibas o machas es una gran huevada. ¿Qué le importa a la gente? Le importa más mi trabajo.

-Así que sigue la historia de los Herrera (la familia de la serie).

-Sí. Estamos trabajando en la segunda temporada con los años 84 y 85, buscando todos los sucesos históricos que puedan repercutir en el seno familiar.

-Hay quien ha dicho que estás transformando en una especie de Rey Midas.

-De eso nada. Algunas cosas funcionan y otras no, y eso se aprende con el tiempo. Pero cuando más viejo disfrutas más cuando a las cosas les va bien, porque entiendes que lo natural es que vayan mal.

-Pero a la serie le fue genial.

-Superó todas las expectativas.

-¿Cuál fue el secreto?

-“Los 80” es el drama de un país entero, realizado con mucho cuidado. Una puesta en escena realista y trabajada, donde se activan los resortes básicos de la familia, que es donde uno aprendió a sentir. Uno ve esas emociones en las comidas familiares donde están todos callados, algo que a todos les pasó en su casa cuando quedaba un cagazo. Son emociones sencillas, no sensacionalistas y estoy orgulloso de haber podido reflejarlo.

-¿No sientes que a ratos abusan del efectismo de la nostalgia?

-La nostalgia funciona igual a cuando uno se enamora. Uno se enamora de cosas estúpidas, por ejemplo, de cómo se rasca la oreja tu novia. En el caso de la serie uno no recuerda los ochenta como tal, pero sí unas zapatillas o una tele, que en este caso no son objetos vacíos, sino que tienen una carga emocional.

-Cuando termina el último capítulo, el personaje de Daniel Muñoz elige no mojarse el potito y dice: “Somos pobres y no nos metemos en política”.

-Esa secuencia resume la época. Daniel representa ahí a toda la sociedad civil que es la carne de cañón de todos los discursos políticos, de los grandes cambios. Todos los que no tienen poder y que tienen que sacar adelante su familia.

-Pero igual había gente pobre en esa época que sí tenía un discurso político.

-Lo que él dice es lo que representa a las víctimas. Las elites políticas o se van o se quedan con el poder, pero al final siempre se salvan, sean de un gobierno a otro.

-¿Igual en este gobierno?

-La sociedad civil sigue sintiendo lo mismo, que no es parte real de un proceso de cambio y que finalmente las elites están administrando un país. Claro que es una cosa que quizás no debiera ser de otra manera, porque es lo que tienen que hacer: tratar de tener orden.

-¿No crees que los artistas también están dentro de la elite? Cada gobierno, al menos, tiene los suyos alrededor.

-La misión del artista es poder poblar el ocio de la gente, y que ese ocio les de energía para seguir con el resto de sus vidas disminuida por la opresión de las estructuras sociales.