Pin Pon y la TV

pin-ponPatricio Zapata/ El Mercurio /  La televisión no tiene por qué ser estúpida. De hecho, muchas personas han logrado inyectarle humanidad e inteligencia. ¿Se acuerda cuando Hernán Olguín explicaba cuestiones científicas? ¿No le ocurre, al ver los noticiarios actuales (70 por ciento sobre delincuencia local, 20 sobre accidentes y 10 de fútbol), que quisiera ver a un José María Navasal comentando las noticias internacionales? Jorge Guerra (Pin Pon), recientemente fallecido, pertenece, y muy destacadamente, a ese grupo de personas que pensó y practicó una televisión que, junto con entretener, proponía, además, algo de valor.

Escribo esta columna, entonces, principalmente para rendir un homenaje agradecido al creador del personaje infantil que acompañó la niñez de tantos de mi generación. Guerra fue, por lo demás, parte de una conciencia más general sobre la responsabilidad de la televisión. En los mismos años en que se creaba Pin Pon, la televisión norteamericana lanzaba esa maravilla educativa que fue -y es- Plaza Sésamo.

Pensando siempre en televisión para niños, en todo caso, sería un error caer en pura nostalgia. También existen hoy valiosos talentos creativos que han elaborado productos culturales adecuados para la infancia (pienso, por ejemplo, en gente como Vasco Moulian o los artífices de “31 minutos”). La clave radica, me parece, en que esos esfuerzos reciban apoyo suficiente de la sociedad y del Estado. En este sentido, debe valorarse la decisión del canal católico en orden a ofrecer una televisión más familiar. Hay que pensar, además, en nuevas formas de estimular las donaciones de privados y, quizás, debe suplementarse el presupuesto con que el Consejo Nacional de Televisión apoya programas educativos y culturales.

Cuando llegue el momento de llenar una nueva vacante en el directorio de TVN, la disputa por el cuoteo partidista llevará a los políticos a reciclar algún discurso de falsa indignación sobre el pobre estado cultural de nuestra televisión. Quizá, incluso, propongan una comisión especial para estudiar el tema. Mientras tanto, por supuesto, las mañanas y tardes de la televisión abierta siguen saturadas por teleseries en que el examen de ADN es la única forma de saber quién es hijo de quién, programas de farándula en que modelos descerebradas se descueran entre sí, y bailes frenéticos en que adolescentes explican el “ponceo” (dar besos al primero(a) que se ponga al frente). No tengo, en todo caso, ningún ánimo de prohibir. Sólo pido que, en medio de tanta chatarra, siga habiendo espacio para que algún muñeco de algodón pueda transmitir a nuestros niños mensajes de amor, alegría y solidaridad.