Premios literarios: temporada de caza

Alvaro Matus / La Tercera / Ahora que se acaban de entregar los premios Planeta-Casa de América y Alfaguara, resulta oportuno detenerse en una institución tan dudosa -por decirlo suave- como la de los galardones que otorgan los sellos editoriales. Se trata de concursos muy promocionados, que distinguen una obra inédita y que están bastante mejor dotados que los de universidades, academias o instituciones culturales. Antonio Skármeta, ganador del Planeta-Casa de América, recibió 200 mil dólares por triunfar con su novela Los días del arcoíris, mientras que el colombiano Juan Gabriel Vásquez, que ganó el Alfaguara con El ruido de las cosas al caer, obtuvo 175 mil dólares.

Como ninguno de los dos es un best seller tipo Isabel Allende o Arturo Pérez Reverte, las editoriales difícilmente podrán recuperar esos costos a través de las ventas. Sin embargo, al darle carácter de concurso literario, el sello asegura su presencia en las páginas culturales: el evento se cubre como noticia. La victoria de Skármeta, con él mismo entregando detalles de la trama y señalando que «Shakespeare está en el fondo de la novela», apareció en los principales diarios de España, Chile, Argentina, México y Colombia, entre otros países. Luego, cuando se publique el libro, al autor realiza una gira por Hispanoamérica en la que vuelve a ser entrevistado. En el caso del premio Alfaguara, la dinámica es similar. Al final, sumando las apariciones en diarios, radios y televisión, queda claro que lo que se ahorra en publicidad compensa con creces el dinero del premio.

En Inglaterra, EEUU y Francia no existen galardones de casas editoras con tanto dinero ni semejante caja de resonancia. El Booker Prize da 50 mil libras esterlinas, pero es a una novela ya publicada. En otras palabras, un libro sobre el que existe cierto consenso respecto de su calidad. Lo mismo pasa con el Prix Goncourt, que de manera simbólica obsequia 10 euros al ganador.

En el mercado español los premios partieron en 1944, con el Nadal, y ahora prácticamente todo sello que se precie de tal tiene su concurso. En la práctica, estos certámenes se han convertido en una estrategia para difundir a un autor de la casa y, también, en una grúa para atraer a quienes están en otras empresas. Un buen ejemplo de esto último fue el Premio Herralde para Daniel Sada por su novela Casi nunca.

Quien ha analizado el fenómeno con mayor agudeza -y saludable indignación- es Ignacio Echevarría. El crítico afirma en su artículo El tinglado de los premios que «la mayor parte -y la más significativa- de los premios literarios que en España conceden las editoriales están amañados, concertados de antemano ya sea con el autor mismo, ya con su agente». Así, aunque los jurados elogien el ritmo, la estructura o el tema de la novela vencedora, cada vez se hace más evidente que no estamos ante un juicio estético. Es en estos casos cuando la crítica está llamada a ejercer su rol de la manera más implacable y subrayar que el valor de una obra está dado por su autenticidad, por la capacidad para delinear a los personajes y por el coraje para indagar en los abismos de la experiencia humana. Reseñar libros malos daña el espíritu, pero alguien tiene que poner orden: los lectores no merecen ser tratados como meros consumidores.