Un cuento de sapos y príncipes

Por Álvaro Cuadra ‘/Arena Pública / Para Observatorio / Las actuales sociedades mediatizadas han realizado aquella profecía de Andy Warhol, según la cual cada quien tendría sus quince minutos de fama. Siguiendo la lógica de las mercancías, los rostros humanos circulan de manera tan efímera como seductora: Sea que se trate de una sensual estrella del Pop o del más reciente candidato a Presidente. El “rostro de la noticia” es el o la protagonista de un momento en la infinita cabalgata de información y entretenimiento que satura las pantallas del mundo.La penetración y alcance de los medios en la era de la Hiperindustria Cultural puede convertir a cualquiera en príncipe o princesa por un día. El beso seductor de los medios construye famas de oropel, revistiendo de un inusitado glamour a individuos ordinarios puestos en situaciones extraordinarias reales o ficticias. Como la espuma de las olas, los héroes y las heroínas del día se levantan desde las masas anónimas para volver a ellas tras haber obtenido los titulares.

Los rostros del año no podría ser algo distinto de la masa que los engendró, sin embargo a diferencia de ésta, tal o cual rostro se ha individualizado. Se trata de un individuo, hombre o mujer, joven o anciano, que ha adquirido un nombre propio, alguien de quien se puede hablar. Tener un nombre en una sociedad anónima de masas es la meta de artistas, deportistas, políticos e intelectuales: todos anhelan un nombre que los haga únicos. Tener un nombre es la manera cómo una sociedad individualista administra la inmortalidad.
Si el rostro de la noticia permanece en el tiempo se convierte en un icono cultural, tal es el caso de Chaplin, el Che o Lennon. Es interesante hacer notar que los famosos se equivalen con la masa a la que convocan. Estamos en una sociedad simbólicamente igualitaria: La estrella de fútbol o la reina de belleza se tornan figuras ejemplares en la justa medida que se identifican con aquel niño o niña que les admira. Si la figura ejemplar fue, otrora, el santo o el héroe caballeresco, en la era de la hiperindustria cultural se trata más bien del famoso, la estrella, el ídolo de masas, el “winner”, prefigurado hasta la saciedad por la publicidad.

Los medios requieren figuras, las figuras sólo existen en virtud de los medios. El mayor mérito en una sociedad de consumo, narcisista por definición, es el “éxito”, medido con la vara del dinero, la influencia, la belleza y el espectáculo. Las figuras proliferan en la era de la “infoentretención”; en efecto, cuando el mundo se ha convertido en un gran espectáculo que mezcla lo cómico, lo melodramático y lo trágico, la figura emerge como el protagonista que representa al “hombre común”. Los eventos, por espectaculares que se nos aparezcan, son protagonizados por un hombre o mujer como “tú”: los rostros nos interpelan.

En el caso de Chile, los rostros reflejan la atmósfera “kitsch”, muy del gusto de cierta clase media baja, que caracteriza a nuestro país.
De este modo, el panteón de nuestras figuras esta poblado de grotescos empresarios, políticos de dudosa catadura, artistas de farándula reñidos con el más mínimo sentido ético y estético, uno que otro militar en retiro (sin comentarios) y algún patético personaje “popular”. Se trata de nuestro “establishment”, una retahíla de “personajillos” de baja estofa donde no puede faltar alguna cortesana recatada, un mariconcito telegénico (que no representa al mundo gay) y algún pío multimillonario que mezcla los dólares con el Opus Dei.

En el Chile del siglo XXI, una sociedad de consumo prototípica, tecno-urbana-masivo-consumista, los rostros y cuerpos del año no podrían ser sino aquellos que alcanzaron alguna vez la condición de mercancías simbólicas. Son los “happy few”, aquellos sapos que fueron besados por los medios y se creyeron príncipes o princesas por un instante.

 

· Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. ARENA PÚBLICA. Plataforma de Opinión. Universidad de Arte y Ciencias Sociales. ARCIS