«Una comentarista se despide» Jimena Villegas deja crítica de TV en El Mercurio

Compartimos columna de despedida de la periodista Jimena Villegas, quien durante 4 años ha comentado sobre televisión en el cuerpo C de El Mercurio. Como observatorio lamentamos su partida pues creemos que sus columnas  han sido siempre de gran calidad y un gran aporte  a la televisión.

Villegas en su despedida hace una serie de preguntas sobre nuestra televisión pública que consideramos fundamentales, partiendo por  si no será hora de replantearnos como sociedad el rol de la TV estatal y si es necesario que el Estado la financie. Como observatorio creemos que sí, debemos replantearnos el rol de TVN y el financiamiento estatal no sólo es necesario sino que imprescindible. Lo más probable es que nuestra TV pública no dure mucho más con este modelo con el cual, a pesar de los intentos, TVN no se diferencia significativamente del resto de la TV comercial.

Una comentarista se despide

Jimena Villegas, El Mercurio, 28 de Julio 2013

Esta será mi última columna destinada a la pantalla chica. Y, puesto que -dice el aforismo- en circunstancias de esta clase nadie se enoja, me permito colar un par de líneas en primera persona (aunque no se deba). La industria sobre la que hablé -bien y mal, pero siempre con la mejor de las intenciones- en 211 artículos ha tocado a la puerta. He decidido abrirla y cruzar el umbral. Llega la hora de que aquellos que, con justas -o no- razones, se han quejado diciendo que desde una poltrona y frente a una pantalla es fácil criticar a los demás puedan tal vez pasar su cuenta. Pertenezco a una de las primeras generaciones chilenas que crecieron bajo la luz turbadora de la televisión. Me hice mayor mirando ese «mass media» que pensaron los primeros gerentes en los años 60 del siglo pasado y que hoy -en tiempos de formatos, biblias y telerrealidad- es acusado de «iluminista», descascarado y añejo. Conocí el humor a través de «Los tres chiflados» y transité desde el dibujo Disney al mono animado japonés; vi notables películas de serie B norteamericanas durante muchas tardes de invierno; me obnubilé ante la genialidad del «Jappening con Já»; aluciné con la superioridad de las telenovelas brasileñas; adoré la pareja que formaron Alejandro Cohen y Sonia Viveros en «Martín Rivas», y me dejé llevar por los cándidos efectos especiales de «El hombre nuclear». Lloré también con «La madrastra». Y fui capaz de distinguir y separar: pude admirar el empuje y la creatividad de Don Francisco, pero nunca logré encajar del todo su manera de burlarse de la gente, ese público que tanto parecía quererlo.
Fueron cuatro años de «opinología». En este tiempo la TV vivió un cambio mayor: todos los canales abiertos, salvo TVN y el siempre pequeño y cumplidor UCV-TV, han pasado a pertenecer a grandes y poderosos propietarios. Es -antes de que aterrice una era digital en la que la industria parece no tener verdadero interés- el vuelco más notable que ha experimentado la pantalla chilena. Hoy, como nunca, las reglas las pone el negocio. Gana el más rudo, el que desembolsa más dinero y -solo a veces- el que es capaz de leer antes que los demás los deseos volubles de una audiencia que cada vez tiene más edad. No importa ya si la moneda de compra y de venta televisiva es de calidad escasa. O si se parece demasiado -aunque el márketing diga lo contrario- a la de ayer o anteayer. En esta TV chilena 2013 hay cada vez menos espacio para la creatividad o el riesgo.
Por lo mismo -una vez más, la última vez-, un mantra: puede que sea esta la hora de que como sociedad debamos replantearnos en serio y con convicción el papel y el lugar de nuestra TV estatal. TVN, el canal de todos, se autofinancia y todavía da la guerra. Es un enorme buque al que de pronto la opinión pública y política, desde La Moneda hacia abajo, parece no mirar, salvo cuando hay que criticar desde el enojo. TVN es una propuesta a la que -a diferencia de todas las otras- podemos pasarle la cuenta, porque es nuestra. Y le podemos exigir: innovación y apuesta, más cultura y menos ordinariez, mejor calidad a su enfoque político, telenovelas entretenidas y anchas, un matinal como la gente, no olvidarse de los niños, un noticiario con noticias de verdad y sin estadística sobre sopaipillas.
¿Cuánto durará el sueño de la TV pública local? Lo que aguantemos nosotros. Pesarán la presión de los demás canales y nuestro compromiso como ciudadanos para mantener con vida una televisora independiente e inclusiva. Llegados a los US$ 20 mil per cápita, quizá nos toque meter la mano en el bolsillo como hacen los ingleses: ¿Seríamos capaces de materializar así nuestro sueño de ser los británicos de Sudamérica? O tal vez haya que concentrar financiamiento, a la luz de una pregunta: ¿Debe el Estado, a través de los fondos concursables del CNTV, pagar a televisoras que hoy son privadas para que desarrollen contenidos y los comercialicen para sus bolsillos? Son solo dudas. Pero puede que esté bien plantearlas. Porque la TV de calidad que quisiéramos tener es cara y difícil de hacer. Y porque la TV -la buena y la mala- importa, significa, influye, interesa. Y parece quedar todavía mucho tiempo para que deje de importar, significar, influir e interesar.
Ha sido un gusto. Y gracias por su sintonía.

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