Una noche con el Monstruo

farkas-2Álvaro Bisama / Wiken / El festival de Viña debe ser una de nuestras más extrañas ceremonias nacionales. Esta semana cumplió 50 años y celebró el medio siglo despojándose con alegría y sin culpa de sus viejos ritos y mitos. Au revoir Vodanovic y Serrat; Bienvenidos Farkas, La Noche y la cumbia.Las mejores explicaciones siempre están donde menos se las busca. Paradójico: mientras a la una de la tarde en el Sheraton Miramar, Joan Manuel Serrat llena una conferencia de prensa hablando sobre Hugo Chávez, Antonio Machado y los vinos chilenos, vigilado atentamente por Vasco Moulian y Mercedes Ducci; en el viejo y vilipendiado Hotel O’Higgins, La Noche conversa con sus fans y es entrevistado por los adolescentes radiactivos de “Yingo”. Doce o trece horas más tarde, Serrat será solo la borra de un recuerdo en la Quinta Vergara en la jornada inaugural y La Noche será el presente absoluto y quizás un futuro posible: la galería completa estallará y colocará las palmas arriba, cuando aparezcan Leo Rey, Alexítico y su troupe, todos vestidos de rigurosa seda negra y armados de un set de canciones hechas para bailar y llorar a la vez.

Pero no nos adelantemos. Una teoría: la celebración de una efeméride casi siempre debe ser el símbolo revelador del sentido del mismo hecho que se recuerda. No hay demasiada ciencia en eso. ¿Quiere uno saber qué diablos ha sido Chile en dos siglos de historia? Fácil: basta remitirse a las celebraciones del Bicentenario y mirar en la cantidad de chicha consumida y las obras inauguradas como si de un oráculo o de un espejo se tratase. Todo aparece ahí: las alegrías, las miserias, las estupideces, los milagros.

De este modo, ¿cómo comprender el sentido de los 50 años del Festival de Viña? Más fácil aún: hay que asistir a la noche inaugural. Porque, si se lo piensa bien, 50 años de Festival es mucho, demasiado, un exceso, a pesar que desde hace un tiempo, el Festival ya no es lo que era. Por supuesto, es difícil saber cuándo se produjo el cambio. Quizás cuando la vieja concha acústica fue extirpada y la Quinta Vergara se remodeló. Ahora ya no hay nadie subido a los árboles, ni hay sobre el cerro otra galería hecha de colados, y ningún asistente se introduce clandestinamente en la platea.

Pero la Quinta sigue siendo la Quinta. El Monstruo sigue siendo el Monstruo; la última magia que le queda a Viña, alguna vez un balneario tan elegante como esencial; capaz de devorarse a quien sea cuando la ocasión lo amerita con o sin razón, porque acá el espectáculo es un circo romano o, mejor dicho, chileno.

A las diez de la noche, cuando las luces de la Quinta Vergara se encienden, ese Monstruo está ahí, esperando. Es su día. Ha pagado por eso. Cada miembro del público ha venido a ver a sus artistas favoritos. Pero el horno no está para bollos, porque la jornada inaugural tiene poco de monumental. Apenas, un poco de fuego, unas cuantas chayas, una pantalla gigante donde se hace un racconto de los cincuenta años de historia del evento mientras se intercalan imágenes de la historia chilena reciente. Mensaje obvio: el Festival es Chile, Chile es el Festival.

farkas-1Puede ser, pero aquella ilusión se desvanece cuando aparecen los animadores de este año. Felipe Camiroaga luce tan nervioso que uno casi extraña la verborrea incontinente del Sergio Lagos de años anteriores. Por su lado, Soledad Onetto habla de manera fría, desapasionada. Debe emocionarse y empatizar pero suena más bien a la primera alumna del curso recitando la lección de turno. Después confesará que no tuvo miedo. Que no se amilanó ante el Monstruo. Por supuesto, el público se da cuenta de lo anterior. Los adora, pero no estalla aunque Camiroaga no ceda al beso en la boca de rigor que pide el respetable arguyendo razones morales: la Onetto es casada.

Así que todo es rápido y desapasionado hasta que entra el viejo y legendario Antonio Vodanovic que aparece desde atrás, como una especie de crooner solitario en un escenario que luce demasiado grande para él. Es su despedida, su homenaje, su gesto de desagravio, su último adiós. Vodanovic lleva humita y un traje parecido al de Camiroaga pero entre ambos media una distancia de años, de siglos. Hablan lenguas distintas, porque Vodanovic discursea, se refiere a sí mismo, explota sus lugares comunes. “Mi tiempo pasó”, dice. Pero su retórica almibarada luce fuera de lugar aunque él mismo parezca estar a punto de quebrarse y la voz arrastre la promesa de un llanto secreto, anhelando las lágrimas que nunca aparecen. Quizás, los mismos clichés que dice impiden ese llanto. Por lo mismo, no es raro que intente una estocada sangrienta para congraciarse con el Monstruo: decirle a Camiroaga que su madre muerta lo está viendo desde el cielo. Pero el Monstruo no le compra. Le da dos antorchas y se va sin pena ni gloria. Los animadores lo despachan rápidamente, apuraditos, en un movimiento que repetirán toda la noche: no habrá misterio alguno ni pausa dramática, ni habrá tensa espera; será llegar y llevarse antorchas y gaviotas.

Minutos después, Joan Manuel Serrat, otra leyenda viviente, tampoco alcanza a romperla. Toca sus grandes hits pero la galería simplemente lo mira desde la distancia. No son tiempos para él. El Monstruo no tiene memoria. Al día siguiente, Serrat se juntará con la Presidenta. Después, en un comentario psicotrónico, la alcaldesa de Viña dirá que lo encuentra mal vestido. Pero eso da lo mismo porque ahora, Serrat, como Vodanovic, es la memoria de un festival que los fans de Camila y La Noche -los platos fuertes de la jornada- son incapaces de recordar, algo que no les interesa ni siquiera cuando el catalán toca “El cigarrito” de Víctor Jara.

Porque Serrat es para el palco, para los señores que han pagado los lugares más adelantados de la platea. Y aquí manda la galería, que quiere otra cosa. Quiere emocionarse, bailar, hacer catarsis, sacudir el cuerpo, comulgar con las canciones que hablan de su vida íntima, de sus desgarros amorosos, del recuerdo de sus emociones adolescentes. Serrat no hace nada de eso; es culto, europeo, sofisticado. Y este Festival no es nada de eso. El avance de la jornada, lo demuestra: lentamente, el evento exhibe lo que ha cambiado. Ya no queda demasiado glamour sino que, por el contrario, no es más que una fiesta popular. Quizás nunca fue otra cosa. Por lo mismo, cuando venga Camila, una banda mexicana que ha estudiado con atención a Justin Timberlake y todo el pop negro del mundo, la emoción empezará a salir a flote. Camila conseguirá la gaviota que no le dieron a Vodanovic y sacará los gritos de bis que no tuvo Serrat. Camila (que es tristemente famosa porque Edmundo Varas, el cándido o violento mártir de los realitys chilenos guitarrea a toda hora una canción suya) saldrá y tocará y eso será el reboot del Festival, la bienvenida al presente, el comienzo del frenesí.

Por supuesto, todo terminará por arder hasta los cimientos cuando aparezca, a las dos de la madrugada, La Noche. No habrá excusa alguna para la catarsis porque la galería viene por ellos, y solidariza con el un pequeño martirologio que sufrieron antes de llegar acá: su cantante casi queda sin voz y tuvieron que alojar en el hotel O’Higgins, al punto que La Cuarta tituló diciendo: “Mandaron a Leo Rey a dormir con el perraje”. Así que la galería estalla, el perraje estalla; vive y muere con todas esas canciones sobre infidelidad, moteles, amores imposibles mientras Leo Rey, su magnético frontman saluda a Catemu y pide a viva voz “el grito de las mujeres solteras”.

Y las mujeres solteras gritan de vuelta hacia él. Pura venganza. La Noche lo consigue. El grito se escucha. Una legión femenina de fans lleva cintillos en el pelo con su nombre. Camiroaga y Onetto bailan en el borde del escenario. Este es quizás, el único momento en que se relajan, en que parecen pasarlo bien. Nadie parece verlos a ellos. Al día siguiente, La Noche devolverá el cariño recibido: irá a Catemu a mostrar la gaviota, las dos antorchas, volverá a casa. Lo internacional da lo mismo, lo que vale es la provincia, la plaza del pueblo que no se olvida y a la que se vuelve de la guerra.

Y abajo está el multimillonario Leonardo Farkas. Que baila con La Noche, mueve su inverosímil pelo rubio; besa y abraza a su mujer; bebe de una copa que puede ser champaña o pisco sour. Días atrás ha jugado al tenis con Hans Gildemeister, ha tratado de “monstruo” a la alcaldesa Virginia Reginato, ha repartido propinas de millones, ha sido lo único vistoso o excéntrico de la gala superando a la Catherine Fulop, la venezolana que se ha convertido en el centro de la histeria de la prensa. Pero a nadie, aquí y ahora parece importarle la Fullop porque cuando Farkas entró a la Quinta, el Monstruo lo ovacionó mientras se levantaban carteles que decían “Farkas presidente”. Cuando los animadores lo presentaron, pasó lo mismo a pesar de que Soledad Onetto fue más bien tibia: se refirió a él como el “hombre orquesta” y obvió que había donado mil millones de pesos a la Teletón, que había declinado una candidatura presidencial y que su gusto por el lujo era tan kitsch como trágico.

Farkas ni se inmutó. Mientras la Quinta completa lo aclamaba, Farkas se paró en su asiento y respondió la ovación con uno de sus gestos característicos: alzar el puño al cielo, disparando hacia el aire esa aura de self made man que desea controlar o poseer todo lo que tiene a la vista, esa gestualidad propia de quien ha prescindido de toda diplomacia que no sea su propio deseo. Pero ese no será su último gesto a las graderías. En la madrugada, cuando el Monstruo esté pidiendo la gaviota para La Noche, Farkas apoyará la moción como uno más; subiéndose a su asiento, mirando a la galería y agitando los brazos como un pájaro.

Esa imagen pasará desapercibida de cualquier nota de prensa pero representará los 50 años del festival. Este año, Farkas será el festival. El show principal a pesar de que al día siguiente no suba a tocar con sus amigos KC & The Sunshine Band. Importará poco: Farkas será el único capaz de comprender el sentido actual de la fiesta. Acunado por la aclamación de la masa y con el soundtrack de La Noche como marcha triunfal, Farkas será su espejo y su sueño, una especie de héroe accidental en el que el Monstruo, por primera vez en mucho tiempo, verá su propia cara.