Vectores del miedo

camaras-2Por Diego Moulian M.  / Mister TV / LND / La delincuencia, qué duda cabe, será un tema central del debate público durante estos casi nueve meses que no separan del mayor evento de la democracia criolla. Hay que estar alertas, entonces, frente a los agentes propagadores del miedo y la desconfianza colectiva.

En el último tiempo, en varias calles de Providencia han aparecido pequeños pero llamativos letreros de color azul que informan sobre la presencia de cámaras de seguridad. La primera reacción del peatón que observa estos carteles es tratar de buscar dónde se encuentra el mentado aparato de vigilancia, pero es imposible encontrarlo. No sé si las cámaras están muy bien ocultas o simplemente no existen, pero eso no es lo importante. Lo que cuenta es el efecto que provoca el mero aviso de que ahí están: uno inmediatamente se siente observado, sujeto a control, condicionado en su comportamiento en el espacio urbano. Supongo que ésa es la intención de la municipalidad dirigida por el coronel en retiro del Ejército y compinche de Pinochet; su idea es aumentar el clima de seguridad por la vía de crear la sensación de que la comuna está llena de ojos avizores que protegen a cada minuto a los vecinos de bien frente a cogoteros, lanzas, mendigos y demás antisociales. A mí, sin embargo, las cámaras de vigilancia me producen el efecto contrario: siento desasosiego, sospecha, temor. Cuando las veo siempre acompañadas de sistemas de alarmas y rejas electrificadas me imagino que estoy en una base militar de un país en guerra. Creo que son vectores del miedo, artilugios tecnológicos que contribuyen a propagar la alarma pública ante la delincuencia.

Esta semana comenzó la nueva temporada de “133, atrapados por la realidad”, programa de Mega que exhibe con lujos de detalles el accionar represivo de la policía uniformada en los barrios periféricos de Santiago. En este espacio televisivo prima un espíritu de exaltación casi morbosa de la violencia y la desconfianza social. “Con el programa se puede sentir la adrenalina de una persecución policial”, se enorgullece la página web del canal privado, luego de lo cual agrega que “133” acompaña a los carabineros en las operaciones “que día y noche realizan para asegurarle a usted y su familia tranquilidad, manteniendo a raya a los delincuentes ( ). El televidente es testigo de acciones violentas ( ). Son procedimientos policiales que han ayudado a conocer el modus operandi del ‘enemigo’ que acecha en la ciudad ( ). Es la vida real, cruda y despiadada”. Se trata como puede observarse de una crónica de primera mano de la supuesta guerra delictiva que se desenvuelve cotidianamente en Chile, en particular en las poblaciones. Es un cuadro lleno de peligros y amenazas, donde existen enemigos claramente identificables los delincuentes y narcotraficantes y protectores de la ciudadanía indefensa, las instituciones policiales.

Esa realidad dicotómica es la que aparece en el primer capítulo de “133”, en el cual se relata el allanamiento de la “guarida” de una “peligrosa” banda de vendedores de pasta base. Las cámaras de TV siguen a un grupo de más de veinte policías del OS-7 ataviados con cascos militares y chalecos antibalas que ingresa violentamente a un pequeño departamento Serviu de la comuna de Huechuraba. Con combos de acero destruyen la puerta, entran corriendo al living y encaran a unas cuantas mujeres, una de las cuales sostiene a una guagua en sus brazos. El botín de tan amplio operativo es más bien exiguo: alrededor de 60 mil pesos y un puñado de papelillos de droga. Los telespectadores hemos sido testigos de un episodio más describe la voz en off del periodista de “la batalla constante y sin tregua contra el mundillo del tráfico”.

A comienzos de este mes, Fernando Henrique Cardoso declaró que “la lucha contra las drogas ha sido una fracaso rotundo. El enfoque basado en la prohibición y la criminalización no ha dado resultado alguno”. El ex presidente brasileño que puede ser acusado de cualquier cosa menos de cómplice de los narcotraficantes sostuvo que es necesario superar los miedos irracionales que sustentan las actuales estrategias frente al problema, que han terminado convirtiendo a los adictos en criminales y entregado un enorme poder a las mafias, con el cual corrompen la política y las instituciones de muchos países de América Latina. El saldo es desesperanzador: más de cinco mil muertos el año pasado sólo en México, mientras el consumo mundial no baja.

Una perspectiva similar para abordar el fenómeno delictivo en Chile propone el abogado Juan Pablo Hermosilla. “Hay que romper el circuito en el que estamos metidos, incluso la misma Concertación, de creer que se construye paz social con la represión y el control penal”, señaló a fines de febrero el destacado penalista de la plaza, quien tampoco puede ser tachado de amigo de los delincuentes. Es una falacia creer que con más policías y más presos se consigue bajar significativamente las tasas de delitos, afirmó. Lo único que se logra con eso es llenar las cárceles, como ocurre actualmente en el país, donde al revés de lo que muchos creen no domina “la puerta giratoria” y los penales cuentan con la mayor cantidad de reos de la historia nacional.

Las campañas electorales poco a poco van agarrando vuelo. La delincuencia, qué duda cabe, será un tema central del debate público durante estos casi nueve meses que nos separan del mayor evento de la democracia criolla. Hay que estar alertas, entonces, frente a los agentes propagadores del miedo y la desconfianza colectiva: los programas de TV que basan su éxito de sintonía en glorificar el allanamiento y el lumazo policial, y también aquellos candidatos que ofrecerán falsas soluciones mágicas basadas en más y más represión, en más carabineros en las calles, en más mano dura y menos integración y justicia social.